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El día que un carpintero vio algo brillante en el lecho de un río y desató la fiebre del oro en California

John Wilson Marshall trabajaba en la construcción de un aserradero junto al río Americano cuando la mañana del 24 de enero de 1848 descubrió algo que centelleaba cerca de la orilla. La noticia de ese hallazgo provocó que cientos de miles de personas de todo el mundo migraran persiguiendo un sueño de una riqueza fácil que no tardó en convertirse en pesadilla

Historia "Fiebre del Oro"
El hallazgo de oro en California desató una fiebre que trajo riquezas para pocos y tragedias para muchos, además de explotación, epidemias y el despojo de las tribus nativas norteamericanas (By Studio of Eric A. Hegg - Museum of History and Industry/ Dominio público)
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Enero de 1848 marcó el inicio de un año muy caliente en Europa. En Sicilia había revueltas populares que exigían reformas políticas y que pronto se iban a propagar por casi todo el continente en lo que se conoció como “la primavera de las naciones”. En medio de ese clima, pero en Londres, dos alemanes llamados Karl Marx y Friedrich Engels le daban los últimos retoques a la redacción de un texto que haría historia, El Manifiesto Comunista, que se publicó el mes siguiente. Nada de eso sabía ni le importaba a James Wilson Marshall, un carpintero estadounidense de 37 años cuyo mayor sueño en la vida era instalar, en sociedad con el empresario John Sutter, un aserradero en un lugar llamado Coloma, en el recién nacido estado de California, un territorio que había pertenecido a México, pero del que Estados Unidos se había apropiado en 1846 apelando al persuasivo argumento de las armas.

James Wilson Marshall había servido como voluntario en esa guerra, sentía que ese territorio le era propio y que allí podría cumplir su sueño americano, el de la prosperidad. Nacido en Hopewell Township, Nueva Jersey, en octubre de 1810, en la década de los ’30 emprendió un viaje hacia el Oeste en busca de su destino. Trabajó como agricultor, criador de vacas y oficial de aserradero. Por esta última habilidad, terminada la guerra, John Sutter le propuso asociarse para montar uno propio, el Sutter Mill’s, a orillas del río Americano. El acuerdo fue que Marshall se ocuparía de supervisar la construcción y el mantenimiento a cambio de un porcentaje de la madera.

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En eso estaba Marshall la mañana del 24 de enero de 1848 cuando, después de desayunar unos huevos revueltos que se ayudó a tragar con café recalentado, llegó a la ribera del río para trabajar en el nuevo sistema hidráulico que se estaba montando bajo su dirección. La acequia que drenaba agua desde la rueda hidráulica era demasiado estrecha para el volumen de agua que necesitaba el aserradero y había decidido usar la fuerza natural del río para agrandarla. Antes de poner manos a la obra se detuvo un momento a observar los reflejos del sol en el agua cristalina, hasta que unos centelleos en el fondo le llamaron la atención. Casi sin pensarlo se metió en el agua recogió eso que brillaba y le limpió el barro con el que estaba mezclado. “Recogí una o dos piezas y las examiné atentamente, y teniendo un conocimiento general de los minerales, no podía recordar más de dos que de alguna manera se parecían a lo que tenía en mis manos… hierro, muy brillante y frágil, y oro, brillante, pero maleable”, contó después. Golpeó el mineral entre dos rocas y descubrió que no se rompía y que podía ser moldeado: era oro.

Recogió cuatro o cinco piezas más y corrió hasta la rueda hidráulica, donde estaba trabajando un mecánico al que en su relato Marshall identifica como míster Scott.

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—¡Mirá lo que encontré! —le gritó.

—¿Qué es? —preguntó Scott.

—¡Oro!

—¡No puede ser!

—¡Sé que no puede ser nada más!

James Marshal no lo sabía —era un hombre que ignoraba muchas cosas— pero había iniciado una revolución: el hallazgo casual que acababa de hacer cambiaría la historia de California. Al correr la noticia, cientos de miles de personas, aventureros solitarios y familias enteras, dejarían todo atrás para viajar hasta allí con la ilusión de hacerse ricos. Era “la fiebre del oro”, el gold rush.

James Marshall fue el primero en encontrar oro en el río Americano, en Sutter's Mill, Coloma, California, el 24 de enero de 1848. Este descubrimiento impulsó la fiebre del oro
James Marshall fue el primero en encontrar oro en el río Americano, en Sutter's Mill, Coloma, California, el 24 de enero de 1848. Este descubrimiento impulsó la fiebre del oro

La primera oleada

Quien no se alegró con el descubrimiento de Marshall fue su socio mayoritario en el aserradero, John Sutter, porque desbarataba sus planes para la región. Había llegado desde Suiza escapando de los acreedores y en el continente americano le estaba yendo muy bien. Se radicó en la Alta California cuando todavía pertenecía a Mexico y allí fundó un pueblo, Nueva Helvetia, una pequeña comarca agrícola con tiendas y talleres que fue creciendo lentamente. Temía que la noticia se difundiera y que sus sueños de crear una gran plantación agrícola se vieran frustrados por una avalancha indiscriminada de aventureros y buscadores de oro. No se equivocaba, hasta sus propios trabajadores dejaron de emplear sus horas en la construcción del aserradero para buscar el vil metal.

Al principio trató de evitar que la noticia circulara. Fue imposible, durante las semanas siguientes se supo que muchos de los trabajadores de Sutter pagaban sus compras en Nueva Helvetia con pepitas de oro. Los rumores llegaron a San Francisco y despertaron la curiosidad del comerciante y editor Samuel Brannan, que recorrió los 65 kilómetros que lo separaban de Coloma para ver qué pasaba con sus propios ojos. No solo observó, sino que encontró su propio filón y, además, abrió una tienda de herramientas para la prospección. Sabía que pronto vendería picos y palas a lo loco. Volvió a San Francisco, publicó la noticia en su periódico y recorrió la ciudad —por entonces pequeña— con un frasco de oro como un trofeo sobre su cabeza. “¡Oro! ¡Oro! ¡Oro! ¡Oro del Río de los Americanos!”, gritaba. San Francisco quedó casi vacía de la noche a la mañana, porque muchos de sus residentes se dirigieron a Coloma para hacer fortuna.

La noticia llegó a la Costa Este en agosto y, en diciembre de 1848, el presidente James Knox Polk la confirmó oficialmente frente al Congreso. Para principios de 1849, los buscadores de oro llegaban de a miles a California. Entonces la casi vacía San Francisco comenzó a crecer a pasos agigantados: en enero de 1848 tenía unos 800 residentes; a fines de 1850 sumaba unos 25.000, muchos de ellos viviendo en chozas y carpas.

Esa migración masiva no solo afectó a California, que se pobló de manera explosiva, sino a todo el país, porque la gente dejaba sus casas y sus trabajos para sumarse a la fiebre del oro. “Todo el país resuena con el sórdido grito de ‘¡Oro! ¡Oro! ¡Oro!’, mientras que el campo queda a medio sembrar, la casa está medio construida y todo descuidado, aparte de la fabricación de palas y piquetas”, advirtió un editorial de The New York Herald. Pero el fenómeno era imposible de detener: para ese momento, un buscador de oro conseguía en un buen día diez o quince veces más que el salario de un obrero en la Costa Este.

Para perfeccionar la búsqueda se crearon máquinas y se desviaron ríos hacia canales artificiales. Según los informes de la Inspección Geológica de los Estados Unidos, “en los primeros cinco años se extrajeron 370 toneladas de oro”
Para perfeccionar la búsqueda se crearon máquinas y se desviaron ríos hacia canales artificiales. Según los informes de la Inspección Geológica de los Estados Unidos, “en los primeros cinco años se extrajeron 370 toneladas de oro”

Buscadores de todo el mundo

La fiebre del oro tuvo varias oleadas. Primero fueron los habitantes de California y los estados limítrofes, más tarde llegó un aluvión desde la Costa Este y finalmente llegaron buscadores de otros lugares del planeta. Los tripulantes de los barcos extranjeros abandonaban sus puestos para sumarse a la búsqueda. “Los muelles se transformaron en junglas de mástiles —como fósiles de tiempos prósperos—, y también en bodegas, tiendas, tabernas, hoteles…, y hasta una cárcel”, describe una crónica de mediados de 1849. Ese año llegaron a California casi cien mil personas, la mitad de ellas extranjeras. Había alemanes, franceses, italianos, ingleses, filipinos, españoles e incluso una gran cantidad de chicos que con el tiempo cambiarían la fisonomía de los Estados Unidos.

Para perfeccionar la búsqueda se crearon máquinas y se desviaron ríos hacia canales artificiales. También surgió la minería hidráulica, que utilizaba agua lanzada a alta presión en los yacimientos para arrancar el oro de las entrañas de la tierra. Según los informes de la Inspección Geológica de los Estados Unidos, “en los primeros cinco años se extrajeron 370 toneladas de oro”. No hay que olvidar que en esa época el oro constituía la base de la economía mundial, que lo utilizaba como el patrón que sostenía el sistema monetario.

El descubrimiento del oro impulsó el desarrollo de la Costa Oeste del país y contribuyó de manera decisiva a la colonización del enorme territorio arrebatado a México apenas unos años antes. Con nuevos puertos, ciudades y ferrocarriles surgiendo para satisfacer la demanda, California se transformó. Pero no todos resultaron beneficiados por el sueño del “estado dorado”, como se lo comenzó a llamar. Pocos de los buscadores se volvieron realmente ricos, mientras que la migración desplazó a los indígenas de sus tierras y las enfermedades que traían los nuevos pobladores mataron a miles. La población originaria cayó de 150 mil a 30 mil en apenas 25 años.

Historia "Fiebre del Oro"
La fiebre del oro se transformó en un fenómeno imparable. Para principios de 1849, los buscadores llegaban de a miles a California, que se pobló de manera explosiva, pero también al resto del país, porque la gente dejaba sus casas y sus trabajos para instalarse en chozas o carpas mientras buscaba una fortuna fácil y rápida (Museo de la Historia y la Industria/Dominio público)

El final del sueño dorado

El vil metal parecía inagotable, pero a partir de 1855 los descubrimientos comenzaron a disminuir. Comenzaron a hacer falta mucha maquinaria y grandes inversiones para poder seguir extrayéndolo, algo que los primeros buscadores no podían afrontar. Solo los grandes empresarios, con resto suficiente para poner dinero y esperar resultados a largo plazo pudieron seguir en el negocio. El oro de California se repartió́ por varias naciones, sobre todo en los países de procedencia de los mineros, pero gran parte se quedó́ en los Estados Unidos, cuya moneda se fortaleció gracias a esas reservas.

En términos económicos, la fiebre del oro inyectó cantidades considerables de metal precioso en los circuitos financieros estadounidenses e internacionales. Se estima que entre 1848 y 1855 se extrajeron más de 750.000 kilos de oro de los suelos californianos. Esta ganancia inesperada ayudó a financiar la infraestructura occidental, fortalecer el naciente sistema bancario y consolidar la posición de los Estados Unidos en los mercados internacionales. San Francisco se convirtió en un vibrante centro comercial, se construyeron carreteras y ferrocarriles, y el estado de California, admitido en la Unión en 1850, se estableció rápidamente como una potencia económica regional.

James Wilson Marshall y su socio John Sutter quedaron entre los grandes perdedores de la fiebre del oro. El proyecto del aserradero fracasó y la Nueva Helvetia soñada por el suizo se convirtió casi en un pueblo fantasma. El hombre que gritó por primera vez “¡Oro!” en California sobrevivió los años siguientes gracias a una pequeña pensión que le otorgó la Legislatura Estatal. Murió pobre y solo a los 74 años en Kelsey, California, el 18 de agosto de 1885.

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