
En noviembre de 1940, las fuerzas de ocupación nazis cerraron los muros del gueto de Varsovia, confinando a más de 450.000 judíos en menos de 4 kilómetros cuadrados. Era la antesala del exterminio: hambre, enfermedades y deportaciones sistemáticas. Dentro de ese infierno urbano, surgió una de las formas más inesperadas de resistencia: la ciencia. A pesar de la prohibición nazi, un grupo de médicos judíos decidió documentar meticulosamente el impacto fisiológico del hambre impuesto como herramienta de genocidio.
Israel Milejkowski era uno de los médicos más respetados de la comunidad judía en Varsovia antes de la guerra. Especialista en dermatología y venereología, dirigía uno de los hospitales más importantes del gueto y presidía el departamento de salud del Consejo Judío. Milejkowski asumió una responsabilidad mayor: preservar la dignidad científica, ética y humana de sus colegas en medio del colapso. Su objetivo era doble: salvar vidas a futuro y dejar testimonio.
Fue él quien ideó el proyecto de investigación sobre la llamada “enfermedad del hambre”. Sabía que los nazis usaban el hambre como instrumento de exterminio, y que la medicina podría servir como contraataque: registrar el crimen, entenderlo clínicamente y dejar constancia de su brutalidad para la historia.

La investigación médica
La exploración sobre el hambre en el gueto de Varsovia comenzó en febrero de 1942, en el pico de la desnutrición masiva, detalló Times of Israel. Su laboratorio eran los hospitales del gueto, y sus sujetos eran pacientes que sufrían únicamente de inanición, sin enfermedades preexistentes.
Los médicos organizaron un estudio sistemático: seleccionaron a cien pacientes divididos por edad (niños de 6 a 12 años y adultos de 20 a 40), y comenzaron a medir variables como el metabolismo, la morfología de la sangre, el rendimiento cardiovascular, entre otras. Documentaron todo con precisión clínica. No había acceso a tecnología avanzada, pero sí una metodología rigurosa y una determinación absoluta.
Cuando en julio de 1942 comenzaron las deportaciones masivas al campo de Treblinka, la mayoría de los hospitales fueron destruidos. Aun así, los médicos sobrevivientes siguieron reuniéndose en secreto en los edificios del cementerio judío. Ahí, en medio de la muerte y el miedo, transformaron sus notas en artículos científicos. Sabían que no sobrevivirían, pero querían que su conocimiento sí lo hiciera.

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La obra “La enfermedad del hambre” es hoy considerada uno de los estudios más exhaustivos jamás realizados sobre los efectos clínicos de la inanición. Basado en la observación directa de pacientes desnutridos en el gueto de Varsovia, el trabajo documentó cómo el cuerpo humano responde cuando es llevado al límite absoluto por la falta prolongada de alimentos.
Descubrimientos médicos y el impacto del hambre en el cuerpo humano

Merry Fitzpatrick, Profesora de Investigación de Ciencia y Política de la Nutrición, Universidad Tufts, e Irwin Rosenberg Profesor Emérito de Nutrición y Medicina de la misma institución explicaron en The Conversation que los 23 médicos judíos descubrieron que el cuerpo, al quedarse sin reservas externas, comenzaba a devorarse a sí mismo. Pero también que resistía. Que las necesidades vitamínicas se modificaban. Que las carencias de minerales —como el fósforo o el calcio— eran más letales que la falta de vitaminas. El escorbuto no era común. Tampoco la ceguera nocturna. Pero los huesos, al no poder sostenerse, se reblandecían. Aparecía la osteomalacia. Los cuerpos se curvaban, los niños dejaban de crecer.
Notaron también que el sistema inmune era el primero en apagarse. La tuberculosis se volvía invisible en los análisis, no porque hubiese desaparecido, sino porque el cuerpo ya no tenía energía para producir anticuerpos. Los niños dejaban de reaccionar. En los pulmones dormía la enfermedad, intacta, como una amenaza sin testigo.
Había momentos de lucidez clínica. Una vez, tras administrar azúcar a un niño en estado crítico, observaron que el cuerpo respondía con una violencia urgente: “las células absorbían la glucosa como si llevaran días vigilando la puerta”. Eso les hizo comprender algo simple, pero definitivo: no eran las proteínas, ni las vitaminas, ni los minerales. Era la energía. La vida se sostenía con ella, y su ausencia explicaba la muerte.Esas observaciones, años después, habrían podido salvar a miles, apuntan los expertos en el artículo. Porque al finalizar la guerra, cuando los campos fueron liberados, muchos murieron por la prisa de alimentarlos. El corazón, debilitado, no soportó la súbita llegada del alimento. Murieron no por hambre, sino por compasión apresurada.
Un legado científico y ético
En su prólogo manuscrito, redactado en 1942, mientras la muerte se adueñ

aba del gueto, Milejkowski dejó una frase que aún conmueve a generaciones: “Tomo la pluma en mi mano y la muerte me mira dentro del cuarto.” Él, como la mayoría de los 23 autores del estudio, no sobrevivió. Se cree que fue asesinado en el campo de exterminio de Treblinka en 1943.
Tras el fin de la guerra, el manuscrito —escondido en el cementerio del hospital judío de Varsovia— fue recuperado por Emil Apfelbaum, uno de los pocos autores sobrevivientes. Con el apoyo del American Joint Distribution Committee, se publicaron seis artículos en francés, junto con imágenes tomadas en el gueto. En 1948 y 1949, se distribuyeron mil copias en universidades, hospitales y bibliotecas de Estados Unidos.
El libro influyó silenciosamente en la medicina de posguerra, particularmente en el tratamiento de la desnutrición severa y en la formulación de principios éticos en torno a la investigación en crisis humanitarias. Además, sus datos se consideran una base científica que respaldó la inclusión del hambre como crimen de guerra en las Convenciones de Ginebra de 1949.
Con el paso del tiempo, el texto cayó en el olvido. Pero su mensaje —la ciencia como testimonio y memoria— sigue vigente, especialmente en un mundo donde el hambre aún se utiliza como arma.
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