
El cuerpo de Bartolina Sisa fue brutalmente humillado: fue atado a la cola de un caballo, arrastrado por las calles y luego descuartizado, como advertencia para quienes se atrevieran a rebelarse contra el poder colonial.
Era el 5 de septiembre de 1782 en La Paz, y el virreinato del Perú acababa de ejecutar a una de las líderes indígenas más importantes de la resistencia anticolonial en el Alto Perú. Aymara, guerrera y estratega, Sisa fue el rostro de una lucha colectiva por la libertad que desafió al Imperio español desde las entrañas del continente.
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Dos siglos después, su nombre sigue siendo un grito de dignidad. En 1983, organizaciones indígenas de toda América se reunieron en Tihuanacu, Bolivia, y decidieron declarar el 5 de septiembre como el Día Internacional de la Mujer Indígena. No fue un gesto simbólico sino una respuesta política a siglos de silencio, una forma de honrar a las miles de mujeres como Bartolina, que lideraron rebeliones, sostuvieron comunidades, resistieron el despojo y preservaron la memoria ancestral mientras eran invisibilizadas por la historia oficial.

El inicio de la resistencia
Aunque la historia oficial muchas veces la redujo como una nota al pie o un nombre fugaz en los márgenes de los manuales, la vida de Bartolina Sisa está marcada por una epopeya de resistencia anticolonial. Nació a finales de agosto de 1750 en la región de Caracato, actual departamento de La Paz, en el Alto Perú. Fue hija de comerciantes de coca y textiles. Creció entre los tejidos de bayeta de la tierra y los caminos de los Yungas, recorriendo pueblos, minas y mercados.
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Desde niña fue testigo del desprecio hacia su cultura y de la destrucción de la estructura comunitaria indígena a manos del sistema de encomiendas. La represión no solo venía en forma de látigos o prisiones: la imposición de una religión, una lengua y una visión del mundo ajenas fue quizás lo más profundo. Para muchos, esa violencia se convirtió en resignación. Para ella, fue semilla que desató un fuego interior.
A los 19 años, ya era económicamente independiente, y sobre todo, consciente de las formas brutales de opresión que pesaban sobre su pueblo: impuestos desmedidos, trabajo forzado, saqueo de recursos y una violencia sistemática sobre sus identidades.
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En esos recorridos conoció a Julián Apaza, un joven aimara que también provenía del comercio de coca y que había sobrevivido a la mita minera. Más tarde, fue conocido por su nombre de guerra, Túpac Katari. Se casaron en 1772 y tuvieron cuatro hijos, aunque la relación fue compleja y marcada por separaciones. Bartolina relató años después que estuvieron distanciados mucho tiempo y que solo se reencontraron cuando comenzó la rebelión. Aun así, el vínculo que los unió fue más profundo ya que compartieron la convicción de que el orden colonial debía ser combatido con todo lo que tenían.
Bartolina fue mucho más que la esposa de un caudillo. Ella fue jefa militar, estratega, lideresa. Sabía valerse por sí misma, disparar un fusil, comandar tropas... Su carácter la llevó a ser proclamada “Virreina del Inca”, no como título simbólico, sino como reconocimiento al rol que ocupaba en la organización del movimiento. Ella estableció los campamentos en El Alto, Chacaltaya, Killi Killi, Pampahasi y Potopoto, articulando la logística de la rebelión, siendo obedecida y respetada por miles.
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La suya no fue una lucha de respaldo, sino de comando. Y su liderazgo fue doblemente disruptivo por ser indígena y por ser mujer.

El cerco a La Paz y la condena ejemplar
En 1780 se tejió una insurrección que articuló distintos focos de rebelión indígena del sur andino. Confluyeron las estrategias de Túpac Amaru II en el Cusco, los hermanos Katari en Chayanta y la acción de Bartolina y Túpac Katari en el altiplano. Fue una movilización masiva con más de 150 mil personas que se levantaron contra el orden colonial.
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El 13 de marzo de 1781, comenzó el histórico cerco a la ciudad de La Paz. En menos de cinco meses, 80 mil insurgentes rodeaban la ciudad, cortando el abastecimiento de agua y comida. Bartolina quedó a cargo del frente de Pampahasi. Cuando los españoles descubrieron que una mujer lideraba esa línea, enviaron 300 soldados para romper el cerco. Ella los combatió sin retroceder.
El poder colonial se tambaleó. Durante más de 100 días, las autoridades españolas sufrieron hambre y aislamiento. La rebelión no era un estallido espontáneo, era un cerco bien organizado que desafiaba el corazón del sistema virreinal. Pero el imperio contraatacó con refuerzos desde Charcas y Buenos Aires. La traición interna hizo el resto: el 2 de julio, Bartolina fue entregada por quienes debían custodiarla.
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Fue encarcelada, torturada y humillada. Su enemigo buscaba quebrarla para que hablara, pero no pudieron sacarle palabra. Desde el encierro, Bartolina resistió durante meses, organizando incluso un segundo cerco mientras Túpac Katari intentaba rescatarla con propuestas de intercambio “de cabezas” (el propio Katari o un cura), pero nunca fue escuchado. El 14 de noviembre de ese año, fue obligada a presenciar el descuartizamiento de su compañero.
El 5 de septiembre de 1782, tras casi un año en prisión, Bartolina fue ejecutada públicamente. La arrastraron por la plaza mayor atada a la cola de un caballo, la colgaron y luego la descuartizaron. Su cabeza fue clavada en picota, sus extremidades diseminadas por distintas regiones para amedrentar a los pueblos en rebelión. Su crimen: haber desafiado al poder blanco y haber liderado una revolución indígena.
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Durante su juicio, cuando le preguntaron por qué se había alzado en armas, su respuesta fue tan clara como contundente: “Para que, extinguida la cara blanca, solo reinasen los indios”.
Bartolina Sisa no fue derrotada. Fue brutalmente asesinada por un imperio en retirada que necesitaba hacer de su cuerpo un escarmiento. Pero su ejemplo quedó sembrado en las venas abiertas de América.
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Una memoria viva
El intento colonial de borrar su nombre no funcionó; por el contrario, regresó con fuerza en la voz de otras mujeres. En 1980, más de 200 años después, se fundó en Bolivia la Federación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias Bartolina Sisa, una organización clave que articula la lucha por los derechos de las mujeres del campo, indígenas, originarias, con una perspectiva de justicia social, despatriarcalización y soberanía popular.
Y en 1983, el Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos Indígenas de América, reunido en Tiwanaku, declaró el 5 de septiembre como Día Internacional de la Mujer Indígena, en homenaje al momento que la volvieron inmortal... La fecha surgió desde los pueblos, como acto de memoria activa.
Hoy, el nombre de Bartolina Sisa está más vivo que nunca. No como una estatua inerte, sino como símbolo de lucha: las mujeres indígenas continúan enfrentando el saqueo extractivista, el racismo estructural, la violencia patriarcal, el desprecio cultural. Pero también protagonizan las resistencias territoriales, las luchas por el agua, la tierra, la lengua y la vida. Organizan, curan, enseñan, defienden, crean.
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