“Dios me hizo vivir para que el mundo recuerde el horror de los nazis. Yo nunca callaré lo que le hicieron a nuestro pueblo. Mataron a seis millones de judíos y un millón y medio de ellos eran niños”, repite Eugenia Unger, 96 incansables años. En su brazo izquierdo lleva tatuado el número 48914. Se lo hicieron mientras la rapaban en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau para que fuera su estigma. Hoy es su medalla. Una de tantas que cosechó en su vida. No sólo por haber sobrevivido al Holocausto, la Shoá, el peor espanto que vivió la humanidad en el siglo XX. También porque jamás dejó de dar testimonio de su existencia, para que el nazismo y los genocidios no se repitan.
Hay cuatro libros que cuentan su vida, desde su participación en el levantamiento del Gueto de Varsovia hasta su llegada a la Argentina, donde tuvo un rol fundamental para mantener viva la memoria de la Shoá como fundadora del Museo del Holocausto en nuestro país. Ahora, su biografía se hizo película. Una bio pic que dirige ella misma ¡casi a los cien años! Se llama “No me olvidé Nada” y se estrenará mañana a las 19.30 en el Multiplex de Belgrano, función que ya tiene entradas agotadas. Esta premiere, de alguna manera, cerró la grieta: aseguraron su presencia una delegación de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, por la contribución de Eugenia a los derechos humanos; y la Cámara de Diputados -a instancias de un pedido del diputado de Juntos por el Cambio Waldo Wolff- declaró al documental “de interés” de ese organismo. También está en proceso de preselección en el festival de cine de Mar del Plata y otros festivales de cine en Latinoamérica. Va a transitar por un circuito de cine independiente judío y, a la par, participará en festivales de renombre como el de San Diego, Toronto, Japón y Montreal, entre otros. El plan de los realizadores es que luego de girar en esos ámbitos, se pueda ver a través de alguna plataforma.
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La idea surgió cuando una de las productoras, la actriz Pany Chama -una suerte de “amiga/madre” de Eugenia- comenzó a grabar con su teléfono celular pequeñas acciones cotidianas y reflexiones de Unger para que las vieran sus tres hijos. Ser madre, a Pany Chama le costó 12 tratamientos de fertilidad: parir, para ella, fue realmente “parir” durante años. Mostrarle eso a sus niños, pensó, sería educarlos a través de la memoria de una de las pocas sobrevivientes del Gueto de Varsovia y la Shoá que siguen vivas. La otra productora de la película, Marisol Grasso (inspirada en el documental que hizo Natalia Denegri sobre Unger llamado “La niña número 48914″, nominado al Emmy), tuvo la idea de usar esas imágenes para contarle la historia de Eugenia a todo el mundo. Y las dos se pusieron en acción. A ellas se sumó el cineasta israelí-argentino Eli Chamay, que ofició de montajista, las curadoras de arte Gabriela Ofman y Laura Guisado, la colaboración de la Juventud BETAR Argentina (Tommy Penner, Camila Halac y Víctor Chama) en la convocatoria y la pequeña actriz Uma Gutman, que recreó a Unger en su dura niñez en Polonia.

A Eugenia le prepararon una sala de edición especial durante el tiempo de la pandemia, y ella fue quien decidió cómo se contaría su historia. También viajó con Uma Gutman a Colonia, Uruguay, donde se filmaron algunas escenas. Se sumó, además, una concienzuda recopilación de imágenes de archivo, desde cómo eran la calle y el barrio de Varsovia donde vivió hasta el espanto de los campos de concentración y los campamentos de refugiados en Italia donde fue destinada en la posguerra, conoció a su marido y tuvo a su primer hijo. También se verán, entre otros momentos, escenas de su Bat Mitzva, que hizo a los 90 años porque no lo había podido celebrar a su debido tiempo.
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Hace diez días, Eugenia vivió un duro trance de salud, estuvo internada en terapia intensiva, pero ya está en su casa, intentando pasar el mal momento para estar presente el martes del estreno. Desde allí envió un mensaje a Infobae sobre el significado del film documental sobre su vida y quiénes son sus destinatarios, los jóvenes: “Yo hablo en nombre de mi padre, mi madre, mis hermanos, mi familia, mis amigos, nuestros combatientes del gueto y las 6 millones de víctimas de la Shoá. Mi vida es el mensaje, y mi mensaje está destinado para la juventud, son quienes continúan este legado. Mis ojos vieron el Holocausto y hace 77 años salí de Auschwitz. Me tocó ver a muchos morir de las peores maneras que podrían imaginar, pero deben saber que también me tocó ver a muchos nacer como semillas luego de un arado. Yo hice un voto: recordar todo y no olvidar nada por diez generaciones hasta que se borre la ofensa por completo, hasta que se desvanezcan las humillaciones. Mi pedido hacia los jóvenes es que vivan. Y que traigan luz después de tanta oscuridad. Si hacen algo, nosotros, los sobrevivientes, ganamos”.
Eugenia nació en Varsovia, Polonia, el 31 de marzo de 1926 con el apellido Rotsztejn. Más tarde adoptó el de su marido. Hace unos años me contó su historia, la misma que hoy narra en celuloide: “Tenía una familia hermosa. Mi papá, Noe, era director del matadero. Mi mamá se llamaba Raquel. Tenía dos hermanos, Eugenio y David, y una hermana mayor, Renia. Mis abuelos cocinaban para gente que no tenía para comer. Pero en Polonia había antisemitismo antes de la guerra. En la escuela ya había guetos: judíos y cristianos”. Quizás por eso, jamás regresó a su país natal. Ni siquiera cuando Steven Spielberg, que contó con su testimonio cuando escribió el guión de La lista de Schindler, le pidió que volviera.
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Cuando cumplió 13 años, los nazis invadieron su país. Vio a los aviones de la Luftwaffe surcando el cielo y sembrando muerte. Sintió terror: “Lo agarré a mi papá de la pierna y le dije ‘¡están bombardeando!’. ‘No pasa nada, estos son nuestros’, me decía para que no tuviera miedo. Fue tremendo. Pronto empezó el hambre: había colas de gente en las panaderías, y pasaba un avión y ta-ta-ta-ta-ta… los mataba a todos”.
Cuando comenzaron los ataques, ella y su familia -como todos los polacos- salían de sus casas para ir al río Vístula, donde estaban más protegidos. “Toda la ciudad estaba en llamas… Me acuerdo que teníamos dos mucamas, ellas agarraron las pieles de mi madre, plata, candelabros, cubiertos y mi papá les gritaba ‘Yanina, Stepa, tiren todo porque se van a quemar vivas’. Y lo tiraron para llegar al Vístula, donde no había fuego”.
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En sus recuerdos siempre aparece su padre, protegiéndola al escapar de las bombas, llamándola por su nombre en polaco, “Guinucha”: “Me agarraba y me gritaba: “¡Skocz! ¡skocz!” (“¡Saltá! ¡saltá!”). Yo tenía miedo, pero él me decía que me iban a matar si no saltaba. Y así pasaba de un techo a otro. Si uno quiere vivir, hace cualquier cosa para vivir”.
Pronto, el ejército alemán invadió la ciudad, y los judíos quedaron confinados en el Gueto de Varsovia. “Cerraron un centenar de calles con paredes. Durante tres años viví metida ahí. Los nazis entraban, eran los dueños de la vida de los judíos. Uno venía todas las mañanas y hasta que no mataba a dos o tres personas no salía. La gente igual, a pesar del miedo, salía a contrabandear comida porque había hambre. Te daban un pedazo de pan por un tapado de piel. Por un anillo, una manteca. Murieron muchos: no había nada para comer, ni agua ni luz. Yo tenía unos primos; un día entré a su casa y uno me dijo: ‘Mira Eugenia, él me comió la mitad de mi mano’. ‘Es rica la carne’, me dijo el otro, pobrecito… Le dije que no lo hiciera más. Al día siguiente les llevé pan, pero ya estaban muertos…”.
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Cuando el 19 de abril de 1943 se produjo el Levantamiento del Gueto de Varsovia, ella estaba allí. “Los jóvenes lucharon con valor. Eran chicos y chicas de 16 años. Pelearon un mes con bombas molotov contra armamento sofisticado… Si yo hubiera tenido dos años más y la fuerza de ahora no me habría quedado escondida con miedo, hubiera luchado con ellos”, recuerda.
La casa familiar no había caído bajo las bombas, y lograron esconderse en el subsuelo. “Allí las ratas nos comían a nosotros… después, en el campo de concentración, nosotros las comíamos a ellas”, recordaba. “¡Yo no puedo creer las cosas que viví! Una amiga estaba con su bebé y el nene empezó a llorar justo cuando escuchamos que llegaban los nazis, ella le puso una almohadita para que no grite y lo asfixió… Pasamos por muchos búnkers. El último fue el horno de una panadería. Éramos catorce personas, no sé cómo entramos. Alguien nos delató y los nazis nos descubrieron. Yo era la única mujer. Me pidieron que me saque la ropa, para violarme. Lo hice y me vino una hemorragia, porque Dios siempre estuvo conmigo. Yo había oído cómo unos polacos violaban a la hija de un rabino hasta matarla. Ella tenía mi edad”.
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Luego llegó el momento en que la trasladaron a los campos de exterminio. En Umschlagsplatz, la estación desde donde salían los trenes rumbo a Majdanek y Auschwitz, vio a su padre y a su hermano Ignacio por última vez. Otro de sus hermanos había muerto luchando contra el ejército alemán, y una de sus hermanas había logrado huir hacia la zona aria y ya no regresó. También vio una escena que se le grabó en la memoria: “Una mujer se negó a dejarle una valija a un guardia nazi. Ahí mismo la balearon y cuando se abrió, desde dentro cayó un niño, muerto…”

Junto a su madre fue enviada a Majdanek, donde las hicieron picar piedras. “En el tren casi nos asfixiamos. Nos orinaban y defecaban encima, vi morir a mucha gente en ese viaje. Cuando necesitaban hacer lugar abrían la puerta y ta-ta-ta-ta… mataban”, recuerda. Al llegar, halló en la tierra una moneda de oro. Cuenta que una amiga suya se la pidió y ella se la entregó, con tal mala suerte que una nazi que las custodiaba se dio cuenta. “Vino donde estaba con la moneda y la mató a golpes para quitársela”, cuenta. Los días en las barracas de Majdanek se hacían insoportables: “En invierno nos hacían mojar la ropa para sacarnos los piojos, y después para calentarnos dormíamos de a tres en una cucheta. Cada día despertabas y le decías a alguien que quitara su pierna de encima tuyo, pero en el momento te dabas cuenta que le hablabas a un muerto”.
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Luego, también junto a su madre, la trasladaron a Auschwitz-Birkenau. Allí fue donde le cortaron el pelo y le tatuaron el número. La hicieron trabajar en una fábrica de bombas, de esos momentos fue su relato para Spielberg cuando investigaba para La Lista de Schindler. A su madre, la enviaron a coser zapatos. “Allí venían Eichmann y Hess y hacían quemar gente. Había dos primas hermanas mías en una barraca. Les dije que huyan. Una me miró y me dijo: ‘mira mis manos, están llenas de llagas, no quiero vivir…”. Ellos se las llevaron. Otra vez, casi al final, nos pidieron que salgamos del campo de concentración, que iban a dinamitar todo. A los que corrieron primero hacia la puerta los ametrallaron”, relata.
Cuando la guerra estaba cerca de concluir y el Ejército Rojo había cercado a los alemanes, los nazis sacaron a todos sus prisioneros de los campos de concentración. Eugenia fue una más de las que se encolumnó en la llamada Marcha de la Muerte. “Nos llevaron de campo en campo. Ya casi caminábamos entre cadáveres. No sé cómo hice para subir a un carro a mi madre para que saliera de ahí. Ella tenía miedo, me decía que la iban a matar, pero qué iba a hacer, ya no había nada que perder. La dejé de ver ahí, y me reencontré con ella ocho años después que terminó la guerra. Al resto nos llevaron a Ravensbrück y a Rehlin. En el camino comíamos cáscaras de zanahoria y tomábamos agua de una palangana. Además de judías, había gitanas y rusas…”, recuerda.
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“Me di cuenta que el final había llegado para los nazis cuando en el último traslado nos cruzamos con chicos de 14 años que mandaban a la guerra -continúa-. Si alguien quería escapar volaba en pedazos, habían minado los costados del camino. Yo sabía que nos llevaban a un bosque para matarnos, entonces le dije a una chica que caminaba conmigo, Ana, que teníamos que huir. En un momento pasamos una loma y perdimos de vista a los guardias, entonces corrimos hasta un establo. A los dos minutos nos empezaron a buscar y nos escondimos debajo de la bosta de vaca. Oímos cuando preguntaban por ‘dos judías que habían escapado’. Abrieron el portón, pero no entraron. El corazón me saltaba. Ahí pasamos toda la noche”.
Al día siguiente le pidieron ropa a la dueña del establo, porque estaban vestidas con el traje a rayas de los campos. La mujer se negó, pero tuvieron suerte: encontraron ropa en una casa vecina y se cambiaron. Pero aún tenían el pelo rapado: se pusieron pañuelos en la cabeza. Lo que no podían quitarse era el número tatuado en el brazo. Mientras huían, se cruzaban con alemanes que escapaban de los rusos. Hasta reconocieron a uno que las golpeaba con un rebenque en los campos de exterminio. Cuando la avanzada soviética llegó y las vieron, las reconocieron como sobrevivientes de los campos de exterminio y les dijeron que se fueran de allí, porque el Ejército estaba por arribar y bombardearían todo. “Escapé durante dos días rumbo a Polonia, a donde habíamos dejado nuestra casa. Me subí al techo de un tren para llegar a Varsovia, porque en los vagones había soldados rusos que te gritaban ‘yo te liberé, tengo derecho a hacer lo que se me da la gana con vos”. Muchas mujeres fueron violadas. Yo hasta me pinté la cara con carbón para parecer un varón”.
Cuando llegó a Varsovia se encontró sólo con ruinas. Ella estaba destruida como la ciudad: tenía 19 años y pesaba apenas 27 kilos. Era un espectro que caminaba entre los escombros y dormía en la calle. Durante cuatro meses sobrevivió así, pidiendo limosna. “Los polacos que eran amigos nos cerraron la puerta en la cara. Nunca volví a Polonia, porque cuando los judíos volvíamos y reclamábamos las que eran nuestras propiedades, nos mataban. En Kielce masacraron a 40 judíos. En esos días escuché por primera vez el nombre de Argentina. Yo no sabía nada de este país. Un canillita gritaba que en la BBC de Londres decían que Hitler había huido en un submarino hacia aquí”.

Emprendió, entonces, el camino que la trajo a nuestro país. Fue un periplo largo y lleno de peligros. “Nos dijeron que podíamos ir a Palestina, donde estaban los ingleses, de contrabando. Allí, luego crearon a Israel. Salimos de Polonia en camiones hasta Italia. Pero antes de llegar, supimos que los ingleses mandaban a los barcos de vuelta a Chipre. La gente se suicidaba tirándose al mar. Así que la UNRRA (Sigla en inglés de Administración para el Socorro y la Rehabilitación) nos llevó a campamentos de refugiados. Yo estuve en Módena, donde conocí a David, mi esposo, que luchó en el Levantamiento de Varsovia. Cerca de ahí, en Santa María di Leuca, nació Leonardo, mi hijo mayor”. Los tres estuvieron a punto de viajar a los Estados Unidos, con papeles en regla. “Pero su presidente no daba más cupo”, lamenta. Se dio cuenta que la posguerra no era amable con el pueblo judío: “Ningún país nos quería, ¿por qué tanto odio?”.
Finalmente, su destino fue la Argentina, adonde llegó en 1949 luego de viajar a Brasil “en un barco que parecía hundirse todo el tiempo” y pasar a Paraguay. Tampoco aquí podía entrar en forma legal, pero en Rosario consiguió burlar los controles junto a su hijo. “No sabía el idioma, no tenía documentos ni plata. ¡Ni sé como pasé la Aduana!”, recuerda.
En 1954 se reencontró con su madre, a quien halló gracias a la Cruz Roja. Tenía una nueva pareja, dice, un señor al que le habían matado ocho hijos. Y en Buenos Aires nació Néstor, su segundo hijo. Tanto él como Leonardo son médicos. Con su esposo tuvo un negocio textil. Su activismo la llevó a fundar el Museo del Holocausto y erigir un monumento en el cementerio judío de La Tablada en homenaje a los jóvenes que combatieron en el Levantamiento del Gueto de Varsovia.
“A la Argentina le debo la vida, siempre le agradeceré con el alma. Fui libre y viví sin nazis”, asegura. A los 96 años, Eugenia mira hacia el futuro sin olvidar el pasado. Ahora dirigió el documental que repasa su vida. Lo hizo para los jóvenes, para que el horror no se repita.
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