
En un campo de maíz cercano al lago Leman, en las afueras de Vevey, Suiza, hay una lápida solitaria donde puede leerse: “Aquí descansaron los restos de Charles Chaplin. Brevemente”. Como bien dice el texto, los restos de uno de los artistas más famosos y controvertidos del Siglo XX ya no están allí, donde reposaron apenas unos días sin que nadie lo supiera, mientras se desarrollaba una tragicomedia digna de alguna de sus películas, con su cadáver como involuntario protagonista.
Charles Spencer Chaplin murió hace exactamente 45 años, a las 4 de la mañana del día de Navidad de 1977, en su residencia de su residencia Manoir de Ban, en Consier-sur-Vevey, donde pasó sus últimos años.
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Atrás dejaba una trayectoria que marcó a fuego la historia del cine mundial, no sólo por la creación de “Charlot” (Carlitos), el personaje icónico del cine mundo, sino también por películas inolvidables como El Gran Dictador, Candilejas, El Circo y tantas otras consideradas verdaderos hitos de la cinematografía.
En sus obituarios, al día siguiente, se escribiría que había muerto un verdadero genio, que además de “inventar” una manera de hacer cine, dirigirlo y protagonizarlo, se destacó como productor, compositor musical, guionista, escritor y editor.
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Murió mientras dormía apaciblemente, con sus 88 años a cuestas, rodeado por su última y más duradera mujer, Oona O’Neill, y siete de sus ocho hijos. Solo faltaba, porque no llegó a tiempo, su hija más famosa, la que había seguido sus pasos en el mundo del cine, Geraldine, que vivía en Madrid.
El velatorio se hizo en la misma residencia, en la más estricta intimidad, lejos de la mirada inquisitiva de los curiosos y de los medios. Así, casi sin vida pública, el director y protagonista de La Quimera del Oro y de Tiempos Modernos, entre otras películas que forman parte de la historia grande del cine, había pasado sus últimos años, desde que sus médicos le habían diagnosticado una demencia senil.
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Salía muy poco de su residencia y cuando lo hacía se lo podía ver acompañado por Oona, que empujaba su silla de ruedas en uno paseos que siempre llegaban a las orillas del lago.

Su última aparición pública databa de septiembre cuando, también con Oona, asistió a un espectáculo circense en Velvey, donde al finalizar los payasos se sacaron las narices rojas de sus disfraces y se las entregaron para demostrarle su admiración.
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Por entonces ya tenía dificultades para ver y oír, y se expresaba con dificultad.
La mañana del 25 de diciembre, Oona difundió un comunicado donde informaba que Charles Chaplin había muerto “en el sueño, esta madrugada”.
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Las mujeres de su vida
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Poco antes, Oona y Chaplin habían celebrado, también en la mayor de las intimidades, sus 34 años de casados. El casamiento, en 1943 con la hija del celebrado dramaturgo Eugene O’Neill, había significado un absoluto en la vida amorosa de Chaplin, marcada por matrimonios fracasados y centenares de infidelidades.
Las crónicas de las revistas del corazón hablaban de “dos mil amantes”. Muchas de ellas eran actrices famosas, como Hetty Kelly, Edna Purviance, Pola Negri, Marion Davies, Merna Kennedy, Georgia Hale, Louise Brooks y Joan Barry.
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Sus tres primeros matrimonios también habían sido con actrices. A los 29 años, Charles Chaplin se casó con Mildred Harris y fue un casamiento de apuro con una de las actrices que lo acompañaban en sus películas mudas, de solo 16 años.
En esa ocasión el “apuro” demostró estar de más, ya que Harris solo había creído estar embarazada. Cuando lo comprobaron, la pareja ya estaba casada. La boda se celebró en octubre de 1918 y al año siguiente Charles y Mildred tuvieron un hijo, Norman, que murió tres días después de nacer.
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El matrimonio duró menos de dos años y el divorcio, en 1920, fue un escándalo, con fuertes acusaciones de Mildred a Charles por sus infidelidades y sus maltratos verbales. La cuestión derivó en un proceso que se zanjó con el pago de cien mil dólares para legalizar la separación.
La segunda esposa de Chaplin, Lita Grey, también era actriz y tenía 16 años. La conocía desde niña y la había incorporado al elenco de The Kid, en 1921. En 1924, Lita –bisnieta de un exgobernador de California– quedó embarazada y se casaron en México.
Tuvieron dos hijos: Charles Jr., quien nació en 1925, y Sydney, llamado así por el hermano del cómico, nacido el año siguiente.
El matrimonio se separó en 1927, mediante un arreglo por el que Chaplin le pagó a Lita más de 200 mil dólares. En el juicio, Lita lo había acusado de “inhumano” y de obligarla a realizar tríos sexuales.

Paulette Goddard tenía 22 años y era una actriz consagrada cuando conoció a Chaplin. Se casaron en 1933 y fue un matrimonio bastante duradero para los parámetros del actor y director, porque se extendió hasta principios de la década de los ‘40.
A diferencia de sus otras exesposas, Paulette jamás habló más de Chaplin, bajo cuya dirección participó en Tiempos Modernos y El Gran Dictador.
Chaplin tenía más de 50 años cuando conoció a Oona en Nueva York. Ella había cumplido recién 17 años, y había tenido dos relaciones amorosas importantes, una con el escritor J.D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno, y con el actor y director Orson Welles.

Se casaron sin que nadie lo supiera en Santa Bárbara el 16 de junio de 1943. No se separaron nunca y Oona lo acompañó en las buenas y en las malas: tanto en 1952 cuando Chaplin debió irse de los Estados Unidos por las acusaciones de “comunista”, como en 1971, cuando la reina Isabel II le otorgó el título de Caballero.
Tuvieron ocho hijos: Geraldine, Michael, Josephine, Victoria, Eugene Anthony, Jane, Anette y Christopher.
Todos, menos Geraldine, estaban reunidos en la residencia suiza cuando Charles murió la madrugada del 25 de diciembre de 1977.
No sabían que, después de muerto, su padre –o, mejor dicho, los restos de su padre– protagonizarían un episodio delictivo digno de una de sus películas.
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El robo del cadáver
Cumpliendo los deseos de Chaplin, Oona organizó una ceremonia íntima para el entierro de sus restos en el pequeño cementerio de Corsier-sur-Vevey. Solo los familiares y algunos amigos muy cercanos pudieron participar.
Cuando terminó la ceremonia, se alejaron tristes pero convencidos de que, después de una vida larga, productiva y ajetreada, Charles podría descansar en paz.

Si los muertos realmente descansan, a Charles Chaplin ese descanso le duró muy poco. La noche del 1° al 2 de marzo de 1978, dos mecánicos extranjeros, el polaco Roman Wardas y el búlgaro Gandscho Ganev, se colaron en el cementerio en busca de una lápida blanca en la que se leyera “Charles Chaplin (1889-1977)”. Una vez que la encontraron, excavaron durante dos horas hasta que dieron con el ataúd de roble de unos 150 kilos, lo cargaron en una furgoneta y se lo llevaron sin rellenar el hueco que habían hecho en la tierra.
Lo enterraron esa misma noche en un campo de maíz en Noville, cerca del lago y del cementerio.
Al día siguiente llamaron por teléfono a la residencia y pidieron hablar con Oona O´Neill. Cuando la viuda atendió, recibió un pedido insólito: debía entregar 600.000 dólares si quería recuperar el cadáver de Chaplin.
Oona pensó apenas quince segundos antes de contestar con un tajante “No”.

Los secuestradores del cadáver no se esperaban esa respuesta. Los días siguientes volvieron a llamar, bajando cada vez más la cifra del rescate. Una y otra vez recibieron la misma respuesta.
Por eso se sorprendieron cuando el 16 de mayo –dos meses y medio después del robo del cadáver– Oona aceptó sus condiciones.
Al día siguiente, un policía disfrazado de chofer se puso al volante del Rolls Royce de la familia Chaplin para entregar el supuesto rescate. Era la pieza visible de un vasto operativo policial para capturar a los secuestradores.
No contaban con que el cartero del pueblo, al ver al Rolls Royce conducido por un desconocido, empezara a seguirlo en su bicicleta. La policía confundió al pobre hombre con uno de los delincuentes y lo detuvo. El operativo quedó desbaratado por esa confusión.

Al no recibir el rescate que debía entregar el chofer en un lugar desolado, los ladrones de la tumba volvieron a llamar por teléfono al día siguiente. Eso los perdió: la policía había montado un operativo de vigilancia muy bien disimulado que abarcaba las 200 cabinas telefónicas que había en Vevey.
Los atraparon a los dos juntos, pegados al teléfono. Ese mismo día indicaron dónde habían enterrado el cadáver de Chaplin y se lo pudo recuperar.

En el juicio les dieron cinco años de cárcel a cada uno. Desde allí le escribieron una sentida carta a Oona pidiéndole perdón y confesando que lo habían hecho por necesidad, porque el dinero que ganaban no les alcanzaba para vivir.
El episodio tuvo una amplia cobertura mediática en todo el mundo. Al resolverse el caso, un periodista le preguntó a Oona por qué se había negado a pagar el rescate.
“Porque a Charlie todo esto le habría parecido ridículo”, respondió.
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