
Eran las 23.59 del martes 5 de noviembre de 1989 cuando Palestina “Tina” Isa (16) abrió la puerta de su casa, en el complejo de departamentos Delor Park, en St Louis, Missouri, Estados Unidos. Apenas entró vio que sus padres Zein y María Isa la estaban esperando en el living.
—¡¿Dónde has estado, puta?!
Con esa frase la reciben.
Tina les explicó que venía de terminar su primer día de trabajo en la cadena de comidas rápidas Wendy´s. Insatisfechos con su respuesta comenzó, una vez más, una discusión que había arrancado tiempo atrás, cuando Tina comenzó a tomar vuelo propio y a mostrarse cercana a las costumbres occidentales.

Los siete minutos fatales
Zein esa noche confronta a Tina. No aprueba su relación con el joven negro Cliff Walker. Zein no quiere a los de color, está convencido de que los hombres de negocios palestinos son el objetivo primero de esos ladrones norteamericanos. Le escupe a su hija frases en las que deja claro que reprueba su conducta, dice que ella lo avergüenza y que todo lo que hace es pura “fornicación”. También la agrede por haber conseguido un empleo: “¿Trabajo? ¡Para qué un trabajo!”.
La discusión escala inmediatamente y los reproches se escuchan entre los gritos.
Lo que sigue dura exactos siete minutos. Siete minutos en los que tendrá lugar el calvario de Tina.
—Zein Isa: ¡Tu estilo de vida es inaceptable! ¿Lo entiendes? ¡Tu vida es inaceptable! Escuchá lo que voy a decirte. Hasta que cumplas 17 años estoy encargado de proveerte todo. ¿Por qué…? No tienes que hacer nada más que comer, beber y dormir. ¡Te juro…(no se entiende qué dice) el dinero no es suficiente, y me has robado a mí! ¿Por qué quieres jugar este juego ahora?
—Maria Isa: ¿Quieres dormir hoy aquí?
—Tina: (tartamudea algo ininteligible).
—Maria Isa: Si quieres dormir acá entonces no necesitas ningún dinero.
—Tina: ¡Dale! ¡Échenme de casa!
—Maria Isa: ¿Quieres beber agua en esta casa?
—Zein Isa: ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que quieres Tina?
—Tina: No dije nada.
—Zein Isa: Entonces, te irás y nos dejarás. ¿Para ir a dónde?
—Tina: ¿¿Importa??
—Maria Isa: ¿Dónde está la llave?
—Tina: ¿La llave de “tu” casa?
—Maria Isa: Sí, de mi casa.
—Tina: ¿Me están echando a la calle?
—Maria Isa: Dame la llave de mi casa.
—Tina: Entonces, ¿ustedes no quieren que yo viva aquí?
—Maria Isa: ¡Fuera de mi casa ahora!
—Tina: Ok, acá está la llave. (Dice algo que no se entiende, forcejean). Esto no te doy. Es mi diario del colegio. No van a tocarlo.
—Maria Isa: Solo quiero verlo.
—Tina: Esto es. Roosevelt Roughriders…
—Zein Isa: Ahora, escucha mi querida hija. ¿Sabés que este es tu último día? ¿Que esta noche vas a morir?
—Tina: ¿Ehh?
—Zein Isa: ¿Si sabés que ahora, esta noche, vas a morir?
—Maria Isa: ¿Qué es lo que tienes en este bolso? ¿De quién son esos zapatos?
—Tina: ¿Por qué?
—Maria Isa: Porque quiero ver lo que hay dentro. ¿Me vas a prohibir que vea qué tienes dentro? ¿De quién son esos zapatos?
—Tina: Míos.
—Zein Isa: ¿Ves? Estás tocando sus cosas (por las de su madre, María). Ponlas fuera de la puerta.
—Maria Isa: ¿Adónde intentas ir con todo esto, Tina?
—Tina: ¡No quiero ir a ningún lado!
—Maria Isa: Porque no vas a llegar a ningún lado.
—Zein Isa: Querías esperar a cumplir los 17 para entonces irte. ¿No es eso?
—Maria Isa: Tina, si querés seguir trabajando, ¡no dormirás aquí!
—Tina: En ese caso, me iré ahora mismo.
—Maria Isa: Te fuiste más temprano y ahora no tienes ni que sentarte aquí.
—Tina: (no se entiende).
—Maria Isa: Si no quieres hablar conmigo, entonces no perteneces a esta familia. Déjame ver. ¿Qué tienes aquí?
—Tina: ¡Mis libros, mamá! No son tuyos. ¡Pertenecen al colegio!
Tina grita de tal manera que no se escucha lo que dicen los tres. Este es el momento en que Zein va a la cocina, toma un cuchillo y Tina lo ve volver con eso en la mano.
—Zein Isa: ¡Quédate quieta, Tina!
—Tina: ¡¡¡Mamá por favor ayúdame!!!
—Maria Isa: ¡Huh! ¿Qué quieres decir?
—Tina: ¡Socorro! ¡¡Socorro!!
—Maria Isa: ¿Qué ayuda quieres?
De Tina solamente se escuchan gritos desgarradores. María ayuda a su marido a sostener a su hija en el suelo.
—Maria Isa: ¿Vas a escuchar? ¿Me vas a escuchar?
—Tina: (Sigue gritando más fuerte). ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Sí, te escucho.
Tina empieza a toser como ahogada, como intentando respirar.
—Tina: Nooooo. ¡¡¡Por favor!!! ¡¡Por favor!!
—Maria Isa: ¡¡Cállate!!
—Tina: ¡No! ¡No!
Zein Isa murmura algo que no se entiende mientras que se escucha llorar y jadear a Tina.
—Zein Isa: Quieta, hija. ¡Muere! ¡Muere rápido! ¡Muere rápido, hija, muere!
Tina gime, emite unos quejidos y su voz se apaga. El padre da órdenes a la madre.
—Zein Isa: ¡Límpiala! ¡Limpia la parte de abajo!
Tina gime un poco más.
—Zein Isa: ¡Quédate quieta, pequeña! ¡Muere, hija mía, muere!
Este perturbador diálogo fue grabado por pura casualidad.
Zein Isa, antes de esta madrugada del miércoles 6 de noviembre de 1989, se encontraba siendo investigado por el FBI por sus actividades de espionaje y su involucramiento con la organización Abu Nidal, en contra de los Estados Unidos. Las fuerzas habían instalado, con permiso de la Justicia, micrófonos en la casa y habían intervenido el teléfono de los Isa. Querían supervisar todas sus conversaciones. No era un monitoreo en vivo, sino grabaciones que luego se recuperaban y escuchaban.
Gracias a ello fue que se supo qué había pasado verdaderamente esa noche entre Tina y sus padres. Porque el crimen de Palestina “Tina” Isa había quedado grabado, segundo a segundo. No había imágenes, solo audio. Fue más que suficiente.
El crimen “de honor”, eufemismo para un homicidio salvaje en manos de padres ciegos por su fanatismo religioso, se había consumado.

La vida previa a la ceguera del fanatismo
Zein al-Abdeen Hassan Isa, el padre devenido en asesino, nació el 3 de junio de 1931 en Beitin, Cisjordania (lugar que en ese entonces estaba bajo mandato británico). Fue el tercer hijo de un granjero palestino. Siendo adolescente se casó con una prima a la que abandonó con tres hijos antes de marcharse del pueblo. Terminó como inmigrante en Sudamérica, en el lejano Brasil. Fue en Mato Grosso donde conoció a una nativa de origen italiano, doce años menor, llamada Maria. Él era musulmán fanático; ella una católica que accedió a sumarse a la religión de su novio. Zein, por supuesto, no le contó en ese momento que ya se había casado una vez con una prima con la que tenía hijos.
El 6 de febrero de 1963 se unieron en matrimonio, a pesar de la fuerte oposición de los padres de Maria. Desde el comienzo tenían acordado que a sus hijos los educarían como musulmanes. La pareja se mudó primero a Carolina del Norte, Estados Unidos y, luego, recaló en Puerto Rico. Al tiempo, volvieron a Mato Grosso donde, el 3 de diciembre de 1972, nació Palestina, la cuarta niña de la familia —a la que comenzaron a llamar, cariñosamente, “Tina”—. Las mudanzas de país continuaron, los Isa retornaron a Puerto Rico y, más tarde, a los Estados Unidos.
En 1980, Zein Isa se naturalizó ciudadano norteamericano. Alrededor de 1986 la familia llegó a St. Louis, en Missouri, donde abrió una verdulería. Entre las cuatro hijas mujeres que Zein tenía con Maria —Azizah, Fátima, Soraia y Tina—, la menor era la favorita de su padre. Escuchaban juntos música popular norteamericana, hip hop, rap y rock. Con el tiempo las mayores se casaron y se fueron de casa. Solo quedó Tina con ellos, en el departamento de la calle Delor Road 3759, en el sur de la ciudad de St Louis.
Tina había crecido sintiéndose completamente norteamericana. En el secundario comenzó a alejarse de su padre y a hacerse muchos amigos. Soñaba con un futuro en el aire, como piloto. Deseaba tomar cursos de ingeniería aeronáutica y entrenar en el Parks College of Engineering, Aviation and Technology, en la Universidad de St Louis. Quedó claro que no tenía ninguna intención de trabajar en el negocio familiar de frutas y verduras. Aspiraba a mucho más y a una vida totalmente distinta.
Nada podía gustarle menos a Zein, que pretendía casarla con un hombre de su ciudad natal para que ella volviera a vivir a su tierra palestina. Tina tenía otro objetivo y rechazó las costumbres que pretendían imponerle.
La relación entre padres e hija se deterioró. Zein y Maria no aprobaban el estilo de vida que llevaba Tina.
En la secundaria Roosevelt High School la adolescente era una excelente alumna. Jugaba fútbol y tenis y quería hacer la misma vida social que sus amigos. Esto preocupaba tanto a sus padres que le prohibieron ir a un viaje a Washington con sus compañeros. Querían sacarla del colegio y evitar que entrara a la universidad. A tal punto era la oposición que el 20 de enero de 1989, menos de diez meses antes del crimen, Zein envió a su mujer e hijas mayores a sacar por la fuerza a su hija menor de un baile de promoción. Ellas emboscaron a Tina en el baño de la fiesta de egresados y se la llevaron. Para colmo descubrieron algo más: había ido con un chico afroamericano de 18 años, Cliff Walker, que no era musulmán. ¡Los jóvenes estaban saliendo! Eran novios. Los padres y las hermanas, horrorizadas, empezaron a pensar que Tina se había occidentalizado demasiado. Era inaceptable.
Zein Isa odiaba a la gente de color y no pensaba tolerar ningún comportamiento disidente por parte de su hija. Era, además, una decisión familiar. Durante una de las charlas con el consejero escolar, una de las hermanas de Tina le dijo a esa persona que la adolescente se comportaba como una prostituta y que merecía morir.
Ese 5 de noviembre, horas previas al homicidio, Tina dejó una nota a sus padres pegada a la pantalla del televisor donde decía que había conseguido un trabajo, que empezaba ese día y que volvería a las 23.30.

Cuando el asesino es papá
Zein Isa estaba cada día más radicalizado en su cosmovisión religiosa. Se había involucrado con la Organización Abu Nidal (ANO), un grupo militante palestino escindido de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), en la década del 70. Esta rama era mucho más violenta, al punto que Estados Unidos la consideraba una organización terrorista.
Fue por estas actividades de Zein que el FBI puso la lupa sobre él. Zein no lo sabía, pero estaba siendo investigado. Habían colocado micrófonos en su casa y grababan, además, sus conversaciones telefónicas. Las fuerzas federales habían logrado detectar que estaba en marcha un complot para atentar con bombas a la embajada de Israel en Washington. Alerta máxima.
Tina vivía en su mundo. Hablaba, además de inglés, portugués, árabe y español, y estaba feliz con la vida que se proponía llevar adelante en libertad. Amaba a su novio, estaba contenta con haber obtenido su primer trabajo y quería estudiar para llegar a conducir aviones. Sin embargo, todo quedaría frustrado en su primer día laboral que también se convirtió en el último. Esa noche Cliff la fue a buscar al trabajo en Wendy’s, y la acompañó hasta su casa. Se dieron un beso y buenas noches. En los segundos que siguieron Tina entró al escenario de su muerte.
La noche en la que Zein decidió que su hija no podía seguir viviendo la cinta del FBI funcionaba a la perfección.
Zein Isa y Maria ya tenían desde hacía tiempo la idea de que tendrían que deshacerse del estorbo que representaba Tina. Era una mancha para su reputación. Tenían que terminar con la humillación a la que los sometía con sus libertades occidentales.
Fue durante esa discusión que Zein tomó el cuchillo de los que se usan para deshuesar, con hoja angosta, fina y puntiaguda, y la apuñaló repetidas veces mientras Maria la sostenía con fuerza. Seis cuchilladas directas al pecho de su hija con las que tocó uno de los pulmones de Tina, su hígado y su corazón.
Sin piedad ante sus llantos, ninguno dio marcha atrás. Era por el honor de la familia.
Estaba todo grabándose en la cinta que seguía impertérrita dando vueltas.
Esa noche llamaron al 911 y dijeron que Tina los había atacado con un cuchillo porque quería dinero y que Zein se había defendido.
Tina Isa fue enterrada en el Cementerio del Sagrado Corazón enfundada en un traje de novia. Su madre brasileña sostuvo que las mujeres no casadas en Brasil también se enterraban de esa manera. La familia intentó, manteniendo bajo perfil, que la muerte de Tina y el funeral no llegaran a oídos de la prensa, ni del novio de Tina. Podían tener problemas, lo sabían. Lo que no intuían era que el FBI les pisaba los talones. Estaba tras ellos por el vínculo de Zein con el terrorismo e incluso presenciaron de lejos el funeral y sacaron fotos.

Analizando el horror
Mientras esperaban a la policía y a la ambulancia, Zein conversó con su mujer y lo que dijeron también quedó grabado.
—Maria Isa: ¡Sácate la camisa!
—Zein Isa: ¿Qué?
—Maria Isa: ¡Que te saques la camisa!
En los siguientes minutos Zein había realizado varias llamadas a distintos familiares para contarles que Tina los había atacado.
Cuando la policía llegó, el cuerpo de Tina estaba boca abajo en el piso del living y había dos cuchillos ensangrentados tirados cerca de su cabeza.
Ni Zein ni Maria parecían conmovidos por lo sucedido con su hija, solamente se dedicaron a repetir que ella los había atacado para robarles.
La autopsia realizada al cuerpo de la víctima reveló con exactitud las heridas: seis puntazos profundos ingresaron a la altura de su seno izquierdo y había varios más pequeños en el pecho y cuello. La precisión de las heridas indicaban que Tina no se estaba moviendo en el momento que las recibió. Estaba claro que Maria la había mantenido sujeta mientras Zein la apuñalaba. Tina también presentaba dos heridas en la parte de arriba de su cabeza y unos profundos rayones en su cuello. En las manos de la joven encontraron pelos consistentes con los del brazo de su padre y numerosas heridas defensivas. Había intentado evitar inútilmente el filo del cuchillo. La muerte sobrevino, según dijeron, por la puñalada que atravesó su esternón e ingresó al corazón. Aunque también fue mortal la que entró al pulmón izquierdo. Para infligir esas heridas se había requerido de mucha fuerza, dijeron los especialistas.
El matrimonio terminó siendo llevado a juicio.
Durante el desarrollo del proceso hubo algunos cuestionamientos al FBI por no haber intervenido antes de que Zein asesinara a Tina. Se reveló entonces que las primeras amenazas que la agencia había escuchado no parecían serias o peligrosas. Había otro tema no menor: las grabaciones no se monitoreaban en tiempo real, se escuchaban después.
El acusado Zein Isa esgrimió ante el jurado que esa madrugada él había intentado defenderse del ataque de su hija que le había exigido 5000 dólares, que ella lo había pateado y que se había lanzado contra él con un cuchillo de cocina. Pretendió explicar que, cuando se lo escucha decir en los audios "¿Sabes que este es tu último día? ¿Que esta noche vas a morir?”, Tina ya tenía un cuchillo entre sus manos y que él solamente lo que había atinado a hacer era darlo vuelta “hacia ella para apuñalarla, hasta que cayó al piso”.
Falso. Tenían las cintas de las grabaciones para confrontarlos, segundo a segundo. Y también para probar la activa participación de Maria, su madre, en el crimen. Sin ella sosteniendo y sujetando, no le habría sido tan fácil a Zein asesinarla. Tina no pudo correr o no se le ocurrió que el ataque sería así de intempestivo.
En dos oportunidades Zein Isa también intentó que la audiencia creyera que su hija estaba bajo la influencia de una combinación de drogas y alcohol cuando ocurrió su muerte. Falso. Los análisis del doctor Burch, perito oficial, sostuvieron que en su cuerpo no había drogas ni alcohol.
Soraia Salem, una de las hijas del matrimonio Isa, declaró a favor de sus padres.
La fiscalía hizo que el jurado escuchara los siete minutos del tape de la muerte de Tina. Fue clave. Devastador. Varios de los miembros lloraron.
También pusieron en altavoz grabaciones telefónicas donde Zein discutía con sus otras hijas, mayores y ya casadas, la conducta rebelde de la menor. Increíblemente, ellas aprobaban la conducta de sus padres. Es más: los alentaban a tomar medidas drásticas. En una de esas charlas, Soraya, de 24 años, le sugería a su padre encadenarla en el sótano o contratar a un sicario para que le disparara. Fátima, en cambio, repetía que Dios se encargaría de “hacerla dormir para que no despierte más”. La locura del fanatismo era algo colectivo.
La fiscalía apuntó con precisión también a la madre: esa mujer no había ayudado a su hija a pesar de los angustiantes sollozos de Tina. No solo eso: luego del crimen habían actuado en tándem con su esposo y habían coordinado las respuestas para generar una historia distinta a la ocurrida.
En su alegato el fiscal sostuvo que la madre actuando junto a Zein, habían infligido a Tina, a propósito, dolor físico y emocional. Querían verla sufrir antes de morir. El jurado deliberó durante cuatro horas y volvió con su veredicto: consideró a ambos culpables el 25 de octubre de 1991 y recomendó para ellos la pena de muerte.
Una de las hermanas de Tina, Fátima, antes de la sentencia contra Zein gritó belicosa a los micrófonos: “Si mi padre es enviado a morir porque es musulmán, estará orgulloso de morir de esa manera”.
Era el 20 de diciembre de 1991.
El juez Charles A. Shaw explicó ese mismo día: “La cultura no es excusa para el asesinato. No veo ninguna razón para desviarme de la recomendación del jurado”. Hablaba de la pena de muerte.
Maria Isa dijo en su descargo: “Mi hija era irrespetuosa y rebelde. No deberíamos tener que pagar con nuestras vidas por algo que hizo ella”.
Zein, de 61 años y Maria, de 48, fueron sentenciados a morir por inyección letal.
Pero, al final, nada de eso ocurrió.
El 1 de abril de 1993, Zein Isa fue imputado por el FBI por sus conexiones terroristas con la Organización Abu Nidal, sin embargo esos cargos terminaron siendo desestimados porque él ya estaba en la fila de la muerte, esperando ser ejecutado por el crimen de su hija.
El momento de cumplir la sentencia no llegó nunca: el 17 de febrero de 1997 Zein murió como consecuencia de las complicaciones por su condición de diabético.
Maria tampoco recibió la inyección mortal: obtuvo la conmutación de su pena de muerte por cadena perpetua, sin posibilidad de libertad condicional. Murió por causas naturales en la cárcel, el 30 de abril de 2014, a los 70 años.
Para la opinión pública fue estremecedor comprobar que ambos padres se habían complotado para terminar con la vida que habían engendrado y creyeron descartable. Si le habían dado la vida, podían de la misma manera quitársela. Eso pensaban.
El fanatismo no tiene moral. Ni religión. Ni género. Solo refleja el estado irracional de quien lo profesa.
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