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La vida de Nelson Mandela en prisión: cómo sobrevivió durante 10.000 días de privaciones en una celda de 2 x 2

Hace 60 años un tribunal condenó al dirigente sudafricano a prisión perpetua. Al día siguiente ingresó al penal de Robben Island. Las quejas a las autoridades, las cartas a su familia y los trabajos forzados. Crónica de 27 años de reclusión de un héroe cívico que logró unir a su nación

Nelson Mandela isla de robben
Nelson Mandela en su celda de la prisión de Robben Island cuando ya era presidente de su país (Photo by Louise Gubb/Corbis via Getty Images)
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Hacía frío. Y en medio de la isla desolada y por los pasillos huecos de la prisión de máxima seguridad de Robben Island el frío era más profundo, más devastador. Unos gritos feroces retumbaban contra el techo. Eran los guardias blancos, de físico imponente, escasa cultura y un desarrollado sadismo que daban la bienvenida a los nuevos y célebres prisioneros. Dis die Eiland! Hier gaan julle vrek! Gritaban en su idioma, el afrikáans. Era como un mantra, tenebroso y amenazante, vociferado por esos hombres que se mantenían al acecho, que desde el principio querían mostrarse como invulnerables, impermeables.

Esos gritos, que acompañaron a Nelson Mandela hasta que ingresó a su celda, significaban: ¡Esta es la isla! ¡Y acá van a morir!

Un día antes, el 12 de junio de 1964, sesenta años atrás, Nelson Mandela y otros seis de sus compañeros del Congreso Nacional Africano, el partido que propulsaba la eliminación del apartheid y de toda barrera racial, habían sido condenados a cadena perpetua. Se los acusaba de traición, sabotaje y sublevación contra las autoridades.

El fallo fue recibido con alivio por algunos de los sentenciados: el fiscal había pedido la pena de muerte, que fueran ejecutados en la horca.

Unos días antes de la sentencia, Nelson Mandela, abogado de su propia causa, realizó un alegato de casi tres horas. Es una de las grandes piezas oratorias del Siglo XX, se lo recuerda, especialmente, por sus palabras finales: “He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es una ideal por la que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es una idea por la que estoy dispuesto a morir”.

Ya había conocido la cárcel. Varias veces fue detenido desde su juventud por su participación política, por oponerse a la injusticia. Mientras estudiaba derecho, fue el único alumno negro de su camada en la universidad. Sudáfrica era la tierra de la segregación, de los abusos y de las inequidades. La población negra era sojuzgada y postergada. No se les reconocían derechos civiles, no gozaban de derechos políticos (no votaban) y las necesidades básicas de la mayoría estaban insatisfechas.

Nelson Mandela dedicó su vida a luchar contra eso. Su accionar siempre estuvo dirigido a moldear una sociedad en la que se viviera mejor. Un espécimen político raro. No se dejaba seducir por el corto plazo. Sus objetivos eran enormes, bordeando lo inalcanzable, pero nunca desfalleció, aún cuando todas las perspectivas razonables indicaban que su empresa fracasaría.

No era la primera vez que Mandela estaba detenido en esa cárcel infernal, alejada de todo, separada por el agua del continente, como Alcatraz. Una prisión de máxima seguridad e ínfimas condiciones de vida. Lo habían enviado allí el año anterior por salir del país sin permiso y por incitar a la huelga a un grupo de trabajadores. Pero esta vez era diferente. Llegaba para quedarse mucho tiempo, quizá por el resto de su vida.

El pasillo de celdas en el que estuvo Nelson Mandela. La de Robben Island era una prisión de máxima seguridad conocida como La Isla
El pasillo de celdas en el que estuvo Nelson Mandela. La de Robben Island era una prisión de máxima seguridad conocida como La Isla

Un hombre de casi cincuenta años convertido en un número, 46664. El número que los carceleros pretendieron que fuera su identidad durante los años en los que estuvo detenido. Pero no fue lo que ocurrió. Sin comodidades, sin libertad, sin poder comunicarse con el exterior, el nombre de Nelson Mandela fue creciendo y propalándose por todo el mundo. Se convirtió en sinónimo de lucha, igualdad y libertad.

Lo calificaron como un preso de la Categoría D, la inferior dentro ese especie de sistema de castas carcelario. Significaba que Mandela y sus compañeros padecían las condiciones de detención más rigurosas posibles.

La celda de Mandela era un cuadrado desangelado de 2x2. Un colchón de paja en el suelo, un balde y una mesita mínima, nada más. Les proporcionaron ropa ajada. Los pantalones eran cortos: a los reclusos de color no les daban pantalones largos. Pasaban 23 horas al día sin ver a nadie y durante varias semanas el aislamiento era total.

Debían realizar trabajos forzados. Los primeros meses picaron piedras; luego fueron trasladados a una cantera de cal en la que trabajaban todo el día. Mandela reclamó anteojos protectores pero no se los dieron. El reflejo de los rayos del sol contra las piedras dañaron su vista.

A Mandela se le permitía enviar una carta cada seis meses. También recibía una por semestre. Ambas, las que escribía y las que les mandaban, eran fuertemente censuradas. No se permitían manifestaciones políticas, ni comentarios sobre hechos de actualidad. A veces a las manos de sus hijas solo llegaba un retazo mínimo de papel con varias frases tachadas; en otras ocasiones, ni siquiera eso: eran destruidas por las autoridades carcelarias antes de ser enviadas.

Sin embargo, ninguna de esas circunstancias hizo cambiar a Nelson Mandela. No alimentó odio ni deseo de venganza. Tampoco utilizó su reclusión de 27 años para justificar errores propios. Cuesta comprender cómo hizo, en condiciones tan extremas, para mantener la cordura, para impedir que la locura se apoderara de él.

En las cartas que escribió desde Robben Island (250 de ellas fueron recopiladas en un libro que apareció algunos años atrás) sorprende descubrir que Mandela nunca perdió el foco ni la esperanza: “Recordá que la esperanza es una herramienta muy poderosa, aun cuando lo demás lo hayamos perdido”, le aconsejó de puño y letra a su hija. En otra carta escribió: “Ningún muro de prisión, perros guardianes o incluso el mar frío que es como un foso mortal que rodea Robben Island, podrán jamás frustrar los deseos de toda la humanidad”

También mandaba cartas a las autoridades quejándose por las privaciones y las condiciones inhumanas que padecían. No le importaba no ser escuchado, él seguía alzando su voz: “A veces deseo que la ciencia inventara milagros y que pudiera recibir las tarjetas de cumpleaños de mi hija que se perdieron, las cartas que no llegaron, y que tuviera el placer de saber que su papá la ama y piensa en ella. Las cartas y las fotos que me mandó desaparecieron sin dejar rastro”.

 El patio del penal. Mandela y sus compañeros recién pudieron pasear por allí más de seis años después de su ingreso
El patio del penal. Mandela y sus compañeros recién pudieron pasear por allí más de seis años después de su ingreso

Estando detenido recibió la peor noticia: su hijo Thembi había muerto en un accidente automovilístico. El juez no le dio permiso para acudir al entierro y poder despedirlo. Lo había visto por última vez cinco años antes, la semana previa a ser juzgado y detenido.

Winnie, su esposa, también fue encarcelada y sus hijas quedaron solas un buen tiempo.

A ella, a Winnie, le dedicó varias misivas: “Cuando pienso en los desastres que nos invadieron los últimos 21 meses, me pregunto con frecuencia que nos da fuerza y coraje para sobrellevar todo esto y seguir adelante. Si las calamidades tuvieran el peso de las cosas físicas ya estaríamos aplastados. Sin embargo todo mi cuerpo palpita de vida y está repleto de expectativas. Cada día trae nuevas experiencias y nuevos sueños. Todavía soy capaz de caminar perfectamente derecho y firme. Y sé que a vos nada te hace perder tu gracia y que sos lo que fuiste siempre: una chica que se ríe con el corazón y que contagia a los otros con su entusiasmo”

La relación con los guardias fluctuó. Eran hombres duros, sin estudios, racistas rampantes que maltrataban a los detenidos con el visto bueno de las autoridades penitenciarias. Las miradas de desprecio fueron mutando al descubrir que esos que ellos consideraban seres inferiores eran mucho más cultos que ellos, más preparados y que hicieran lo que hicieran no podían doblegarlos. Eran hombres de aspecto frágil pero muy valientes. La relación pacífica con ellos fue también una estrategia de supervivencia: Mandela decidió no confrontar con los guardias, alejar el odio de sus miradas, para no perder el foco en batallas cotidianas, nimias y estériles.

Ante grandes conflictos internos, las autoridades del penal terminaron pidiendo consejo a Mandela. Con el correr de los años, Mandela logró que las condiciones de vida en la cárcel mejoraran para él y sus compañeros. Los subieron de categoría, pudieron acceder a pantalones largos, a libros y las comidas eran algo más nutritivas.

Durante esos años, Mandela hablaba con compartían encarcelamiento. Les pedía que se mantuvieran unidos, que estudiaran y se prepararan para cuando les tocara salir. Nunca se desesperó. Y les decía: “El verdadero desafío para todo los presos, en especial para los políticos, es sobrevivir a la prisión intactos, es conservar y, aún más, fortalecer nuestras creencias, nuestras convicciones”. Les pedía que no se fijaran en la poca comida, ni el frío, ni en la distancia con sus afectos. Les decía que no se dejaran vencer, que siguieran siendo ellos mismos.

De esa cárcel, de ese confinamiento, de esos años de sufrimiento, pero también de preparación y estudio, de esa cofradía sufrida, salieron tres presidentes sudafricanos: Mandela, Kgalema Motlanthe y Jacob Zuma.

Apenas se lo permitieron, muchos años después de su ingreso a Robben Island, los detenidos del Congreso Nacional Africano se pusieron a estudiar. Mandela escribió: “El error más grande de las autoridades fue mantenernos juntos, pudimos reafirmar nuestra determinación. Nos alentamos y sostuvimos entre nosotros, siempre alguien le daba fuerzas al que las perdía”.

En sus memorias, Mandela escribió que para sobrevivir en prisión es necesario descubrir actividades que den satisfacciones en la vida cotidiana, valorar cosas que antes pasaban desapercibidas: “Uno puede concentrarse en lavar la ropa y conseguir que quede más blanca que nunca, o en barrer el pasillo y no dejar ni un poco de polvo, o en ordenar la celda para tener más espacio. El mismo orgullo que se puede tener fuera por tareas más relevantes, uno lo puede encontrar en las cosas pequeñas en la prisión”.

Esas memorias las empezó a escribir en 1975, cuando tenía 57 años, a instancias de sus compañeros. Entre todos montaron un sistema para sacar las hojas clandestinamente de Robben Island. Pero en 1976 fueron descubiertos. El castigo fue terrible. Todos los integrantes del grupo se quedaron sin estudiar durante cuatro años. El levantamiento del castigo llegó recién a fines de 1980. Para peor, el editor no se animó a publicar el libro que recién vio la luz más de una década después, cuando Mandela ya gobernaba Sudáfrica.

Fueron más de 10.000 días de prisión. En Robben Island estuvo hasta marzo de 1982.

Nelson Mandela y el expresidente estadounidense Bill Clinton visitan en 1998 la celda que ocupó el sudafricano durante 27 años
 (AP Foto/Scott Applewhite, Pool, File)
Nelson Mandela y el expresidente estadounidense Bill Clinton visitan en 1998 la celda que ocupó el sudafricano durante 27 años (AP Foto/Scott Applewhite, Pool, File)

Luego fue traslado a la prisión de Polismoor en las afueras de Ciudad del Cabo y luego a la de Vester. Allí pasó los últimos nueve años de reclusión. Sus compañeros de presidio, quienes compartían su causa, fueron liberados y sólo él fue mantenido entre rejas. Pero las dificultades del régimen, la presión internacional para que cayera el Apartheid, la creciente fama mundial de Mandela y su paciencia sobrenatural hicieron que su libertad fuera una necesidad.

Desde dos años antes importantes emisarios del régimen se reunieron con el célebre preso. Hasta el presidente Pieter Willem Botha aceptó tomar el té con él. Era el referente, era con quien se podía conversar, el interlocutor válido. Los blancos estaban preocupados. Temían una revuelta, sus privilegios corrían peligro pero, al mismo tiempo, sabían que su tiempo se había agotado.

Fue liberado en febrero de 1990. Una multitud lo esperaba fuera de la cárcel.

Su primer discurso en libertad fue firme pero componedor. Deseaba unir a la nación y no cobrarse viejas deudas. No había rencor ni sed de venganza en su mirada, tampoco en sus palabras y muchos menos en sus acciones. Era como si ese hombre que hablaba a la multitud, jovial, inteligente, firme en sus convicciones, no hubiera sufrido todo lo que sufrió, como si ese hombre no hubiera estado preso en condiciones inhumanas durante 27 años.

Cuando le preguntaron cómo su larga estadía en la cárcel, y en especial en La Isla (así conocían los sudafricanos a Robben Island) lo había afectado, Mandela respondió: “Salí de ahí más maduro. Aprendí muchas cosas que no sabía”. Afirmó también que hasta llegó a sentirse cómodo allí, una vez que asumió las carencias que tendría.

Mandela creía que la prisión le había enseñado a ser paciente y perseverante y que, en especial, había sido una prueba (superada) para el compromiso.

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