
Puertas que no llevan a ninguna parte, escaleras que terminan en techos cerrados, cuartos secretos, espejos colocados para confundir a los espíritus, pasillos laberínticos y una mujer vestida siempre de negro que insistía en que la casa debía seguir creciendo sin descanso.
La Mansión Winchester parece una paradoja construida con ladrillos y obsesión, pero detrás de sus 160 habitaciones se esconde la trágica historia de Sarah Winchester, heredera de la fortuna armamentista de la Winchester Repeating Arms Company. Tras una cadena de pérdidas personales devastadoras, y guiada por las palabras de una médium, decidió pasar 38 años edificando una casa cuya construcción solo se detuvo cuando su corazón dejó de latir. Desde 1884 hasta su muerte en 1922, Sarah dirigió la expansión ininterrumpida de una construcción que desafía la lógica, las leyes de la arquitectura y hasta las del tiempo. Tanto así que aún sigue siendo objeto de estudios, recorridos turísticos, documentales y debates entre historiadores, arquitectos e, incluso, amantes del espiritismo y las ciencias ocultas.
En agosto de 1974, fue oficialmente reconocida como Monumento Histórico Nacional. Además de ser hoy un sitio turístico, es considerada todo un símbolo estadounidense, donde la innovación, un duelo no resuelto y la superstición convergen en un mismo lugar.

Dolor, duelo y una fortuna levantada en la Guerra Civil
Sarah Lockwood Pardee nació el 1 de septiembre de 1839 en New Haven, Connecticut, en el seno de una familia culta y acomodada. Recibió una educación refinada (digna de las señoritas de la época) y tuvo formación en música, idiomas y arquitectura. A los 20 años, el 30 de septiembre de 1862, se casó con William Wirt Winchester, único hijo de Oliver Winchester, fundador de la Winchester Repeating Arms Company, la empresa de armas de fuego más poderosa de Estados Unidos.
Uno de los modelos más conocidos que elaboró la compañía fue el rifle Winchester 1873, apodado “el arma que conquistó el Oeste” porque fue uno de los más utilizados durante la Guerra Civil y en los conflictos que marcaron la expansión estadounidense. Se convirtió en sinónimo del poder militar y también en el responsable indirecto de las miles de muertes ocurridas entre, sobre todo, entre 1861 y el 9 de abril de 1865.

Pese a eso, la vida de Sarah era tranquila. Peor, la tragedia no tardó en golpearla y de la peor manera: en 1866 tuvo a su única hija, Annie, quien murió a las pocas semanas como consecuencia de marasmo, una forma severa de desnutrición infantil. Quedó devastada. Años más tarde, en 1880, perdió a su suegro, y en 1881 su esposo William murió de tuberculosis. En menos de dos décadas, Sarah quedó completamente sola.
En esa soledad, se convirtió en la única heredera de una inmensa fortuna: 20 millones de dólares (hoy, sería poco más de 500 millones de esa moneda), el 50% de las acciones de la compañía Winchester y un ingreso diario equivalente a más de 23 mil dólares actuales. Con ese dinero, para 1888, ya establecida en California, compró más de 56 hectáreas en la actual zona de Los Altos, algunas propiedades, entre ellas la conocida como Winchester‑Merriman House, destinada a su hermana Isabelle Pardee Merriman y a su cuñado.
En la década de 1920, también se hizo de una casa flotante en la bahía de San Francisco —la llamó Sarah’s Ark—. Algunos decían que la construyó por miedo a un nuevo diluvio (como el bíblico), aunque en esa época era común que las clases altas tuvieran yates o casas sobre el agua. La cuestión es que su “Arca” fue destruida por un incendio en 1929... Otra tragedia en la vida de Sarah. La última que toleró.

Apoderada por el miedo a lo ya pensaba como “un mal” sobre ella, buscó ayuda. Fue cuando su vida dio un verdadero giro: según cuenta la leyenda, Sarah consultó a una médium en Boston. Afligida por las pérdidas de su vida y la posible culpa que le daba gozar de una fortuna lograda por la venta de armas y la consecuente muerte de infinidad de personas, decidió buscar respuestas a sus desgracias. Esa médium le habría dicho que su familia estaba maldita por las almas de quienes habían muerto bajo las balas de los rifles Winchester, y que si no hacía algo para revertirlo, su destino sería sellado...
¿Cómo podría revertir las muertes de esas personas? ¿Qué podría hacer con ese dinero malhabido?
La respuesta de la médium fue tan extraña como determinante: debía mudarse al oeste y comenzar la construcción de una casa... sin detenerse jamás. Mientras las obras continuaran, los espíritus estarían confundidos, no tendrían “donde quedarse”, y no podrían atraparla... Pero si la construcción se detenía, su vida también lo haría. Creyendo ciegamente en lo que escuchó de la extraña mujer, ese fue el inicio de la construcción de la mansión más extraña y fascinante de Estados Unidos.

Los 38 años de construcción ininterrumpida
Aconsejada por la espiritista, en 1884 Sarah compró un terreno de unas 65 hectáreas con una casa algo deteriorada, pero que contaba con ocho habitaciones, en San José, California. Allí comenzó a levantar la mansión que hoy conocemos. Durante 38 años, ordenó a sus trabajadores —alrededor de 22 carpinteros empleados de forma permanente— construir sin descanso, las 24 horas del día. Aunque, no hubo un plano original, cada mañana entregaba nuevas ideas al capataz de la obra, las cuales (según se decía) las pensaba luego de las sesiones espiritistas que realizaba en Sala de la Séance, o Cuarto Azul, ubicada en el corazón laberíntico de la mansión.
Según la leyenda: cada medianoche, Sarah se encerraba en la Sala de la Séance y allí, en soledad, consultaba con los espíritus que guiaban sus decisiones arquitectónicas. La sala tenía una sola entrada, pero tres salidas, lo que parecía estar diseñado no sólo para la privacidad sino también para despistar a cualquier espíritu que intentara seguirla.
Con los años, el resultado fue una construcción laberíntica llena de pasillos que no llevan a ninguna parte, habitaciones cerradas, ventanas interiores y escaleras sin destino. La mansión llegó a tener siete pisos, pero el terremoto de 1906 destruyó parte de su estructura, reduciéndola a cuatro niveles.

En números: en 2.200 m2, hay 161 habitaciones, 476 ingresos, 2.000 puertas, 47 chimeneas, 2 salones de baile (uno a medio hacer), 52 tragaluces, 6 cocinas, 2 sótanos, 10 mil paneles de vidrio, tres ascensores y una ducha con agua caliente, algo excepcional para la época. Sarah incorporó tecnología de avanzada, como calefacción central y sistemas de comunicación internos e incluso un lavadero de carruajes. Todo un hito arquitectónico.
La mansión también refleja el paso del tiempo en Sarah y cómo la afectó la artritis paralizante: muchas escaleras tenían escalones bajos y fueron construidas para facilitar su movilidad. Otra de las características que tiene da cuenta de su obsesión con el número 13: hay vidrieras con 13 paneles, candelabros con 13 brazos, ventanas con 13 cristales y tramos de escaleras con 13 escalones. Todo eso ¿era realmente producto de la superstición o simplemente el taller personal de una mujer excéntrica, culta y con pasión por la arquitectura? El costo estimado fue de 5 millones de dólares en 1923, equivalentes a unos 71 millones actuales.
Tras el terremoto de 1906, en lugar de demoler y reconstruir, Sarah simplemente selló las zonas dañadas y siguió edificando alrededor. La casa creció como un organismo vivo, dirigido por una voluntad extraña o una obsesión: no parar nunca.

Entre el mito, la arquitectura y el luto eterno
Lejos de la imagen de la viuda perturbada, su biógrafa Mary Jo Ignoffo sostiene que Sarah era una apasionada de la arquitectura, suscrita a revistas especializadas y obsesionada con experimentar estilos y soluciones constructivas.
Su padre fue carpintero, y ese legado pudo haber inspirado su afición que, más tarde, se vio acompañada por la paranoia con lo sobrenatural. Cuenta también que encargó diseños para su casa a la firma Tiffany y que combinó estilos góticos, Reina Ana y elementos victorianos. Un artículo poco conocido de 1921, publicado en el San José Mercury and Herald bajo el título El taller de una mujer arquitecto, defendía que la mansión no era un santuario para los muertos, sino un espacio de experimentación para una mente brillante.

Lo cierto es que Sarah evitaba la vida social y encontraba consuelo en su proyecto. Nunca dejó de construir, tal vez por fe en la médium, tal vez por miedo, tal vez por convicción estética. Murió el 5 de septiembre de 1922, a los 82 años, en una de las habitaciones de su laberinto. Dejó la casa sin instrucciones específicas en su testamento. Poco después, fue vendida y convertida en atracción pública.
“Lo que quedó es, sin duda, un misterio. Incluso antes de su muerte, circulaban rumores de una ‘casa misteriosa’ construida por una mujer excéntrica y adinerada. ¿Le ordenó una vidente que construyera esta casa? ¿La perseguían los fantasmas de los caídos por el “Arma que Conquistó el Oeste”? ¿De verdad la construcción nunca se detuvo? ¿Qué motivó a una mujer de alta sociedad y bien educada a aislarse del resto del mundo y centrarse casi exclusivamente en construir la mansión más hermosa y a la vez extraña del mundo? Ya sea por el dolor, la culpa o algo más incognoscible, continuó ampliando su hogar sin un plan maestro. Lo que dejó atrás fue un laberinto extenso, lleno de misterio y leyenda", destaca la página oficial de la casa, Winchester Mystery House.

El mismo sitio la describe como “una mujer de espíritu independiente, voluntad férrea y notable determinación”. Su figura fue capaz de trascender el tiempo para convertirse en leyenda, envuelta en misterio y simbolismo. La mansión que erigió no solo es famosa por su arquitectura excéntrica e innovadora sino también por los relatos de actividad paranormal que aún hoy parecen habitar sus interminables pasillos.
Estas leyendas y su enigmática historia, siguen fascinado al mundo entero: desde su apertura al público el 30 de junio de 1923, la Winchester Mystery House recibió a más de 12 millones de visitantes, muchos juran haber visto el reflejo de Sarah en las ventanas.
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