
La magnitud de la obra de Wolfgang Amadeus Mozart resulta aún más asombrosa cuando se considera que, en apenas 35 años de vida, el compositor austríaco dejó un legado de 626 obras que abarcan todos los géneros musicales de su época: ópera, sinfonía, concierto, música de cámara, sonata para piano, cuarteto de cuerda, música sacra y un réquiem inconcluso, interrumpido por su muerte el 5 de diciembre de 1791.
Esta prodigiosa producción llevó a muchos a considerarlo, como expresó Johann Wolfgang von Goethe, “el músico de Dios”. La vida de Mozart estuvo marcada por una dualidad constante: por un lado, el genio creativo capaz de elevar la música a alturas insospechadas; por otro, el hombre enfrentado a las dificultades materiales, la inestabilidad económica y las exigencias de una sociedad que no siempre supo reconocer su valor.
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A pesar de su fama y del éxito de sus composiciones, el músico debió soportar la mala paga, los caprichos de príncipes y emperadores, y la mediocridad de algunos maestros de música de las cortes europeas, lo que lo obligó a buscar constantemente los florines necesarios para subsistir y mantener un techo digno, algo que no siempre logró.
El asombro que despierta la figura de Mozart se acentúa al repasar su precoz desarrollo musical. Joseph Haydn afirmó: “La posteridad no verá otra vez un talento como el de Mozart en cien años”. El elogio, lejos de ser exagerado, parece incluso modesto si se considera que, a los cuatro años, el pequeño Wolfgang ya tocaba el clavicordio, y poco después el clavecín y el violín. A los ocho años compuso su primera sinfonía, y a los catorce, su primera ópera. Entre los ocho y los diecinueve años, escribió treinta y tres de sus sesenta y ocho sinfonías, una hazaña que subraya la excepcionalidad de su talento.
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La relación con su padre, Leopold Mozart, fue objeto de interpretaciones diversas. Contrario a la imagen de tirano que algunos biógrafos poco rigurosos han difundido, Leopold, segundo maestro de capilla al servicio del príncipe arzobispo de Salzburgo, se sintió fascinado por la memoria prodigiosa de su hijo, capaz de reproducir una pieza tras escucharla una sola vez y de componer pequeñas obras desde muy temprana edad.
Decidió entonces dejar de componer para dedicarse a mostrar al mundo el prodigio de Wolfgang, un gesto que constituyó el mayor homenaje a su hijo. Tanto Wolfgang como su hermana Maria Anna sobrevivieron a la alta mortalidad infantil que se llevó a otros cinco hermanos. Las primeras cortes que reconocieron el talento del niño prodigio fueron las de Múnich y Viena. La familia emprendió entonces extensos y arduos viajes por Europa, que se prolongaron durante tres años y medio.
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Aunque estos recorridos resultaron agotadores y estuvieron marcados por la escasez de recursos, permitieron a Mozart conocer orquestas célebres y absorber influencias de la música francesa e inglesa. En Londres, mantuvo varios encuentros con Johann Christian Bach, cuya influencia fue determinante en su desarrollo.
Entre las anécdotas que ilustran la vida de Mozart destaca su presentación en Versalles ante el rey Luis XV. La amante del monarca, madame de Pompadour, se negó a que el niño la abrazara por temor a que su vestido se estropeara, a lo que Wolfgang comentó a su padre: “Fue una suerte, porque esa mujer olía muy mal”. Este episodio revela tanto la falta de higiene en la corte como el carácter directo del joven músico.
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En el plano sentimental, Mozart se enamoró en Múnich de la cantante Aloysia Weber, quien lo rechazó y se casó con el actor Joseph Lange. Despechado, Wolfgang inició una relación con Constanze Weber, hermana menor de Aloysia, y se casaron el 4 de agosto de 1782, a pesar de la oposición de los padres de ambos. Wolfgang tenía veintiséis años y Constanze, dieciséis. De los seis hijos que tuvieron, solo sobrevivieron Karl y Franz.
La correspondencia de Mozart con su hermana Maria Anna (apodada “Nannerl”) revela un aspecto menos conocido de su personalidad: sus cartas eran de tono marcadamente escatológico, describiendo con detalle y humor sus funciones estomacales. Cuando alguien le reprochó este comportamiento y su tendencia a emplear palabras vulgares y reírse de manera estruendosa, respondió: “Yo soy un hombre vulgar, pero mi música no lo es”.
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Las dificultades económicas persistieron tras su matrimonio. Aunque inicialmente alquilaron un lujoso departamento en el centro de Viena, seis años después debieron mudarse a un alojamiento modesto en el barrio de Alsergrund debido a la falta de dinero.

La imagen popular de Mozart fue influenciada en gran medida por la película Amadeus (1984), dirigida por Milos Forman y basada en el guion de Peter Shaffer. El film, aunque se aparta de la realidad histórica, contribuyó a consolidar la leyenda del compositor. En la película, la vida de Mozart es narrada por un envejecido Antonio Salieri, quien, consumido por la envidia, confiesa haber envenenado al genio.
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En la realidad, Salieri fue un compositor y director de orquesta respetado, maestro de figuras como Beethoven, Liszt y Hummel, y autor de la ópera L´Europa riconosciuta, que inauguró el teatro que luego sería conocido como Alla Scala Milano. La supuesta rivalidad entre ambos se limitó a un incidente en el que Salieri desplazó a Mozart como maestro de una princesa, pero también colaboraron en algunas composiciones y mantuvieron una relación de amistad.
La muerte de Mozart ocurrió en la medianoche del 5 de diciembre de 1791, tras varios meses de salud deteriorada desde su estancia en Praga. Según Sophie, hermana menor de Constanze, “sus últimos suspiros parecieron imitar, con la boca, los timbales de su Réquiem”.
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El funeral se celebró en la catedral de San Esteban, donde años antes se había casado con Constanze. Aunque la película de Forman muestra un entierro solitario y desgarrador, la realidad fue distinta: el sepelio, de tercera categoría por falta de recursos, costó ocho florines y se realizó al anochecer en el cementerio vienés de St. Marx, en una fosa común denominada “comunitaria”. Es probable que el cuerpo fuera cubierto con cal viva, una práctica habitual para prevenir epidemias. Al entierro asistieron, además de su esposa y su cuñada, cinco músicos encabezados por Salieri.
Las causas de la muerte de Mozart fueron objeto de especulación: fiebre miliar aguda, triquinosis, influenza, envenenamiento con mercurio. No obstante, la hipótesis más aceptada es la de una fiebre reumática aguda, enfermedad que ya en la infancia le había provocado varios episodios y que finalmente afectó de manera irreversible las válvulas de su corazón.
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La leyenda del misterioso enmascarado que encargó el Réquiem a Mozart no corresponde a un enviado de la muerte, como sugiere la ficción cinematográfica. El encargo provino del conde Franz von Walsegg, un melómano excéntrico que solía adquirir obras ajenas, borrar el nombre del autor y firmarlas como propias para impresionar a sus invitados.
En su vida cotidiana, Mozart disfrutaba del baile, el billar —llegó a tener su propia mesa en tiempos prósperos—, el vino, las fiestas y todos los instrumentos musicales, salvo la flauta. Sobre este instrumento expresó: “Sólo hay algo peor que una flauta: ¡dos flautas!”
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