
El 2 de julio de 1931, poco antes del amanecer, los pasos de un hombre resonaron por última vez en los pasillos de la prisión de Klingelputz, en Colonia, Alemania. Lo escoltaban en silencio un sacerdote y un psiquiatra. Caminaba erguido, como si llevara consigo un destino asumido. Su nombre era Peter Kürten, pero en los diarios y en las calles de Düsseldorf era considerado un monstruo, un mito, un espectro urbano bautizado como “El Vampiro de Düsseldorf”.
Durante casi dos décadas, la figura de Kürten se había deslizado sin ser descubierto. A su paso dejaba cuerpos desmembrados, niñas destripadas y un olor persistente a sangre. Su historia era la de un asesino que, lejos de ocultarse, disfrutaba del terror que provocaba. En una ocasión —diría luego un testigo— se quedó conversando con los policías frente al cadáver que él mismo había abandonado.
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El hombre que disfrutaba de matar
Esa mañana, la guillotina lo esperaba como símbolo de justicia. A diferencia de otros condenados, Kürten no temblaba. Pidió saber si, al caer su cabeza, aún sería capaz de oír el ruido de su propia sangre manando del cuello. “Ese sería el placer que acabaría con todos los placeres”, dijo.
Su cabeza, separada del cuerpo, fue trasladada a un laboratorio forense para buscar anomalías. No encontraron nada. Ningún tumor, ninguna malformación, ninguna pista en el tejido cerebral que explicara la maquinaria del horror. Hoy, su cráneo momificado —limpio, endurecido, vacío— se exhibe tras un vidrio en el museo Ripley’s Believe It or Not de Wisconsin. Una reliquia del espanto.
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Peter Kürten no nació en el vacío, pero sí en una casa donde el afecto había sido erradicado. Era el tercero de trece hijos en una familia obrera de Düsseldorf, una ciudad que entonces se industrializaba a alta velocidad. Su padre, desempleado crónico y alcohólico, gobernaba el hogar con el cinturón y el puño. La violencia física era cotidiana. La sexual, también.
Obligado a presenciar los encuentros sexuales de sus padres desde los primeros años, Kürten creció confundiendo el dolor con el deseo. Su educación emocional fue la crueldad. Su madre intentó protegerlo, pero ella misma era una víctima, sumida en la miseria y el terror. Cuando finalmente denunció al marido por incesto —tras descubrir que había abusado de una de sus hijas—, él fue encarcelado. Peter tenía entonces solo 16 años. Ya era demasiado tarde.
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Ese mismo año, robó dinero de la casa y se fugó. Comenzó así su vida errante por el subsuelo del sistema penal alemán. Condenas por robos menores lo llevaron a cárceles en Düsseldorf y más tarde a otras prisiones del oeste del país. Durante sus estancias tras las rejas, comenzó a imaginar escenas de tortura sexual como única vía de escape mental. “Los castigos que he sufrido han destruido todos mis sentimientos como ser humano”, declaró en su juicio.
El día que empezó a matar
Cuando salió libre en 1913, a los 30 años, los animales, que antes servían como válvula de escape, ya no bastaban. Empezó a buscar, sin saber aún dónde ni cuándo, un cuerpo humano sobre el cual ejercer ese poder absoluto que hasta entonces solo había imaginado.
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Ese mismo año, en la ciudad de Mülheim am Rhein Christine Klein dormía sin sobresaltos. Tenía 10 años. Su padre, dueño de un pequeño establecimiento comercial, había cerrado el negocio como cada día y regresado a casa.

Kürten había elegido esa casa al azar. Entró con intención de robar, en busca de dinero fácil o cualquier objeto de valor. Pero lo que encontró fue otra cosa. Al ver a la niña dormida, algo se activó. La escena se desfiguró en su mente y el crimen cambió de naturaleza. Más tarde declararía: “Una sed de sangre me invadió por primera vez”.
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Estranguló a Christine con sus manos. Luego la violó. Después, con una hoja afilada, le cortó la garganta. La sangre le provocaba una excitación que ya no podía reprimir.
El asesino que volvía a la escena del crimen
Pero no se alejó del todo. Al día siguiente, regresó a la zona y se sentó en una taberna cercana, donde los vecinos comentaban horrorizados el crimen. Escuchó en silencio, mientras observaba sus rostros. Días después, visitaría la tumba de la niña.
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Ese asesinato fue el inicio. Dos meses más tarde, entró a la casa de una joven de 17 años, la estranguló y eyaculó mientras ella agonizaba.
La escalada fue interrumpida temporalmente cuando fue reclutado por el ejército alemán en 1914 para la Primera Guerra Mundial. Poco después, desertó. Lo arrestaron. Y como tantas otras veces, regresó a prisión.
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En 1929, Düsseldorf se convirtió en un mapa de sangre. A lo largo de calles arboladas, terrenos baldíos y callejones oscuros, aparecían cuerpos con decenas de heridas punzantes. No había patrón evidente entre las víctimas: niñas, mujeres, hombres, incluso menores de edad de ambos sexos. Pero el método hablaba por sí solo. Tijeras afiladas, cuchillos, martillos.
Ese año, Peter Kürten asesinó a siete personas. A muchas otras las dejó al borde de la muerte. Algunas sobrevivieron porque, según los forenses, él había eyaculado antes de asestar el golpe final.
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El raid de sangre del Vampiro
A veces usaba las tijeras. En otras, para desorientar a la policía, recurría al martillo o al filo de un cuchillo de cocina. En todos los casos, el resultado era el mismo. La víctima convertida en objeto del placer homicida de un hombre que no mostraba emoción. A menudo, se decía, bebía la sangre directamente de las heridas abiertas. Por eso comenzaron a llamarlo el vampiro.
El efecto psicológico fue inmediato. Düsseldorf entró en pánico. Las familias evitaban salir de noche. Las madres no dejaban a sus hijas caminar solas ni al anochecer ni al amanecer. La prensa hablaba de una sombra sin rostro. La policía multiplicaba patrullajes, interrogatorios y falsas detenciones. Pero Kürten no se escondía. A veces regresaba a la escena del crimen, hablaba con los investigadores, opinaba. En una ocasión, pensó en clavar el cadáver de una mujer a un árbol, para escenificar su obra ante la ciudad. Finalmente la enterró, pero envió un mapa a la policía señalando la ubicación exacta.
El 7 de noviembre de 1929, mató a su víctima más joven, una niña de cinco años. La apuñaló más de treinta veces y dejó su cuerpo debajo de unos escombros. Nadie lo vio. Nadie lo detuvo. El monstruo caminaba entre ellos.

El final del Vampiro
El 14 de mayo de 1930, Maria Budlick aceptó acompañar a un hombre por los senderos del Hofgarten, un parque arbolado de Düsseldorf. Creyó que se trataba de un ciudadano amable que le ofrecía ayuda. Pero detrás de esa cortesía fingida se escondía el mismo rostro que ya había acabado con la vida de decenas. Era Peter Kürten, El Vampiro.
Dentro del bosque, la violó. Pero algo lo detuvo. No la mató. Según su confesión posterior, había alcanzado el clímax y ya no necesitaba nada más.
La joven no fue directamente a la policía. Tal vez por miedo, por vergüenza o por incredulidad. En cambio, escribió una carta a una amiga detallando el ataque. La carta, por error, llegó a la dirección equivocada. La mujer que la recibió, atónita, la leyó, comprendió su gravedad y la entregó a la policía.
Aquella casualidad —una dirección mal escrita— se convirtió en el giro crucial de toda la investigación. La policía buscó a Budlick, la interrogó y reconstruyó su recorrido aquel día. Todo apuntaba al hombre que los periódicos ya llamaban el Vampiro de Düsseldorf.
Peter Kürten lo intuyó. Sabía que las autoridades lo estaban cercando. También sabía que había una recompensa por su captura. Entonces tomó una decisión final y perversa: le confesó todo a su esposa, Auguste Scharf, y le indicó dónde y cuándo debía entregarlo.

La trampa funcionó. El 24 de mayo de 1930, mientras caminaba por una calle de la ciudad alemana, fue detenido por la policía. No opuso resistencia. Solo sonrió.
El juicio de Peter Kürten comenzó en abril de 1931 en Düsseldorf, en una sala abarrotada de periodistas, familiares de víctimas y curiosos. Lo que estaba en juego no era solo su culpabilidad —algo que él mismo había admitido en detalle—, sino la comprensión de lo que había ocurrido en su mente durante cada asesinato.
Confesó 79 delitos, entre ellos nueve asesinatos consumados y numerosos intentos. En su relato no había ni una fisura de remordimiento. Cada palabra era exacta. Cada descripción, brutal. Contó cómo bebía sangre directamente de las heridas, cómo alcanzaba el orgasmo mientras las víctimas se desangraban. Explicó que mataba no por odio ni por venganza directa, sino porque su “instinto asesino” aparecía sin previo aviso.
Viaje a la mente del asesino
El psiquiatra Karl Berg, encargado de realizar el estudio clínico del acusado, lo describió como un caso único de sadismo sexual extremo sin alteración mental reconocible. No padecía esquizofrenia ni psicosis. No tenía delirio. Comprendía perfectamente lo que hacía. Y lo hacía con gusto.
“La tortura era su objetivo, no un medio. La sangre, su recompensa. El asesinato, el clímax de una ceremonia privada”, escribiría Berg en su informe, más tarde publicado bajo el título El sádico.

Después de semanas de testigos, informes forenses, reconstrucciones y peritajes, el jurado solo necesitó 90 minutos para deliberar. El veredicto fue unánime: culpable. La sentencia: nueve penas de muerte. El método: guillotina.
La mañana del 2 de julio de 1931, Peter Kürten descendió los pasillos finales de la prisión de Klingelputz, en Colonia. Eran poco más de las seis cuando el condenado, flanqueado por un sacerdote y un psiquiatra, cruzó el portón del patio de ejecuciones. Caminaba sin temblar. La guillotina estaba preparada.
Momentos antes de colocar la cabeza en la madera, formuló una última pregunta al médico presente. Una frase que heló a todos los testigos:
—Dígame... después de que me corten la cabeza, ¿podré oír, al menos por un instante, el sonido de mi propia sangre brotando del muñón del cuello?
La hoja cayó. El cuerpo se desplomó. Terminaba así, con precisión mecánica, la vida de uno de los asesinos más sádicos del siglo XX.
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