Algunos artistas trascienden generaciones y se convierten en leyenda. Lo mismo ocurre con ciertas canciones que definen una era. Más de dos décadas después de su lanzamiento, la voz y la música de Freddie Mercury siguen vigentes. Y “The Show Must Go On”, su último gran himno, marcó un hito en la historia del rock por su intensidad emocional, su letra y el contexto en que fue grabada.
Durante la grabación del disco Innuendo, Freddie Mercury se encontraba en un estado muy avanzado de su enfermedad. El cantante había contraído sida, lo que lo llevó a un notable deterioro físico. Las giras y conciertos se redujeron drásticamente. Según detallaron sus compañeros en más de una ocasión, llegaron a dudar de la capacidad vocal de su colega.
“Cuando vino al estudio a grabar la canción no estaba en buen estado físico, le costaba caminar, incluso sentarse, le dolía todo”, expresó Brian May, guitarrista de Queen. En detalle, el músico reveló que Mercury sacó fuerzas de donde ya no le quedaban. “La cantaré, voy a darlo todo”, habría expresado el cantante, según explicó el medio RTVE.
“Espacios vacíos ¿Para qué vivimos?”, dice una de las frases de la canción escrita por May para Freddie Mercury. Por aquel entonces, el guitarrista no tenía en vista el inevitable final que se aproximaba en la vida del vocalista de Queen.
Debido a su malestar, el grupo había decidido que los falsetes, las notas muy altas y agudas de los coros, serían grabados por Roger Taylor. Esto se debía a que la mayoría de los temas grabados hasta ese momento fueron pausados en más de una oportunidad. Incluso, Mercury debió cantarlas sentado, ya que no soportaba el dolor.

Pero al momento de grabar la última canción del álbum, “The Show Must Go On”, y con la predisposición de Taylor para grabar aquellas notas en las cuales Mercury no llegaba, el vocalista bebió un trago de vodka y dijo: “I’ll fucking do it, darling” (Lo haré, cariño).
Seis semanas antes de su muerte, Freddie optó por grabar esta última canción la cual no tiene cortes, siendo así registrada en una sola toma.
Esa grabación quedó como un testimonio único. No hubo segundas oportunidades ni arreglos posteriores. Fue su voz, rota y desafiante, la que quedó grabada en la cinta, como una despedida velada. La canción se convirtió en un símbolo de resistencia: no solo del cuerpo que se apaga, sino del artista que decide continuar, aun sabiendo que se acerca el final.
“The Show Must Go On” no fue pensada como una despedida explícita. Sin embargo, cada palabra, cada nota, cada silencio parece cargado de ese sentido. La interpretación de Mercury, empapada de fuerza y vulnerabilidad, le dio a la canción un tono profético. Aunque nunca pudo cantarla en vivo, su versión en estudio alcanzó un nivel casi mítico.
Desde entonces, se convirtió en uno de los himnos más potentes de Queen. Interpretada por otros artistas en homenajes y tributos, la canción sigue siendo una de las más intensas del repertorio de la banda. Pero ninguna versión logra reproducir el momento exacto en que, con el cuerpo agotado y la voz como único recurso, Freddie Mercury pidió que el show continúe.
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