
“Eso de que yo quiero tener un millón de amigos es el bolazo más grande que escuché, porque al amigo hay que atenderlo en las cosas de la vida, hay que acompañarlo en el espíritu, hay que serle generoso, recordarlo, visitarlo y estar junto a él no sólo para las fiestas, sino siempre”. Con esas palabras, Enrique Ernesto Febbraro sintetizaba su concepción de la amistad: un vínculo íntimo, exigente y real, ajeno a la cantidad y centrado en la calidad de los afectos. Fue él quien impulsó una celebración sin precedentes, nacida en Argentina y proyectada al mundo: el Día del Amigo.
Filósofo, odontólogo, docente, periodista y locutor de radio, Febbraro fue el ideólogo de una conmemoración que se consolidó como una de las efemérides más populares del país. Su iniciativa tuvo un punto de partida inesperado: la llegada del hombre a la Luna. El 20 de julio de 1969, mientras millones seguían por televisión el descenso del Apolo 11 sobre la superficie lunar, Febbraro, desde su casa en Lomas de Zamora, vivía el acontecimiento con emoción. Interpretó el alunizaje como “un gesto de amistad de la humanidad hacia el universo”. Y decidió que esa fecha debía quedar asociada, para siempre, a la amistad.
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En un mundo convulsionado por tensiones políticas y conflictos bélicos, la imagen de Neil Armstrong caminando sobre suelo lunar tuvo, para Febbraro, un alcance simbólico: era una muestra de cooperación internacional, de avance científico colectivo y, sobre todo, de comunión entre pueblos. Fue así que dio forma a una idea que venía gestando desde hacía tiempo: instituir una fecha para homenajear a los amigos. “Fuimos sus amigos y ellos, amigos del universo”, escribió a mano en mil cartas que envió a más de cien países, traducidas a siete idiomas. Muchos de los destinatarios fueron filiales del Rotary Club, organización internacional en la que Febbraro participaba activamente.
Había fundado el club rotario del barrio porteño de San Cristóbal, donde había nacido el 7 de julio de 1924. Su vida profesional fue diversa: enseñó historia y psicología, ejerció la odontología, tocó el piano, trabajó en medios gráficos y radiofónicos.
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Su padre, también llamado Enrique, tuvo vínculos con personalidades como Jorge Luis Borges, Homero Manzi, Leopoldo Lugones y Enrique Santos Discépolo. Esa sensibilidad humanista atravesó su concepción del mundo: creía en los vínculos personales por encima de las estructuras, y en la amistad como valor ético y político.
La idea de crear un Día del Amigo no surgió de la noche a la mañana. En una entrevista con La Voz del Interior en 2006, Febbraro contó que el proyecto lo había empezado a pensar durante su etapa como locutor en Radio Argentina. Junto a su colega Juan Monti, observaba que el calendario estaba colmado de efemérides patrióticas, militares o religiosas, pero no incluía ninguna que celebrara virtudes humanas. Planteó entonces su deseo de instalar una jornada dedicada a la amistad. Monti le dio su apoyo, aunque la elección de la fecha se mantuvo en suspenso hasta 1969.
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La llegada a la Luna operó como disparador definitivo. Febbraro sintió que el hecho tenía un potencial universal y que merecía un gesto acorde. Redactó las cartas con la propuesta de que el 20 de julio se transformara en una fecha para reencontrarse con los afectos.
“Un amigo es alguien de carne y hueso”, repetía. Rechazaba las nociones abstractas o idealizadas de la amistad, y afirmaba que el vínculo debía ejercerse cotidianamente: en la alegría, en el dolor, en lo concreto. Años después lo resumiría así: “El amigo es una persona real, que ronca, que tiene mal carácter y que uno lo aguanta porque lo conoce. El amigo es otro cuero”.
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La campaña no se limitó a las cartas. Febbraro presentó la propuesta ante organismos públicos, municipios, espacios religiosos, entidades culturales y referentes políticos. Afirmaba que su intención era promover una celebración desprovista de intereses comerciales. “Un pueblo de amigos es una nación imbatible”, sostenía. Según versiones transmitidas por los rotarios argentinos, al menos 800 personas respondieron positivamente a sus misivas.
En 1972, tres años después del alunizaje, registró la idea como propiedad intelectual, pero en lugar de capitalizarla, la cedió al Rotary Club como símbolo de fraternidad. La propuesta fue ganando consenso. La provincia de Buenos Aires le dio un respaldo legal: a sus 54 años, Febbraro fue nombrado ciudadano ilustre de Lomas de Zamora, y el gobierno provincial promulgó en febrero de 1979 el decreto 235, que estableció oficialmente la celebración del Día Internacional del Amigo el 20 de julio de cada año. La norma fue publicada en el Boletín Oficial el 14 de marzo y destacaba que la efeméride tenía por objetivo “exaltar el contenido ético de la amistad, valor supremo en la sublimación de las relaciones humanas”.
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El texto también remarcaba que la propuesta había sido reconocida por múltiples instituciones, municipalidades, organismos nacionales y gobiernos extranjeros, y subrayaba su carácter desinteresado, sin fines económicos. Años más tarde, el 29 de noviembre de 1983, se sumó un nuevo gesto: el Poder Ejecutivo bonaerense declaró a Lomas de Zamora como “Capital Provincial de la Amistad”, al haber sido el lugar de origen de la iniciativa. El decreto 1826 aludía al impulso de Febbraro y a la aceptación que la fecha había tenido tanto en el país como en otras partes del mundo.

Enrique Ernesto Febbraro murió el 4 de noviembre de 2008, a los 84 años. Había enviudado dos veces, tenía dos hijos, cuatro nietos y había sido postulado en dos ocasiones al Premio Nobel de la Paz. Su legado, la adopción del 20 de julio como el Día del Amigo, sin embargo, excede los reconocimientos. Hasta el final de su vida sostuvo que un verdadero amigo no es un ideal, sino una presencia concreta. “La cantidad ideal de amigos debe poder señalarse con los dedos de la mano izquierda. Si usted tiene cinco amigos, ya dese por satisfecho porque ha conseguido la mayor joya”, sentenció.
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En una de sus últimas entrevistas, volvió sobre el mismo concepto con una imagen terrenal y de una enorme sensibilidad y sensatez: “Por más amistad que yo tenga en el espíritu, a la hora de mi muerte voy a necesitar seis tipos que lleven mi cajón. Y van a ser amigos. Y en la alegría también: si quiero hacer un asadito en mi casa, ¿a quién voy a traer? A la gente que me quiere y que quiero”.
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