
Murió a los 41 años, en la cumbre de su sangrienta carrera, sin sospechar que su ópera máxima empezó en 1829, cuando el viajero español Antonio Armijo, a lomo de mula, descubrió que en ese páramo del desierto de Mojave sólo apto para insectos y serpientes había una serie de manantiales (vegas): oasis que, a tramos, teñían de verde ese árido y casi infinito mundo. Por eso, Armijo lo bautizó Las Vegas. Él, Benjamin Siegelbaum inventó su fama: la babilonia del juego, que ve pasar 42 millones de almas por año.
En 1900, los manantiales fueron canalizados hacia la mínima, precaria aldea que ya habían ocupado exploradores del ejército norteamericano y misioneros mormones, convertida después en una parada para que cargaran agua los trenes de la línea Los Ángeles-Albuquerque. Un destino demasiado pequeño que no tardó en crecer y multiplicarse como los panes y los peces.
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Fundada como ciudad el 15 de mayo de 1905, sus 352 kilómetros cuadrados, su ADN de Sin City (La Ciudad del Pecado) no tardó en cumplir su misión.
En 1931, legalizado el juego en los casinos, Benjamin Siegelbaum, que para entonces se llamaba Ben Siegel y odiaba su apodo, Bugsy (loco, loquito), mientras cruzaba ese desierto en su deslumbrante Cadillac V16, fue alcanzado por un rayo luminoso: una visión, un mandato que creyó llegados de otro mundo para que en ese erial levantara un imperio.
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Segundo de los cinco hijos de Max y Jennie, adolescente y jurando salir de la pobreza a cualquier precio, huyó de la escuela y se unió a una banda de pandilleros que operaba en Lafayette Street, Lower East Side de Manhattan. Ladronzuelo de poca monta, empezó su ascenso como cobrador del mafioso menor Moe Sedway: vendedor ambulante que no pagaba un dólar por protección… veía su mercancía en llamas. Pero pronto subió otro escalón. Se hizo amigo de Meyer Lansky, jefe de la mafia judía, y empezó su feroz saga criminal en esas filas.
Contrabandista, asesino a sueldo, traficante de drogas, "más rápido para apretar el gatillo que para pensar", como lo definió un detective, cobró fama no sólo por su sangriento récord: alto, de ojos azules, carismático, seductor, apasionado por la buena ropa, vanidoso, compró un departamento en el Waldorf Astoria, una mansión en Scarsdale, se hizo popular en la vida nocturna neoyorkina, y selló amistad con lo más encumbrado de Hollywood: George Raft, Clark Gable, Gary Cooper, Cary Grant, Jean Harlow, Tony Curtis, Frank Sinatra, y los poderosos Louis Mayer y Jack Warner.
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En 1929 se había casado con Esta Krakower, su novia de la infancia. Tuvieron dos hijas. Se divorciaron en 1946. Adiós, familia, adiós. Para entonces, el extravagante Bugsy tenía una decena de propiedades y había derrochado fortunas en fiestas babilónicas desplegadas en su palacete de Beverly Hills.
En plena Segunda Gran Guerra, prometió cumplir uno de sus mayores delirios: matar (¡cara a cara!) a Benito Mussolini, Hermann Göring, Joseph Goebbels y hasta al mismísimo Hitler, hasta que aún los peores de su banda lo disuadieron.
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Pero ese día de los años 30, en medio del desierto, se vio como el futuro monarca del más grande negocio nunca antes imaginado. Y legítimo…
Un hotel gigantesco con ejércitos de mesas de juego, el mejor alcohol, la comida más sofisticada, y perpetuos shows de las más cotizadas estrellas. Un hotel que se llamaría Flamingo en honor a su amante, Victoria Hill, cuyas largas piernas la asemejaban a la figura de un flamenco. Los costos serían altísimos, pero convenció a Lansky y otros socios para que invirtieran en ese acto de magia en el desierto.
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Las obras empezaron a principios de 1945. Costo estimado: un millón de dólares. Y Bugsy Siegel como diseñador, jefe, mandamás absoluto, y con delirantes caprichos y continuas modificaciones de los planos. Por ejemplo, con el edificio casi listo, ordenó derribar una colosal pared porque obstruía la vista de la enorme piscina. En octubre de 1946, el millón inicial había subido a cuatro millones, y poco después… ¡a seis! Los virus del malhumor y la desconfianza penetraron en la dura piel de los inversores.
Por fin, el Flamingo, con su más tarde célebre figura en neón rosado del flamenco dominando el palacio, abrió sus puertas el 26 de diciembre de 1946, aunque terminado a medias: sólo el casino, el salón, el teatro y el restaurante.
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Pero el cielo dijo no: un buen título para un film, pero una catástrofe para Bugsy. Porque esa noche se desató en toda la zona una tormenta bíblica. Del centenar de celebridades invitadas sólo se atrevió a llegar una muestra: George Raft, June Haver, Vivian Blaine, Brian Donlevy, Charles Coburn, aturdidos por los truenos y empapados por las aguas que invadieron el gran vestíbulo de entrada, cubierto por toallas, sábanas, cubrecamas. El equipo de aire acondicionado –primero en la historia de Las Vegas– empezó a delatar signos de asma, y murió. Luego de dos semanas, el casino dio pérdidas: 275 mil dólares.
Reabrió el 11 de marzo de ese mismo año –con Meyer Lansky presente–, y empezó a dar ganancias.
Pero el grupo inversores mafiosos ya lo había sentenciado. No sólo por haber superado siete veces el costo de la obra. Por algo más grave: Bugsy había puesto como administradora, durante la construcción, a Victoria Hill. Que, de manos tan largas y rápidas como sus piernas, robó dos millones de dólares y los ocultó en un paraíso fiscal.
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Según el parte policial, “cuatro de los nueve tiros disparados esa noche destruyeron una estatua del dios Baco, de mármol blanco, un piano de cola, y se incrustaron en la pared del fondo”. Las otras cinco, en Bugsy: dos pulverizaron su cabeza. Poco después de las ocho de la noche del 20 de junio de 1947, sentado a espaldas del ventanal en su mansión de Beverly Hills, había abierto el diario Los Angeles Times, pero no alcanzó a leer las noticias del día: una lluvia de balas calibre .30 militar disparadas con una carabina M1 lo expulsó del mundo. Había nacido el 28 de febrero de 1906 en Williamsburg, Nueva York, hijo de un matrimonio judío inmigrante y pobre: Max Siegelbaum y Jennie Goldstein.

Al otro día apareció en la tapa del Los Ángeles Herald–Express, pero no con su porte de dandy en sus días dorados en Hollywood: sólo y en primer plano, una etiqueta con su nombre atada al dedo gordo de su pie derecho. Como cualquier cadáver de la morgue.
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En el Flamingo, entre la piscina y la capilla para bodas rapidísimas, lo recordaba una placa no siempre bien lustrada. Pero lo que quedaba del hotel original fue demolido en 1993.
Bugsy está sepultado en el cementerio Hollywood Forever. En esa inmensa California que regó de sangre.
Meyer Lansky, Dutch Schultz, Frank Costello, Vito Genovese, Albert Anastasia, Joe Adonis y Salvatore Maranzano, los célebres gángsters y jefes mafiosos, murieron violentamente. Al Capone, de sífilis luego de salir de la cárcel.
Lucky Luciano, el único indemne, de un infarto, el 26 de enero de 1965, en el aeropuerto Capodichino de Nápoles, poco después de firmar un acuerdo con un productor para una película sobre su vida.
El fin de una era. Pero no de la mafia ni de otras mafias: como Proteo, y según pasan los años, se recicla, se transforma, viste otros disfraces, domina otras latitudes, acude a la tecnología y sigue matando.
(Post scriptum: después de la muerte de Bugsy Siegel, y siempre en manos de la mafia, Las Vegas creció en proporción geométrica. El Flamingo fue la semilla de oro de una cosecha inimaginable, y menos en el desierto. El Moulin Rouge –primero que admitió gente de color–, el Desert Inn, el Sahara, el Sands, el Dunes, el Riviera –primero con nueve pisos–, el Tropicana, el Stardust… copados por un aluvión de jugadores (anónimos y famosos), y un imán como escenario. Allí reinaron por años Frank Sinatra y su Rat Pack: Dean Martin, Sammy Davis Jr., Joey Bishop, Peter Lawford. También el célebre duo Dean Martin y Jerry Lewis. Y… of course, ¡Elvis Presley! También, en sus enormes hoteles amaron, durmieron y se drogaron altos personajes in y off farándula, desfilaron prostitutas Clase A, y los dueños descubrieron un modo de detener el tiempo: algo que no hubiera logrado ni Albert Einstein. Todo el día y toda la noche –las 24 horas– con luz artificial, ventanas cegadas y ausencia de relojes: el gran ardid para que los jugadores, en las máquinas tragamonedas y en las mesas de ruleta, punto y banca, dados, etcétera, jamás notaran el mundo exterior: una distracción peligrosa para la recaudación… Desde luego, era posible mirar los relojes pulsera. Pero eso apenas era el escape de una minoría ante un vértigo de luces y sonidos incesantes. El brutal y constante flujo de dólares permitió (obligó, en verdad) algo que para los habitués más viejos fue herejía: demoler algunas de esas catedrales… para construir otras mucho más grandes. Que imitan a Venecia, a barcos piratas, volcanes, montañas rusas, y reciben desde el Cirque du Soleil a peleas de box entre los más grandes golpeadores del mundo. Las Vegas: el mayor parque de diversiones del planeta. Si alguien se acercara a la tumba de Bugsy Siegel y le susurrara “ciento veintidós casinos, mil setecientas mesas de juego, ciento ochenta mil máquinas tragamonedas, quinientas iglesias, altísima tasa de suicidios –se ganan fortunas, pero también se pierden–, y cuarenta y dos millones de almas por año en peregrinación hacia los dioses del azar”, es posible que ese gángster sin límite alguno para vivir y para matar, desde sus huesos, dijera: –No me equivoqué.)
* El artículo original escrito por el periodista Alfredo Serra se publicó el 11 de marzo de 2018.
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