Los sauces, de griegos a romanos y la controversia del inventor: la historia de la aspirina

Hace 125 fue patentada la fórmula de la pastilla que hoy día se vende por millones y se recomienda para varias dolencias. Su antiguo origen y el problema de su sabor

Friedrich Bayer
Friedrich Bayer. A su nombre patentaron la aspirina hace 125 años (The Grosby Group)
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Quien piense que los sauces sólo lloran, y que se inclinan melancólicos a la vera de un río o en cualquier parque, se equivoca. Son los padres de una medicina común, bienhechora y que se vende cada día por millones: la aspirina. Parece mentira. Sin embargo, no falta en ninguna casa; te tomás una por día y, parece, se solucionan tus dramas de salud relacionados con el dolor, la fiebre, los resfríos; favorece la circulación de la sangre; puede disminuir el riesgo de padecer ciertos tipos de cáncer, en especial el colorrectal. ¿Qué más? Se usa para tratar inflamaciones específicas, como la enfermedad de Kawasaki, un raro mal infantil que inflama las paredes de los vasos sanguíneos, o para tratar la pericarditis, o la fiebre reumática. La recomiendan para pacientes que han sufrido un ataque al corazón, que Dios libre, porque disminuye el riesgo de muerte, previene nuevos ataques cardíacos o cerebrovasculares y coágulos en personas de alto riesgo. Lo escuchamos mil veces: una aspirina por día y la vida canta de otra manera.

Parece magia, pero es un invento. Y la patentaron hace ciento veinticinco años, el 6 de marzo de 1899, a nombre de Friedrich Bayer, el nombre lo dice todo, en la entonces Oficina Imperial de Patentes de Berlín. El nombre le quedó como derivado, pero muy derivado, del ácido acetilsalicílico, impronunciable por otro lado, que nació de una sustancia química. ¿De dónde venía la sustancia química? De la corteza de los sauces.

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Las aspirinas se venden por millones (Imagen ilustrativa Infobae)

Antes que Bayer diera en la tecla, los griegos ya usaban lo que todavía no se conocía como salicina, que extraían de la corteza del sauce blanco (Salix alba). Antes que los griegos, ya los egipcios usaban la corteza del sauce para fines medicinales. Y hasta hay algún rastro que llega a los sumerios y a los chinos, en el 1000 antes de Cristo, que la usaban como analgésico. Pero fue el padre de la medicina, Hipócrates, que vivió entre el 460 y el 370 A.C., el que hacía un brebaje con las hojas de Salix alba que aliviaba fiebre y dolores. De Grecia pasó a Roma y su uso se extendió por el imperio de la mano de Plinio El Viejo, del médico y farmacéutico griego Dioscórides y de otro médico griego famoso y preclaro: Galeno.

Raffaele-Piria
Raffaele Piria

Un dato curioso enraizado en la pelea entre progreso y ecología, que suelen llevarse a las patadas: en la Edad Media, cuando con las hojas y la corteza del sauce se hacían tés y jarabes que aliviaban dolores y angustias, aquel brebaje mágico pasó al olvido porque una ley prohibió el descortezamiento y el corte de hojas, que eran usados, ambos, en cestería. Gente bruta también hubo siempre y en todas partes.

Llegar a la aspirina no fue fácil. La verdad es que la corteza y las hojas del sauce tenían un gusto espantoso y eran muy difíciles de digerir por lo que a menudo te solucionaban un pequeño drama pero desataban otro. En 1763 el británico Edward Stone presentó en la Royal Society un trabajo que afirmaba haber tenido éxito en el tratamiento del dolor en cincuenta pacientes. Se trataba de la salicina, que todavía no tenía nombre, administrada en forma de té o de cerveza. Los ingleses solucionan muchas cosas con té o con cerveza. O con té y con cerveza. Recién en 1828 el alemán Johann Buchner aisló el principio activo de la corteza del sauce y lo bautizó “salicilina”, precursor del ácido acetilsalicílico. Al año siguiente, el francés Henri Leroux consiguió treinta gramos de salicina con un kilo y medio de corteza de sauce Salix alba. Y en 1838, el químico italiano Raffaele Piria, en La Sorbona, separó de la salicilina un componente aromático al que llamó salicilaldehído, lo transformó en cristales incoloros y lo bautizó ácido salicílico.

Charles-Gerhardt
El francés Charles Gerhardt

Igual tenía un gusto de porquería. Recién en 1853 el químico francés Charles Gerhardt cortó por lo sano y se propuso mejorar el sabor de aquel menjunje y, de paso, contrarrestar los efectos secundarios del ácido salicílico de Piria que irritaban bastante las paredes del estómago. Lo consiguió al combinar el salicilato de sodio con cloruro de acetilo, no lo hagan en casa, y en 1859 el alemán Hermann Kolbe convirtió todo aquello en sal.

Recién en los arrabales del siglo XX, en 1897, un farmacéutico alemán, Félix Hoffmann, investigador de los laboratorios Bayer, que buscaba un alivio para los dolores que provocaba en su padre un reumatismo crónico, logró estabilizar la droga, hacerla más agradable, dentro de lo que cabe, y menos dañina para el estómago. Los laboratorios la llamaron Aspirina: A por el acetilo, SPIR por Spirsäure, el ácido spírico o salicílico, e INA porque era la terminación que le daban a todos los medicamentos de la época.

Félix-Hoffmann
El alemán Félix Hoffmann

Y eso fue todo. De allí la aspirina pasó a ser uno de los remedios más usados en el mundo, con un consumo de entre cincuenta mil y ciento veinte mil millones de pastillas anuales, según los dolores de cabeza que depare el mundo. Figura en la lista de medicamentos esenciales de la Organización Mundial de la Salud, que clasifica todo lo que un sistema de salud debe incluir.

Bueno, eso no fue todo en realidad. Una controversia que lleva más de un siglo tiene que determinar si el inventor de la aspirina fue Hoffman o si fue Arthur Eichengrün, que era su jefe, o algo así. En cuanto a la patente, afecta al producto químico y no al nombre de ese producto, regulado por otras normas. Hay una aspirina patentada en Gran Bretaña el 22 de diciembre de 1898 que fue revocada más tarde.

No vale la pena meterse en ese lío. Es un dolor de cabeza.

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