
Hace 40 años moría un hombre que inventó un elemento que no ha sufrido modificaciones relevantes desde que fue concebido. Se usa en todo el mundo y fue fabricado en Argentina. Tal vez el nombre técnico sea bolígrafo pero en Argentina es la birome. Y ese nombre tiene un porqué.
La aparición de la birome surgió como respuesta a las necesidades de practicidad y limpieza en la escritura, alcanzando una amplia difusión desde la década de 1940. El periodista húngaro nacionalizado argentino Ladislao José Biró, nacido el 29 de septiembre de 1899, fue quien ideó el diseño que permitió que la tinta no ensuciara los papeles al pasar la mano, especialmente cuando los que escribían con lapiceras de tinta eran personas zurdas.

Durante los primeros años en los que Biró comenzaba a esbozar la idea que cambiaría la historia de la forma de escribir, su actividad inventiva no se limitaba solamente a ese elemento. Antes de que el bolígrafo tomara forma, había creado una máquina para lavar la ropa, un sistema de cambio automático para automóviles y el principio electromagnético aplicado décadas más tarde al tren bala japonés. A pesar de la incredulidad que despertaban sus ideas, reflejada en la frase “Biró, usted está loco” que escuchó repetidas veces durante los trámites de patente, continuó desafiando la percepción de sus contemporáneos sin rendirse ante el escepticismo.

En el desarrollo del bolígrafo, la colaboración con su hermano Georg Biró resultó decisiva. Ambos lograron una nueva tinta de secado rápido, capaz de ofrecer un trazo fluido y uniforme. Aunque enfrentaban un inconveniente mecánico: esa tinta espesaba dentro de las estilográficas, obstruyendo el flujo imprescindible para una escritura eficiente. Ese obstáculo llevó a Biró a buscar alternativas y observar el mundo con atención para extraer de la vida cotidiana detalles con valor ingenieril.
Mariana Biró, hija del inventor, explicó en la web de la Fundación Biró que el verdadero momento de iluminación sobrevino cuando Ladislao observó en la imprenta de la revista donde trabajaba cómo un rodillo podía distribuir la tinta sin producir manchas.
Así surgió la idea de trasladar ese mecanismo al ámbito manual: “una pequeña esfera en un tubo capilar, con una tinta especial que fluyera por la fuerza de gravedad y se secara instantáneamente en el papel”, describió Mariana. Paralelamente, otra anécdota vinculada con la exploración diaria menciona que el inventor, mientras paseaba en un parque, notó cómo una pelota de fútbol mojada al pasar sobre un charco dejaba una línea nítida y uniforme, lo que inspiró la forma esférica de la punta. Así, hacia finales de la década de 1930, el primer prototipo de bolígrafo estuvo terminado.

La marcha del proyecto se vio amenazada por el contexto histórico. El ascenso al poder de Adolf Hitler y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial dificultaron enormemente la posibilidad de producir el invento a escala industrial. La persecución nazi a los judíos ponía en serio peligro la vida de la familia Biró. Y la necesidad de financiar la maquinaria bélica dejaba en espera la viabilidad de la invención. De todos modos, en 1938 Biró había patentado su invento en Hungría.
Un giro inesperado se produjo por un encuentro fortuito en una playa de la ex Yugoslavia entre Biró y un entrerriano. El inventor conoció al expresidente argentino Agustín Pedro Justo, quien no solo alentó a Biró a proseguir su desarrollo en el país del mate y el asado, sino que también gestionó visas para que Ladislao, su hermano Georg y el socio Juan Jorge Meyne escaparan de una Europa devastada, permitiéndoles emigrar y reiniciar sus vidas en el hemisferio sur. Luego llegarían la esposa y la hija de Ladislao Biró a la Argentina.

Ya instalados en Buenos Aires, la financiación aportada por inversores permitió que Ladislao, su hermano y Meyne fundaran una pequeña empresa en un garaje, empleando a unos cuarenta operarios.
El nombre de la compañía, Birome, surgía como resultado de la combinación de los apellidos de Biró y Meyne. La estrategia fue lanzar al mercado un producto asequible, lo cual resultó en la primera esferográfica de bajo costo. El precio módico llevó a que muchos argentinos, habituados a gastar sumas elevadas en plumas estilográficas y frascos de tinta, recibieran el invento con escepticismo y relegaran su uso principalmente a los niños en edad escolar. Tras varios meses de trabajo, el invento fue lanzado al mercado en 1943 bajo el nombre de birome.

El invento aún tuvo que emprender el camino hacia la internacionalización. Biró ofreció la patente a la empresa estadounidense Eversharp Faber y a la compañía francesa fundada por Marcel Bich, quien años más tarde crearía la célebre marca Bic. Ambas empresas manifestaron gran interés por fabricar el novedoso bolígrafo para el público internacional y compraron el invento del húngaro.
El éxito de la birome reside en varias ventajas técnicas que la hicieron destacar sobre las plumas estilográficas tradicionales: la tinta se secaba instantáneamente, podía escribir sobre papel carbón, resultaba resistente ante los cambios de temperatura y presión, y podía usarse incluso a bordo de aviones, un aspecto muy apreciado en una época donde los vuelos comerciales y militares ganaban relevancia.
En pocos años, la “birome” logró reemplazar a la estilográfica y al lápiz de grafito como instrumento principal de escritura. El bolígrafo se popularizó de tal manera que desbancó a la pluma y al lápiz de grafito como herramienta de escritura más popular y económica.

La irrupción del bolígrafo en el mercado afectó profundamente a los fabricantes de útiles de escritura tradicionales. Frente a la caída en desuso de la pluma, algunos de esos fabricantes eligieron adaptarse: comenzaron a producir bolígrafos de gama alta, usando materiales selectos y métodos de fabricación meticulosos, para crear productos de lujo con un diseño y fiabilidad que rivalizaban con los viejos estándares de las plumas estilográficas. Había bolígrafos comunes y, por supuesto, otros de alta calidad.
Ladislao José Biró murió en Buenos Aires el 24 de octubre de 1985, hace 40 años. Las licencias derivadas de su patente habían generado millones de pesos en ingresos para el Estado argentino. El bolígrafo, producido por compañías de todo el mundo, había sustituido a la pluma en escuelas, universidades y hogares de todas las clases sociales. A lo largo de las décadas, aquel invento de Biró permaneció palpable en la cotidianidad de millones.
El húngaro que se instaló en la Argentina en 1940, siguió inventando cosas. Patentó más de treinta invenciones. Ideó un proceso continuo para la producción de resinas fenólicas, un sistema para incrementar la resistencia mecánica de barras en cemento, una cerradura inviolable, un termógrafo clínico y hasta su muerte, en 1985, trabajó con la Comisión Nacional de Energía Atómica en la separación de gases para agua pesada. En su honor, se determinó en la Argentina, que se celebre el Día del Inventor, cada 29 de septiembre.

Alguna vez le preguntaron por qué era inventor. Y el creador de la birome, que murió a los 86 años, respondió: “¿Por qué? No lo sé, quizás estuvo determinado en mis genes. Uno hace como uno debe en la Naturaleza. Pero básicamente un inventor debe reunir varias condiciones: tener una gran fantasía, ser un excelente observador y naturalmente tener coraje y capacidad. Debe arriesgarse al fracaso ya que lo desconocido es incierto. Una cosa es real, un verdadero inventor ve las fallas como desafíos y debe conservar su imaginación personal como su propio incentivo".
Con el correr de los años, la birome, el invento del húngaro que se afincó en Argentina, fue adoptada por millones de usuarios, transformándose en herramienta tan elemental como accesible. Su diseño evolucionó con el tiempo, pero el principio funcional —la esfera que distribuye la tinta a medida que rueda sobre el papel— se mantuvo invariable. La posibilidad de escribir en diferentes condiciones, el bajo costo de producción y el carácter desechable del artículo transformaron a la birome en un producto omnipresente.
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