Esta historia transcurrió en un mundo analógico, prehistórico, y hoy sería imposible. O no. Al revés. Tal vez ahora, en tiempos hipertecnológicos, cambiaron las herramientas pero no la credulidad, y apenas necesitaríamos imágenes creadas con inteligencia artificial para generar pánico. En aquel entonces bastaba con un buen narrador, un par de voces en la noche, y el resto lo hacía la imaginación. Lo hizo, el 30 de octubre de 1938, en un programa radial estadounidense que había comenzado a las ocho de la noche con el pronóstico meteorológico y seguido con un concierto en vivo desde un hotel cinco estrellas de Nueva York. De pronto, un corte abrupto le dio paso a un boletín informativo urgente: “Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa para comunicarles una noticia de última hora procedente de la Agencia Intercontinental Radio. El profesor Farrel del Observatorio de Mount Jennings de Chicago reporta que se ha observado en el planeta Marte algunas explosiones que se dirigen a la Tierra con enorme rapidez. Continuaremos informando”.
La transmisión siguió con la música en vivo desde el Hotel Meridian Plaza: sonó la canción “Stardust”, interpretada por Ramón Raquello y su orquesta. Pero los oyentes, pegados a sus aparatos de radio, se preguntaban si habían entendido mal o si estaban soñando. ¿Qué era eso de Marte? Un rato después, la transmisión volvió a interrumpirse y la misma voz les confirmó que no se trataba de un malentendido ni de una pesadilla. “Damas y caballeros, tengo que anunciarles una grave noticia. Por increíble que parezca, tanto las observaciones científicas como la más palpable realidad nos obligan a creer que los extraños seres que han aterrizado esta noche en una zona rural de Nueva Jersey son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte”. Detrás de aquella “noticia” estaba un ignoto director de teatro de 23 años, Orson Welles, un Orson Welles distante del actor famoso que sería y del director de la maravillosa “Citizen Kane” (1941). Sólo él y su equipo sabían que aquel programa era, en realidad, su adaptación de “La guerra de los mundos”, novela del escritor británico H. G. Wells, de 1898, trasladada de Inglaterra a los Estados Unidos. Un proyecto nacido para celebrar Halloween, pero que causaría una conmoción histórica.
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Crónicas marcianas
Con el correr de los minutos, el relato -la realidad, para los oyentes- fue tornándose cada vez más amenazante, hasta volverse apocalíptico. Sin otros canales de información, y sin el hábito de las fake news, los datos fueron tomados por ciertos. En uno de los cortes, el periodista (ficcional) Carl Philips, desde Grovers Mill, Estado de Nueva Jersey, lugar donde supuestamente se había producido el aterrizaje, narró agitado en medio de la naturaleza: “Esto es lo más terrorífico que jamás he visto. ¡Espera un minuto! Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien... o algo. Puedo ver, escudriñando dentro de ese hoyo negro, dos discos luminosos... ¿Son ojos? Puede que sea de una cara. Puede que sea...”. Corte. El siguiente informe fue netamente bélico y desfavorable para nosotros, los terrícolas. El gobierno había enviado soldados para detener el avance alienígena pero sólo un puñado había logrado sobrevivir a la ofensiva. Los cadáveres yacían chamuscados sobre el pasto. “No hay defensa posible -gritó el locutor-. Nuestro ejército está siendo aniquilado”.

Una parte de los doce millones de oyentes se volcó a la calle en pánico, rumbo a las carreteras, las estaciones de servicio, los supermercados y las comisarías de Nueva Jersey y Nueva York, que pronto colapsaron. El mecanismo ficcional de Welles, activado con la colaboración de su compañía, la Mercury Theatre, funcionaba casi a la perfección; es decir, se le había ido de las manos a su creador. No importaba que al comienzo del programa “On the Air”, de la CBS (Columbia Broadcasting Sistem), se hubiera comentado comentado que se trataba de una creación dramática: los oyentes rezagados y los desatentos jamás llegaron a enterarse y fueron vanguardia de la estampida colectiva. Ahora era tarde para detenerlos: huían de sus casas, convencidos de que la invasión alienígena era real.
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Apocalipsis ahora
Los teléfonos -de línea, obvio: ni siquiera se soñaba con esas minicomputadoras que hoy llamamos teléfonos celulares- sonaban sin parar en los sitios de emergencias. Muchos oyentes, sugestionados hasta la alucinación, aseguraban haber visto a los extraterrestres. La dramatización terminó, tras 59 minutos de puesta en el aire, con la muerte del propio Welles -en el papel del profesor Richard Pierson, un científico que había intentado explicar el fenómeno- a causa de gases tóxicos lanzados por los invasores: el punto más alto de aquella locura de masas. Este efecto, que pudo haber terminado con la carrera del joven dramaturgo nacido en Kenosha, Wisconsin, el 6 de mayo de 1915, fue -por el contrario- el trampolín de una brillante carrera como artista, el punto de partida de una leyenda. El guión, las interpretaciones y los efectos especiales con que Welles adaptó la obra de Wells eran tan efectivos que ni siquiera la aclaración, a través de la misma radio, de que se trataba de una ficción convenció a los sugestionados.

Como en una película distópica, en medio del supuesto apocalipsis, un grupo de lugareños de Grover’s Mill disparó con armas de fuego contra los tanques de agua de la ciudad, creyendo que se habían transformado en parte de la maquinaria bélica de la avanzada marciana. Los vecinos de Nueva Jersey se cubrieron la cara con paños mojados como protección contra los (inexistentes) gases venenosos y emprendieron el éxodo con sus pertenencias más valiosas. Las guardias de los hospitales se llenaron de personas en estado de shock y de otras que se ofrecían a donar sangre. En un cine de Orange, Nueva Jersey, un hombre irrumpió en medio de una función al grito de que el planeta estaba siendo invadido: los espectadores abandonaron la sala a los empujones y se encontraron con más pánico en la calle. Otro hombre entró corriendo en una iglesia de Indianápolis a los gritos: “Nueva York está destruida. Es el fin del mundo. Vayamos a nuestras casas a morir. Acabo de escucharlo por la radio”. Varios repitieron fragmentos pesadillescos de lo que habían escuchado en “On the Air”: la invasión de alienígenas amorfos con sus tentáculos babeantes, los ataques letales con rayos de calor y gases venenosos, la muerte de un reportero en la terraza de la CBS de Nueva York. Apenas el fin del mundo.
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Debates postguerra
Los diarios del 31 de octubre llevaron la historia a tapa: “Falso boletín de guerra difunde el terror por todo el país”, “Obra radiofónica aterroriza a la nación”, “Oyentes de radio entran en pánico, confunden un drama bélico como una crónica real” fueron algunos de los títulos catástrofe. Welles recibió críticas duras -incluso demandas judiciales de víctimas del pánico- y elogios por la verosimilitud de su obra. Estudios posteriores estimaron, sin emitir juicio, el alcance de aquella ficción. Según una investigación de la Universidad de Princeton coordinada por Handley Cantril, la falsa invasión marciana fue creída por 1,7 millones de estadounidenses, que intentaron huir o defenderse, y por 1,2 millones de personas que “se asustaron o se sintieron perturbados”. A finales del siglo XX, el sociólogo Robert Bartholomew, de la Universidad James Cook, autor de “El pánico marciano sesenta años después”, cuestionó las cifras del informe de Cantril y las consideró exageradas, aun admitiendo que miles de personas se habían volcado a las calles de Nueva Jersey y Nueva York convencidas de la invasión alienígena.
Otros ensayistas, como W. Joseph Campbell, que escribió el libro “Getting it wrong: Ten of the Greatest Misreported Stories in American Journalism”, puso el foco en el potencial poder de los medios para engañar y dañar, inventando historias o magnificando el efecto que causan sus invenciones. ¿Y qué actitud tomó Welles? Hasta el final de sus días -murió el 10 de octubre de 1985 en Los Ángeles-, mantuvo una especie de orgullo más o menos secreto en torno de las controversias por su opus radial más famoso. No llegó, por supuesto, a ser contemporáneo de la era de las noticias falsas -en general, sin finalidad artística- a través de Internet y las redes sociales. “La falsedad es tan antigua como el árbol del edén”, declaró en alguna entrevista. Lo cierto es que el escándalo que causó en 1938 le abrió las puertas de RKO Pictures, que lo contrató en 1939 para escribir, producir y dirigir dos películas. Ese mismo año, el inicio de la Segunda Guerra en Europa potenció el efecto alegórico de la representación bélica de Welles. La novela original, de finales del siglo XIX, se inspiraba en la brutal opresión colonial británica a los indígenas de Tasmania, al sur de Australia. H. G. Wells escribió: “No juzgues a los marcianos con demasiada dureza. No son más despiadados que nuestra especie”.
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