
El 24 de julio de 1984, Brenda Wright Lafferty y su hijita Erica, de un año y medio, fueron encontradas muertas por su marido en su casa en un suburbio de Utah, un estado en el que el 60% de la población pertenece a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días (SUD). Brenda y Allen Lafferty también eran mormones, pero ella venía de una familia con costumbres más liberales. Había sido reina de belleza en Idaho y se graduó en Periodismo para televisión en una universidad del culto. Su brutal femicidio ocurrió en una fecha sagrada para la congregación, el Día del Pionero, que conmemora la llegada de los profetas al centro religioso de Salt Lake City.
Brenda tenía 24 años. Allen encontró su cadáver en la cocina sobre un enorme charco de sangre. Le habían cortado la garganta después de estrangularla con el cable de la aspiradora. La beba de quince meses estaba muerta en su cuna, con heridas similares a las de la madre. Para la policía de Utah, el primer sospechoso del doble crimen fue el marido. Pero la verdadera historia detrás de los escalofriantes asesinatos que a mediados de los ochenta conmovieron a la sociedad norteamericana y, en particular, a la comunidad mormona, escondía las prácticas patriarcales de una cultura que reducía a las mujeres a la tutela de sus padres y maridos, y donde la poligamia y la violencia física eran secretamente toleradas.
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El caso volvió a sonar en los medios en abril del año pasado, cuando Dustin Lance Black –guionista ganador del Oscar por Milk (2008), además de director, productor y activista LGBTIQ+ criado bajo los rígidos preceptos del mormonismo– adaptó para Hulu la miniserie de true-crime Under the Banner of Heaven (Por mandato del cielo) basada en el bestseller homónimo que Jon Krakauer publicó en 2003. Protagonizada por Andrew Garfield (Spiderman) y Daisy Edgar-Jones (Normal People), en Latinoamérica se estrenó con éxito por Star+ a fines de agosto pasado y es una de las recomendadas por la crítica en la plataforma. Un ejercicio propio de Truman Capote: la búsqueda de sentido a partir de un crimen horrendo que sacudió a un pueblo aparentemente tranquilo, y una inmersión en el fundamentalismo mormón y en las raíces de la SUD, considerada por Krakauer “la quintaesencia de la religiosidad americana”.
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En la serie, las preguntas corren por cuenta de uno de los pocos personajes ficticios, el de un detective devoto de la SUD (Garfield) que pone a prueba su fe a medida que avanza la investigación por las muertes de Brenda y su beba. El resto del drama fue real: la víctima era hija de un obispo mormón (el equivalente a un pastor, sacerdote o rabino local en otros credos) de ideas modernas, que educó a sus hijas en libertad y convencido de que su lugar social no podía limitarse a acatar en silencio la voz de los varones.
No podía saber que el sólo hecho de criarlas de acuerdo a los principios básicos de igualdad de géneros que ya estaban extendidos en el mundo occidental iban a chocar de manera drástica con los de la familia política de Brenda, exponiéndola a un peligro tan injusto como fatal: el de tener sus propias opiniones en el submundo hermético y machista en el que pasó –literalmente– sus últimos días.
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Los Lafferty eran una familia conservadora y muy respetada en Utah, incluso aunque los arranques de ira del patriarca para disciplinar a su mujer y a sus hijos eran públicos. Cuando el doble femicidio de Brenda y Erica trascendieron, muchos en el pueblo recordaron como Watson Lafferty –padre de Allen– había golpeado al perro de la casa con un bate de baseball hasta matarlo para descargarse después de una discusión con su esposa.

Y pronto las miradas apuntaron a los hermanos mayores de Allen Lafferty, Dan y Ron (interpretado en la ficción por Dan Worthington, el actor de Avatar), que habían sido expulsados de la SUD por su interpretación extremista de la doctrina fundada por Joseph Smith en 1830: entre otras cosas, habían dejado de pagar impuestos y promovían la poligamia (que los mormones habían dejado de practicar en público en 1890). Ambos se habían unido a una secta radical mormona –y poligámica por definición– llamada La escuela de los Profetas y su fanatismo había ido in crescendo desde entonces.
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En violenta tensión con sus esposas, convencieron al resto de los hermanos de que tenían comunicación directa con Dios y eran los elegidos. También de dejarse crecer el pelo y la barba para parecerse más a los profetas de las escrituras. Brenda no sólo se negó a que Allen se sumara a la secta de sus hermanos, también ayudó a que sus cuñadas escaparan del círculo de la violencia.
Diana Lafferty era la primera mujer de Ron. Estaba acostumbrada a obedecer a su marido hasta que le anunció que iba a casarse también con otra. Cuando ella desaprobó la decisión, los gritos y los golpes esporádicos se convirtieron en palizas cotidianas. Brenda acompañó a Diana a hablar con el obispo del pueblo y la ayudó a separarse y escapar con sus hijos.
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Matilda Lafferty había descubierto que Dan abusaba de sus hijas preadolescentes. En vez de avergonzarse, su marido justificaba los actos: era mejor que las formara él e incluso que siguieran viviendo bajo su ala como sus esposas. Brenda y Diana también intentaron ayudarla, pero estaba aterrada y permaneció fiel a su marido hasta los siniestros crímenes.

Cuando los detuvieron, los hermanos reivindicaron los asesinatos. Creían que Brenda era una influencia negativa que buscaba separar a la familia. El propio Ron, envuelto en una espiral de locura después de que Diana lo dejara, se había dedicado a escribir sus revelaciones, seguro de que el nuevo elegido era él. Cuatro meses antes de los asesinatos escribió una lista de “obstáculos en el camino” a “remover sucesivamente” y compartió el mensaje con los otros miembros de la secta, que terminaron por expulsarlos tanto a él como a Dan. Querían divertirse con otras mujeres con el beneplácito divino, pero no involucrarse en un raid de asesinatos en serie.
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Los miembros de la Escuela de los Profetas revelaron que en la lista de Ron y Dan Lafferty seguían los Low –un obispo y su mujer, a quienes habían recurrido Brenda y Diana cuando Ron comenzó a golpearla con frecuencia delante de sus hijos–, Richard Stowe –una de las autoridades de la SUD, que presidió la expulsión de los dos hermanos–, y la propia Diana. En la noche de los crímenes habían ido a casa de los Low con intenciones de matarlos. Se salvaron sólo porque habían salido y los Lafferty, desorientados, siguieron camino hasta Reno, en Nevada.
El 7 de agosto de 1984 la policía detuvo a los hermanos Lafferty en el buffet de un casino. Aunque en un principio iban a ser juzgados en forma simultánea, el tribunal cambió de idea después de que –en diciembre de ese mismo año–, Ron intentara matar a Dan para después ahorcarse. Los paramédicos lograron revivirlo después de varios minutos.
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En los juicios que se llevaron a cabo en 1985, ambos se mostraron serenos incluso al describir en detalle cómo habían matado a su sobrina. “Cerré los ojos (mientras la apuñalaba)”, dijo Dan y manifestó no haber sentido nada cuando limpió el cuchillo de carnicero que había usado. El mismo cuchillo con el que después Ron degolló a Brenda Wright Lafferty. Habían neutralizado a la madre enredándole el cuello con el cable de la aspiradora y volvieron por ella después de matar a Erica en su cuna. Dan dijo en el juicio que su cuñada “sabía lo que iba a pasarle” y que rogó por la vida de su bebita.

El tribunal encontró a Dan Lafferty culpable por los dos cargos de homicidio, pero no pudo llegar a un acuerdo sobre si le cabía la pena de muerte –vigente en Utah–. Cumple cadena perpetua (sin derecho a condicional) en la cárcel estatal de máxima seguridad de Utah en Point of the Mountain. Ron, en cambio, fue sentenciado a muerte y eligió que fuera con un pelotón de fusilamiento, pero murió esperando el resultado de una apelación, en 2019. Tenía 78 años y había pasado 34 el corredor de la muerte, sin arrepentirse jamás por sus crímenes.
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Entrevistado por Krakauer para el libro en el que se basa la miniserie de Black, Dan Lafferty dijo que “las remociones” se habían cometido “de acuerdo a las escrituras”. Y aseguró que los asesinatos de su cuñada y su sobrina nunca lo perturbaron: “No culpo a nadie por no entender. Pero si lo hubieran hecho, tampoco estarían arrepentidos. Fue un fenómeno extraño”. Tampoco se disculpó jamás con su hermano Allen por matar a su familia. “Allen le preguntó una vez a mi madre por qué no me arrepentí –dijo en una nota radial tras la publicación de Under the Banner of Heaven–. Pero hay cosas de las que no podés arrepentirte. No podés arrepentirte de lo que no estuvo mal”.
El peligro que terminó con las vidas de Brenda Wright Lafferty y de su hija Erica, según Black, está latente y fue por eso que quiso meterse en la intimidad de la Iglesia en que se formó –y cuyos mandatos tambien sufrió en carne propia por ser homosexual–. “Quise mostrar cuán patriarcal era la SUD y cómo lo sigue siendo en muchos sentidos –le dijo el director y guionista a Vanity Fair mientras promocionaba el drama de Star+–. Y de qué manera esa estructura absolutamente patriarcal aún es una amenaza contra la seguridad de muchas mujeres”.
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