Primero se acostó en el pasto, justo después de intentar despejar un buscapié al área de sus rivales. Andrés Escobar impactó el balón, se agarró la cabeza, miró al cielo. Miró la pelota y miró a su arquero, Óscar Córdoba, que no tenía nada para hacer: la pelota se metía en su arco.
Diez días después de marcar ese gol en contra en el Mundial que se jugó en Estados Unidos en 1994, un sicario se bajó de un auto y disparó seis tiros, todos a la cara de Escobar.
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El partido fue el 22 de junio de 1994 contra la selección anfitriona de ese certamen al que Colombia había llegado como favorito. Apenas unos meses antes de ese partido, esa Selección Colombia había goleado 5 a 0 a la Argentina, vigente subcampeona del mundo, en el Estadio Monumental por las Eliminatorias rumbo al Mundial.
Los dirigidos por Francisco “Pancho” Maturana y capitaneados por Carlos “El Pibe” Valderrama ganaban, gustaban y goleaban. Y eso los hacía candidatos en el Mundial de 1994. Pero las expectativas chocaron contra Rumania, el primer rival que enfrentaron y que les ganó 3 a 1. Los rumanos serían, unos días después, los verdugos finales de la Argentina tras la sanción por doping que dejó afuera del plantel a Diego Armando Maradona.
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El segundo partido de esa Selección Colombia fue contra los anfitriones y “Los Cafeteros” empezaron perdiendo 1 a 0. El gol que puso en ventaja a Estados Unidos fue el gol en contra de Andrés Escobar. El gol que, para muchos, selló el destino del equipo que, contra todas las expectativas y los pronósticos, era candidato a llegar lejos en esa Copa del Mundo.
Andrés Escobar no era un nombre más en ese plantel. Según el propio Maturana, era el candidato natural a suceder a Valderrama como capitán del seleccionado. Nacido y criado deportivamente en Atlético Nacional de Medellín, había sido protagonista de la obtención de la primera Copa Libertadores no sólo de ese club sino de toda Colombia. Fue en 1989.
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Al mismo tiempo, Escobar, un zaguero central implacable, fue también central para que Colombia clasificara al Mundial de Italia 1990. Era la vuelta de “Los Cafeteros” a la Copa del Mundo después de 28 años sin disputarla.
Al momento de ese gol en contra fatídico faltaban cinco meses para que Escobar se casara con su novia, una odontóloga con la que compartía la vida desde hacía cinco años. Faltaban también apenas unos meses para que se concretara su pase desde su club de toda la vida, el Atlético Nacional, al AC Milan. Iba a reemplazar nada menos que a una estrella histórica del club y de la Selección italiana: Franco Baresi.
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Pero un sicario iba a terminar con todos los planes de vida y de carrera de Andrés Escobar apenas diez días después de ese partido que finalmente Colombia perdió 2 a 1 contra Estados Unidos. Ese resultado, sumado a la derrota ante Rumania, selló la eliminación del equipo conducido por Maturana, que no logró superar la fase de grupos.
El 2 de julio de 1994, diez días después de mirar al cielo y agarrarse la cabeza, Escobar subió a su auto en un estacionamiento en las afueras de Medellín. Dos hermanos, Pedro David Gallón Henao y Juan Santiago Gallón Henao, lo insultaron por aquel gol en contra. Escobar les exigió respeto y se desencadenó una discusión.
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Humberto Muñoz Castro era el chofer de los Gallón Henao y no dudó en bajar de la camioneta, desenfundar un arma y dispararle seis veces a Escobar. Algunos de los testigos que vieron el ataque intentaron ayudar al futbolista y lo llevaron al hospital lo más rápido posible, pero cuarenta y cinco minutos después de que lo balearan, Escobar estaba muerto.
Hubo unas 120.000 personas en el funeral del defensor central. Todo se tiñó de verde y blanco, los colores del Atlético Nacional de Medellín que Escobar había representado toda su vida. Los jugadores y el cuerpo técnico de la Selección Colombia tuvieron, ese día y los que siguieron, un refuerzo inusitado de custodia oficial. César Gaviria, que por entonces era el Presidente del país, fue uno de los asistentes.
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El ataque contra Escobar, a quemarropa, había lógicamente amedrentado a una Selección que ya había recibido amenazas, sobre todo el cuerpo técnico, para que jugara Hernán “Carepa” Gaviria, ligado a Pablo Escobar Gaviria, histórico líder del Cartel de Medellín, que había sido asesinado meses antes pero cuyo clan seguía en plena actividad.

Eran años en los que los cárteles cuya mayor actividad era el narcotráfico sumían a Colombia en un clima de hostilidad, violencia y paramilitarismo. Esos cárteles se enfrentaban entre ellos y con las fuerzas de seguridad estatales, y la violencia estaba a la orden del día.
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El sangriento asesinato de Escobar estuvo teñido de todo eso. En un principio, la investigación apuntó a un crimen instigado por algunos de los líderes centrales del narcotráfico que, por los malos (e inesperados) resultados mundialistas de Colombia, habían perdido millones de dólares en mercados ilegales de apuestas.
Por su gol en contra ante Estados Unidos, la “cara” de esa vuelta a casa tan temprana como inesperada era Andrés Escobar. Según esta hipótesis, tanto los hermanos Gallón Henao como el homicida, Humberto Muñoz Castro, cumplían órdenes de alguien mucho más pesado en el mundo del narcotráfico. Esta línea de investigación, que nunca desapareció como posible trasfondo del crimen, no logró probarse judicialmente.
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La otra hipótesis principal fue que el asesinato de Escobar no se trató de una decisión direccionada puntualmente contra el futbolista, sino que se trató de una reacción en medio de un clima de violencia total en el país. “Pancho” Maturana declararía en ese sentido: “Estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado”.
Eran años en los que las balaceras eran algo de todos los días, especialmente en zonas como Medellín, donde funcionaba uno de los cárteles más poderosos.

Humberto Muñoz Castro, el sicario que baleó a Escobar, fue condenado a 43 años de prisión. Más allá de que nunca se determinó el móvil del crimen, estaba claro que era él quien había disparado.
Los cambios en el Código Penal colombiano beneficiaron a Muñoz Castro y redujeron su pena a 23 años, y por buena conducta y el otorgamiento de libertad condicional, terminó cumpliendo 11 de los 43 años a los que había sido condenado.
Después de su asesinato, Andrés Escobar fue apodado “Inmortal #2″. Ese era el número que llevaba en su camiseta, tanto del Atlético Nacional de Medellín como de “Los cafeteros”.
El club en el que se había convertido en una estrella del fútbol de su país y una promesa del deporte internacional estableció hace algunos años la Orden de Mérito “Andrés Escobar Saldarriaga, el Caballero del Fútbol”. La entrega una vez al año a quienes contribuyan, dentro o fuera de la cancha, a que Atlético Nacional siga creciendo. Es una de todas las formas en las que Colombia aún recuerda a ese defensor implacable listo para ser capitán de su Selección.
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