
En plena represión cultural de la Unión Soviética, un grupo de aficionados a la música encontró una forma insólita de desafiar el silencio impuesto: grabar canciones prohibidas sobre radiografías médicas desechadas.
Así nació la “bone music”, una manifestación clandestina de resistencia cultural que permitió a miles de soviéticos escuchar a artistas como Elvis Presley y Ella Fitzgerald, cuyas voces, impresas sobre imágenes de huesos y órganos, se convirtieron en símbolos de libertad y desafío.
Según explicó Richard Gunderman, Catedrático de Medicina, Artes Liberales y Filantropía, Universidad de Indiana a The Conversation, esta práctica no solo burló la vigilancia estatal, sino que también dejó una huella en la historia de la música y la disidencia.
El surgimiento de la “bone music” no puede entenderse sin la revolución tecnológica que implicó la grabación eléctrica. Antes de la invención de este sistema por Western Electric hace un siglo, las grabaciones eran mecánicas, lo que limitaba la calidad del sonido.
La incorporación de micrófonos eléctricos, amplificadores y grabadoras electromecánicas permitió captar una gama mucho más amplia de frecuencias, acercando la experiencia auditiva al sonido de un concierto en vivo.
Este avance propició la popularización de los discos de vinilo, pero también, de forma inesperada, abrió la puerta a métodos alternativos de grabación. En la Unión Soviética de los años 40, algunos entusiastas notaron que las radiografías médicas, fabricadas en película fotográfica, eran lo suficientemente flexibles como para ser grabadas con un torno electromecánico.

Así, la tecnología que revolucionó la medicina se convirtió en un vehículo para introducir sonidos prohibidos en los hogares soviéticos. Incluso se grabaron canciones sobre imágenes de cráneos, columnas vertebrales o manos.
La censura soviética y la disidencia cultural
Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen soviético intensificó el control cultural, considerando la influencia occidental una amenaza a los valores comunistas.
En ese contexto, surgió el samizdat, un sistema clandestino de autoedición que permitía distribuir libros y poemas prohibidos. Las consecuencias eran graves: desde la pérdida de empleo hasta el encarcelamiento o la ejecución.
En el ámbito musical, apareció una versión fonográfica del samizdat: el “roentgenizdat”, en honor a Wilhelm Roentgen, descubridor de los rayos X. El término hacía referencia al uso de radiografías como soporte para grabar música vetada.
Las radiografías se almacenaban en hospitales y, una vez desechadas, eran recicladas para recuperar la plata. Este proceso permitió que los productores clandestinos accedieran al material necesario para sus grabaciones.
La creación de un disco de “bone music” era artesanal y arriesgada. Se trazaba un círculo sobre la radiografía, se recortaba con tijeras y se perforaba un agujero central para adaptarlo al eje del tocadiscos. Con un torno de grabación, se inscribía el sonido de una actuación en vivo o, más comúnmente, de un disco occidental pirateado.

El resultado era un disco rudimentario, con calidad sonora inferior a la de los vinilos y una durabilidad limitada: tras algunas reproducciones, las ranuras se deterioraban. Aun así, las grabaciones circulaban fuera de los canales oficiales hasta bien entrada la década de 1970.
El acceso a los equipos era restringido, y quienes lograban conseguir un torno y radiografías —frecuentemente compradas a bajo precio a empleados hospitalarios— podían grabar y distribuir música prohibida, desafiando la censura.
Distribución clandestina y represión
La circulación de la “bone music” escapaba completamente al control estatal. Los discos se compartían entre amigos, se vendían en el mercado negro o se intercambiaban por otros bienes.
Entre los artistas más populares grabados en radiografías estaban Ella Fitzgerald y Elvis Presley, cuyas canciones representaban para muchos la posibilidad de expresarse libremente.
La represión fue inevitable. Las autoridades soviéticas consideraban subversivos a los productores de “bone music”. Un crítico citado por The Conversation señalaba: “Es cierto que, de vez en cuando, los atrapan, les confiscan el equipo e incluso pueden ser llevados a juicio. Pero luego pueden ser liberados y quedar libres para ir adonde quieran. Los jueces deciden que, por supuesto, son parásitos, pero no peligrosos. ¡Están recibiendo condenas suspendidas! Pero estos productores musicales no solo se dedican a operaciones ilegales. Corrompen a los jóvenes de manera diligente y metódica con una cacofonía chillona y difunden obscenidades explícitas”.

Aunque el riesgo de ser descubierto era real, las penas solían ser menores que las aplicadas a quienes distribuían literatura prohibida. La música en radiografías se convirtió así en una forma de desafío cultural.
Más allá de su valor como objeto clandestino, la “bone music” tuvo un impacto emocional duradero en quienes la escucharon. Para muchos jóvenes soviéticos, acceder a canciones occidentales era una experiencia transformadora. Estas grabaciones insinuaban la posibilidad de una vida distinta, más allá del control estatal.
El historiador cultural Stephen Coates, en su libro Bone Music, recoge el testimonio de un oyente soviético que recuerda así su primer contacto con estos discos: “Me levanté del suelo, empecé a volar. El rock’n’roll me mostró un mundo nuevo... me convertí en un hombre feliz. Me sentí como si hubiera vuelto a nacer”.
Las autoridades soviéticas percibían este fenómeno como una amenaza directa. El acceso a música prohibida ayudó a erosionar la legitimidad del régimen, al poner en duda su derecho a restringir el acceso a la belleza y la creatividad.
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