
Durante los años veinte, una aparente maravilla médica conquistó a la sociedad estadounidense con la promesa de curar más de un centenar de males y devolver la energía de la juventud. El producto, llamado Radithor, era vendido en discretas botellas incoloras y recibió el respaldo de algunos médicos. Sin embargo, los efectos de la bebida estuvieron lejos de lo esperado: en lugar de milagros, sembró tragedia y desconfianza.
A raíz de casos fatales y el escándalo público, las autoridades decidieron implementar nuevas normativas y regulaciones sanitarias más estrictas, las cuales fueron clave para proteger a los consumidores y sentaron las bases del control moderno sobre medicamentos y remedios en Estados Unidos y el mundo.
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El descubrimiento del radio y el auge del entusiasmo científico
Todo comenzó con uno de los hallazgos más destacados de la historia moderna: el descubrimiento del radio por Pierre y Marie Curie en 1898. Este elemento fue rápidamente asociado con esperanza y progreso, y se incorporó a tónicos, cremas y hasta pintura para relojes luminosos. El entusiasmo se expandió velozmente y la industria, impulsada por la novedad, adoptó el radio sin suficiente evidencia sobre sus riesgos, según Popular Science.
En 1914, la Asociación Médica Estadounidense respaldó el primer tratamiento de agua radiactiva. Nació entonces la llamada “terapia suave con radio”, presentada como una alternativa innovadora. De acuerdo con la historiadora Maria Rentetzi, citada por Popular Science, el optimismo de la época dejaba poco espacio para la duda.
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William Bailey, el auge del tónico radiactivo y la fiebre médica
En ese contexto de fascinación surgió William Bailey, un empresario carismático pero sin formación médica, conocido por sus antecedentes en productos fraudulentos y promesas vacías.
Bailey supo explotar el entusiasmo de la época: fundó su laboratorio en Nueva Jersey y, en 1924, lanzó Radithor, un agua destilada mezclada con radio 226 y 228, anunciada como “la mayor fuerza terapéutica conocida por la humanidad”.
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La publicidad no conoció límites, folletos afirmaban que Radithor combatía más de 150 enfermedades endocrinas.
Bailey recomendaba el consumo diario y la sociedad respondió con confianza. No solo los consumidores comunes buscaron sus supuestos beneficios, médicos y practicantes lo recetaron convencidos de sus efectos energizantes y curativos, reforzando su popularidad en las consultas y favoreciendo su expansión masiva.
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La “terapia suave con radio” se convirtió en rutina y los productos radiactivos proliferaron: píldoras, elixires y ungüentos inundaron hogares y farmacias.
El éxito comercial se afianzó mucho antes de que surgieran advertencias sobre los peligros, con reconocidas empresas impulsando su consumo diario. Como señala Taylor & Francis, la investigación quedó eclipsada por el entusiasmo y el marketing.
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Entre 1924 y 1930 se vendieron más de 400.000 botellas por un dólar cada una, lo que equivaldría hoy a cerca de ocho millones de dólares, según Popular Science. Pese a los terribles desenlaces, Bailey jamás admitió culpa ni mostró remordimiento. Tras el final de Radithor, desapareció lentamente del negocio público y murió en 1949 de cáncer de vejiga, presuntamente como víctima también de su propio invento.
Eben Byers: el caso que expuso el desastre

La fe colectiva en Radithor tuvo su quiebre definitivo con el caso de Eben Byers, deportista, empresario y figura social reconocida de Pittsburgh. En 1927, tras una lesión, un médico le sugirió el tónico radiactivo para acelerar la recuperación.
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El atleta consumió aproximadamente 2.800 onzas (casi 80 kilos) durante cinco años, convencido de su eficacia y alentado por su entorno.
El desenlace fue devastador: el radio destruyó su esqueleto y Byers falleció por envenenamiento radiactivo en 1932, según Taylor & Francis. Su caso conmocionó a la opinión pública y sirvió de advertencia ineludible. El riesgo era tal que, incluso años después, los frascos vacíos de Radithor seguían siendo peligrosos por la radiactividad.
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Un escándalo que transformó la ciencia y la salud pública

La muerte de Byers y otros casos emblemáticos, como el de las “chicas del radio” —obreras intoxicadas al pintar esferas de relojes—, provocaron un giro inmediato en la percepción del público y de las autoridades.
La Comisión Federal de Comercio prohibió la venta de Radithor y la aprobación de nuevas leyes estrictas limitó desde entonces el uso del radio en la medicina y la industria.
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De acuerdo con el Journal of the American Medical Association, tragedias como la de Radithor forzaron el desarrollo de los primeros controles sanitarios en la década de 1930.
La fascinación por el radio se apagó de golpe, y con ella la idea de que la novedad científica podía adoptarse sin reservas. La sociedad aprendió que el entusiasmo por los remedios milagrosos puede tener consecuencias irreversibles.
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