
Caminaba como un cazador, eligiendo a sus presas: mujeres con porte de modelos. Harvey Murray Glatman se les acercaba y les decía que era fotógrafo profesional. Se presentaba bajo diferentes pseudónimos, les proponía que fueran a su supuesto estudio para hacerles una sesión de fotos, con la promesa de armarles un portfolio que las ayudaría a lanzar sus carreras.
Su propuesta era tentadora. En los años 50, Los Ángeles vibraba con promesas de éxito, fama y belleza. Pero Glatman no buscaba modelos para revistas ni portadas. Las buscaba para sus propias puestas en escena, donde la cámara no era un instrumento artístico, sino una herramienta de tortura psicológica. Las sesiones fotográficas no terminaban con una selección de retratos, sino con la muerte.
Fue apodado el “Asesino de los Corazones Solitarios” y el “Asesino de Chicas Glamorosas”. Detrás de esos nombres impactantes y mediáticos había un criminal frío y calculador, responsable de crímenes aberrantes que estremecieron al país. Tenía una mente profundamente perturbada, producto de un historial de abusos, encierros y múltiples señales de alerta que fueron desatendidas. Su caso expuso con crudeza las fallas del sistema judicial y de la salud mental.

Una infancia marcada
Harvey Glatman nació el 10 de diciembre de 1927 en Denver, Colorado, en una familia judía de origen ruso y polaco. Desde chico fue víctima de burlas por su aspecto físico: sus orejas grandes le valieron el apodo cruel de “Dumbo” entre sus compañeros. Aislado, tímido y retraído, el pequeño Harvey creció con una sensación constante de humillación y rechazo. Esa vergüenza temprana pronto comenzó a transformarse en obsesión por el control.
Entre los 10 y 12 años, Glatman empezó a mostrar conductas riesgosas con cuerdas, un hábito difícil de entender en un niño. En una ocasión, sus padres lo encontraron con marcas en el cuello y él explicó que había intentado ahorcarse solo para “ver qué se sentía”. Tiempo después, descubrieron que solía pasar una cuerda por el desagüe de la bañera y atársela al cuello, buscando ejercer presión. También acostumbraba atarse la cuerda al pene. Preocupada por esas actitudes, su madre consultó a un médico, que minimizó la situación, diciendo que era algo “propio de la edad”...
Durante la adolescencia, Glatman comenzó a delinquir y a buscar víctimas. Entraba en las casas de mujeres que encontraba solas, donde robaba objetos al azar, especialmente lencería, y en una ocasión sustrajo una pistola. Con el tiempo, sus delitos se volvieron más agresivos: seguía buscando chicas solas, ingresaba a sus viviendas, las acosaba y agredía sexualmente. A varias de ellas las ató con sogas y les tomó fotografías mientras gritaban, valiéndose de una pistola de juguete.
Fue denunciado y atrapado por primera vez en agosto de 1945. Se declaró culpable de hurto mayor en primer grado y recibió una condena de entre 5 y 10 años en el Reformatorio de Elmira. Dos años después fue trasladado a la prisión de Sing Sing. Allí se le diagnosticó una personalidad psicopática de tipo esquizofrénico, con impulsos sexuales desviados como base de su conducta criminal.
Pero, en la cárcel se portaba bien y se mostraba como un hombre impecable; eso le permitió salir en libertad condicional en 1948. Todo mundo creía que se había reformado, pero lo único que perfeccionó fueron sus crueles métodos de tortura.

El método Glatman: glamour, cuerdas y desierto
En 1957, Glatman llegó a Los Ángeles, una ciudad donde miles de jóvenes soñaban con convertirse en modelos o actrices. Para él, fue el terreno perfecto. Allí construyó un personaje convincente: un fotógrafo profesional que trabajaba para revistas de moda o publicaciones de bajo costo, que buscaban nuevas caras.
Con un portafolio bajo el brazo y un tono amable, ofrecía sesiones gratuitas con la promesa de abrir puertas en el competitivo mundo del espectáculo. Usaba pseudónimos y contactaba a sus víctimas por medio de agencias, anuncios clasificados o los clubes de “corazones solitarios”, populares en los diarios de la época.
Una vez que las jóvenes aceptaban la propuesta, las citaba en un departamento que presentaba como su estudio, pero que en realidad era su vivienda. Ahí comenzaba el aberrante ritual: convencía a las mujeres para que posaran con cierta ropa. Luego las ataba para supuestas fotos “artísticas” y, mientras las fotografiaba en posiciones humillantes, ejercía sobre ellas un dominio total. Después, las estrangulaba con una cuerda y trasladaba los cuerpos al desierto, donde los abandonaba. Toda la escena estaba pensada como un espectáculo macabro: desde el primer contacto hasta el último disparo de su cámara.
Sus víctimas confirmadas fueron tres: Judith Ann Dull, Shirley Ann Bridgeford y Ruth Mercado (también conocida como Angela). A todas las engañó con promesas de éxito, a todas las fotografió antes de asesinarlas y, en cada caso, se llevó un “trofeo”: los zapatos. Cada uno fue su fetiche personal, que guardaba como recuerdo de cada crimen.
Con el tiempo, surgieron sospechas de que Glatman podría haber sido responsable de otros asesinatos no resueltos. Uno de los casos fue el de Dorothy Gay Howard, cuyo cadáver fue encontrado en Boulder, Colorado, en 1954. Durante más de cinco décadas la joven fue conocida como “Boulder Jane Doe”, hasta que en 2009 una prueba de ADN permitió identificarla. Para entonces, Glatman ya llevaba medio siglo muerto, pero la coincidencia temporal y el modo de operar lo convirtieron en el principal sospechoso. Su historial, incluso años después de su ejecución, seguía revelando el alcance de una mente obsesionada con la sumisión, la fotografía… y la muerte.

El caso Judith: una desaparición que prendió la alarma
Judith Ann Dull fue la primera víctima reconocida de Harvey Glatman. A sus 19 años, compaginaba sus aspiraciones en el modelaje con la crianza de su hija en Los Ángeles. La necesidad de ingresos, motivada por una costosa disputa legal por la custodia de la niña, la hizo aceptar las propuesta que le llegaban.
En agosto de 1957, Glatman llegó a ella y se presentó con un nombre falso, “Johnny Glinn”. Le ofreció una sesión de fotos para la portada de una revista policial y la promesa de un buen dinero (lo que ella más necesitaba en ese momento). Judith se presentó en su supuesto estudio para realizar la sesión de fotos, donde siguió las indicaciones que le dio y hasta aceptó posar atada y amordazada, según sabía esa sería la portada de la revista... Glatman aprovechó que estaba atada con sogas para agredirla sexualmente. Cuando la vio humillada, le tomó una cantidad de fotos...
Después de mantenerla cautiva en su departamento, Glatman la llevó hasta el desierto de Mojave. Allí, la obligó nuevamente a posar ante la cámara. Luego la estranguló. Dejó su cuerpo en medio del desierto y se alejó sin dejar rastros.
La desaparición de Judith tuvo impacto mediático: su exmarido era periodista de Los Angeles Times, y fue quien insistió para que la policía investigara el caso. Sin embargo, la pista se enfrió: Glatman había utilizado un alias y un teléfono falso, y durante meses la policía no logró identificar al responsable. El cadáver de la joven fue encontrado en diciembre de ese año, pero fue identificado erróneamente. Cuando los investigadores lograron esclarecer su identidad, Glatman ya había vuelto a atacar a otras jóvenes modelos.

El final del fotógrafo asesino
La caída de Glatman comenzó el 27 de octubre de 1958, cuando intentó secuestrar a su cuarta víctima. Contactó a Lorraine Vigil, una joven que comenzaba a andar en el mundo del modelaje, con la promesa de una sesión fotográfica, lo mismo de siempre... La citó en Los Ángeles, la pasó a buscar en su auto e inició el trayecto hacia lo que ella creía que era un estudio profesional. Pero algo en la actitud del conductor la hizo desconfiar.
En el camino, Glatman intentó sacar su pistola y reducir a la joven, como ya había hecho antes. Pero esta vez se topó con una reacción inesperada. Lorraine se resistió, forcejeó con todas sus fuerzas y logró abrir la puerta del auto en movimiento. Ambos cayeron a la vera de la ruta: la pelea siguió sobre el asfalto. En ese momento, pasó un patrullero, que no dudó en actuar.
La detención fue casi accidental, pero decisiva. Glatman fue arrestado en el acto y llevado a la comisaría. Allí, lejos de negar los hechos, comenzó a hablar.
Confesó no solo el intento de secuestro de Vigil, sino también los asesinatos de Judith Ann Dull, Shirley Ann Bridgeford y Ruth Mercado. Incluso, guio a los agentes hasta donde había dejado los cuerpos de las tres victimas.
Harvey Glatman fue declarado culpable de dos cargos de asesinato en primer grado y condenado a muerte. No mostró señales de arrepentimiento ni intentó apelar la sentencia. De hecho, pidió expresamente al director de la prisión que no interviniera para salvarle la vida. Aceptó su destino con una frialdad desconcertante, como si la muerte fuera apenas el cierre inevitable de su propio guion macabro.
El 18 de septiembre de 1959, Glatman fue ejecutado en la cámara de gas de la Prisión Estatal de San Quintín. Tenía 31 años. Su paso por el corredor de la muerte no estuvo marcado por súplicas ni declaraciones finales dramáticas. Murió como vivió: en silencio, sin emoción visible, dejando tras de sí una estela de horror y fotografías que jamás debieron existir.
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