
En Edimburgo, Escocia, durante 1828, dos hombres llamados William Burke y William Hare fueron protagonistas de una serie de homicidios que hundieron en sombras a esa sociedad del siglo XIX. Se trató de 16 asesinatos, cuyas víctimas murieron en distintos puntos de la ciudad. Los cuerpos luego fueron vendidos a un reconocido anatomista. El caso evidenció las consecuencias de la escasez legal de cuerpos para la enseñanza médica.
La capital escocesa se había posicionado como centro de excelencia en medicina y anatomía. Las clases de disección en la universidad local atraían a jóvenes de todo el Reino Unido. Sin embargo, la poca disponibilidad de cadáveres legales impulsó el crecimiento de un mercado ilegal. Este fenómeno generó un ambiente de tensión entre universidades, autoridades y población local.
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De acuerdo con National Geographic, la figura del doctor Robert Knox adquirió notoriedad en este contexto. Docente de anatomía de métodos innovadores, ofrecía clases prácticas a cientos de estudiantes cada año. De acuerdo con History Hit, la demanda de Knox por material para practicar era tan alta que llegó a necesitar hasta noventa cuerpos anuales. Según Cat Irving, conservadora de restos humanos en Surgeons’ Hall Museums, no existían fuentes legales suficientes para satisfacer la demanda de escuelas privadas.

El tráfico de cadáveres y el inicio de los crímenes
El abastecimiento lícito de cadáveres dependía casi exclusivamente de los ejecutados por la justicia. Irving afirma que las escuelas privadas no tenían acceso prioritario a estos cuerpos. Por esa razón, surgieron nuevas maneras de conseguirlos. Los llamados “resurreccionistas” se apropiaban de cadáveres recientes en cementerios o mediante sobornos a quienes custodiaban los cuerpos.
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Según el sitio especializado, los restos humanos alcanzaban precios elevados: entre siete y ocho libras esterlinas por cadáver. La elevada suma favoreció que personas sin escrúpulos buscaran lucrar con la situación. Burke y Hare, primero, vendieron a Knox el cuerpo de un hombre fallecido por causas naturales y recibieron siete libras y diez chelines. Luego decidieron asesinar para obtener nuevos cuerpos.

La dupla comenzó a matar personas marginalizadas, aprovechando su vulnerabilidad. En total, quitaron la vida a 16 ciudadanos durante su macabra serie de crímenes. Cada víctima terminó en la mesa de disección gracias a la demanda constante de la facultad privada. El caso escaló debido a rumores y finalmente estalló un escándalo público.
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La prensa local amplificó la indignación social con titulares y relatos de horror. Una investigación forense permitió identificar a los responsables. Burke fue arrestado, enjuiciado y condenado a muerte. Recibió la pena máxima y su esqueleto permanece exhibido en la Universidad de Edimburgo. Hare logró evitar el castigo final tras ofrecer testimonio a cambio de inmunidad judicial.
El papel del Dr. Knox y el juicio social
La figura de Knox permaneció en el centro del debate. El público lo señalaba como cómplice intelectual o beneficiario del asesinato serial. De acuerdo a Irving, nunca fue procesado judicialmente. Sin embargo, multitudes protestaron en las calles. El descontento social llevó incluso a la representación de Knox colgado en efigie. Un comité oficial revisó su participación y determinó que no poseía conocimiento directo sobre los homicidios.
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El caso Burke y Hare impactó en la legislación sobre el acceso a cuerpos para fines científicos. Las protestas sociales y mediáticas pusieron en tela de juicio los procedimientos empleados para la formación de profesionales de la salud.
La tragedia dejó su huella en la historia de Edimburgo y propició una reforma en la legislación británica, destinada a regular de forma estricta el uso de cadáveres con fines docentes.
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El episodio consolidó la percepción de desconfianza entre la ciudadanía y una parte de la intelectualidad médica. El legado de Burke y Hare incluyó no solo el cambio legislativo, sino también una advertencia sobre los riesgos de la ausencia de control en prácticas científicas. La ciudad de Edimburgo jamás olvidó aquellos días en que la medicina y el crimen formaron una alianza letal.
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