
Desde que el padre Juan Gabriel Arias (53) misiona en Mozambique, el país africano ya no es un destino tan extraño para los argentinos. Hace unos días, apenas, un equipo de médicos de nuestro país, México y España trabajó codo a codo con él en la parroquia de Mangundze, en la provincia de Gaza, al sur de aquel país. Hasta el 3 de mayo habían hecho 995 consultas, 290 ecografías y 61 operaciones. Pero el sacerdote argentino, además de cuerpos y almas, se preocupa por las mentes de sus feligreses, y aún de quienes no lo son en una sociedad cuyas creencias religiosas son principalmente animistas. Hace dos días, Larcio Langane, uno de los chicos que se criaron a su alrededor en Gaza, subió una fotografía recibiendo un premio de 7 mil dólares (443.660 meticais, la moneda local) por ser el “emprendedor del año” en aquellas tierras gracias a los vasos que fabrica reciclando botellas de vidrio.
Ahora, a 9507 kilómetros de distancia, la voz de Larcio se oye como si estuviese acá a la vuelta. Habla perfecto castellano, aunque a veces se cuela alguna palabra en portugués, idioma oficial de aquel país. El joven mozambicano de 33 años vive junto a su novia paraguaya, Roxana Noguera Ruiz (26), en Bilene, un paradisíaco balneario. Los dos se conocieron en Argentina, donde Larcio -por impulso del padre Juan Gabriel- fue becado por la Universidad Católica Argentina para estudiar Relaciones Internacionales.
“Yo lo conocí al padre Juan Gabriel cuando vino a misionar en el año 2000 a Macía. Yo era una crianca, tenía 8 años. Mis padres eran agricultores, ellos ya fallecieron. Tengo cuatro hermanas mujeres que no pudieron estudiar y hoy se dedican al comercio informal. Y un hermano varón. Tengo buenos recuerdos de esa época. El más importante es que no teníamos pelotas para jugar al fútbol, así que cuando el padre volvía desde Argentina, nos traía pelotas y camisetas de Racing. También nos llevó a conocer la capital, Maputo, nos compraba comida, gaseosas. Todo eso lo recuerdo bien, quedó en mi memoria…”, cuenta Larcio.

Más adelante, se anotó para estudiar en la escuela secundaria. “Vengo de una familia con muy pocos recursos, y gracias a la iglesia me fui desarrollando y creciendo hasta donde estoy hoy. Hice mi secundaria en el seminario Cristo Rey de Maputo, en ese momento quería ser sacerdote. Terminé la secundaria en el 2008, y después fui al seminario mayor, donde estudié filosofía. Y lo dejé en el año 2011. Me di cuenta que mi vocación era otra, y me dediqué a otras cosas”.
Esas “otras cosas” implicaban cumplir un sueño. “Desde crianca le decía al padre Juan Gabriel que me gustaría ir a estudiar a la Argentina, aunque solo sabíamos que era el país del papa Francisco, Messi y Maradona. Pero luego, en el medio, durante cinco o seis años, perdí el contacto con él. Un día, en el año 2013 estaba caminando, yo tenía un celular con el mismo número. Y recibí una llamada de número privado, atendí y era el padre Juan Gabriel. Reconocí su voz. ‘Te estoy llamando desde Argentina, ¿ todavía querés venir a estudiar? Me puso en contacto con Soledad, de la UCA Internacional, que me mandó mails con todo lo que tenía que hacer. Ella es la que me fue a buscar al aeropuerto. ¡Nosotros teníamos la camiseta de Racing puesta para que ella nos reconociera! Nos decían “muqueños” para identificarnos, jaja…”

Larcio fue uno de los dos primeros chicos mozambicanos en recibir la posibilidad de estudiar en la UCA. Llegó con un compañero llamado Jossias, de quien perdió el rastro. Con el tiempo, llegaron cinco más. Las últimas fueron dos mujeres, Carolina y Deolinda, que lo hicieron en enero de este año. Una de las condiciones que imponen para que vengan a estudiar es conseguir “padrinos” que les den alojamiento y solventen sus gastos cotidianos. A Larcio y Jossias los recibió el matrimonio de Julián Weich (el conductor de tevé) y su esposa Bárbara. “Al principio vivi con una familia peruana cerca de la parroquia Natividad de María, la de Barracas, donde había estado el padre Juan Gabriel. De hecho, allí y en Mozambique fui monaguillo suyo. Después Julián y Barbie nos encontraron un departamento en Honduras y Scalabrini Ortíz, que nos prestaron. Ya conocíamos Buenos Aires, sabíamos las calles. Teníamos independencia y nos pudimos dedicar al estudio. Los fines de semana nos llevaban a su casa en un country. Fueron nuestra familia en Argentina. Julián es re buena gente, ahora cuando me dieron el premio me mandó un audio…”
Por supuesto, cuando llegó, Larcio no hablaba una palabra de castellano. Mucho menos lo escribía. De eso también se hizo cargo la UCA. “En la universidad me dieron la posibilidad de tener clases intensivas, con diferentes profesores: unos me enseñaban gramática, otro a hablar. Hasta en el almuerzo teníamos un profesor con el que dialogábamos. Y eso fue desde el primer día que llegamos. Gracias a Dios lo aprendimos rápido”. Es que el día lo dedicaban al estudio. La rutina era levantarse a las 7 de la mañana, llegar a la UCA 7.30 y -cuenta- “nos quedábamos hasta que cerraba la facultad. Si no teníamos clases íbamos a la biblioteca o intercambiábamos con otros compañeros”.

El recuerdo que tiene Larcio de nuestro país es óptimo. “No sabíamos con qué nos encontraríamos, pero Argentina superó nuestras expectativas. La gente siempre fue muy solidaria con nosotros”. La estadía idílica que cuenta ni siquiera se vio empañada -según su testimonio- con algún acto de racismo. “Lejos de eso. En la facultad éramos casi los únicos negros y tuvimos siempre el apoyo de los compañeros, con los apuntes, con el estudio, con la escritura. Siempre digo que fuimos muy amados y mimados. Sigo en contacto con los profesores y mis compañeros y amigos por Facebook. Lo que vivimos nosotros hizo que otros estudiantes de mi país tuvieran el terreno bien preparado para que la UCA los recibiera”
Pero no sólo de estudiar vive el hombre, y Larcio no fue la excepción. “Recuerdo cosas. Extraño mucho la diversión que hay en Buenos Aires. Es una ciudad muy hermosa, con gente muy sociable, muy hospitalaria, alegre. Salíamos a bailar a la noche por Palermo, a Kika, por ejemplo… ¡creo que fui a todos los boliches porteños! También viajé en grupo, fui a Iguazú, lo pasé muy bien. Ir a la cancha a ver a Racing, soy hincha y socio. Y la comida también me gustó, el asado, el mate… A nosotros nos becó un empresario de Puerto Madero, y todos los días, durante los cinco años que estuvimos, pudimos ir a comer a Siga la vaca. Acá en Mozambique no hay carne, estoy comiendo verdura…”, enfatiza y se ríe con ganas.

Y aunque todas esas experiencias lo marcaron, nada se compara con haber conocido el amor en nuestra tierra. También ahí tuvo que ver Julián Weich. La novia de Larcio, Roxana, vivía desde muy chica en la casa de la abuela de Bárbara, la esposa del conductor. “Cuando volví a Mozambique, porque había llegado mi tiempo y tenía mis proyectos acá, ella decidió seguirme”.
La empresa que creó Larcio hace dos años fue concebida en nuestro país, en la época que trabajó, cuenta, en la consultora Surfing Tsunamis, de Ignacio Peña. “Él siempre me dijo que Mozambique y otros países de África son virgenes, que hay muchas cosas sin explotar y que se pueden hacer. Me ayudó con el proyecto y con parte del financiamiento”. Lo que creó germinó en su mente después de observar las calles de las ciudades mozambicanas. “Se me ocurrió hacer vasos por una razón simple. Cuando estaba en Mozambique yo veía que las ciudades estaban muy sucias. La gente toma agua, cerveza, gaseosas, y tira las botellas por la ventana de sus casas. Está todo contaminado, en la playa ni se podía jugar al fútbol por las botellas. Nadie respeta el medio ambiente. En Buenos Aires vi la ciudad limpia, la gente deposita la basura en su lugar. Pensé que con las botellas de vidrio se podían hacer vasos, porque los envases de plástico y metal tienen mercado. Y fundé Ecolola Green Glass. Primero fabriqué mis máquinas con una soldadora. Después compramos una máquina industrial en China, con la que hacemos entre 5 y 6 mil vasos por día. Aparecimos en los medios, la tele vino a entrevistarnos, hasta el presidente, Jacinto Nyuissi, vino a hablar conmigo. Dicen que somos la imagen de la juventud…”
A pesar de eso, dice Larcio que en Mozambique, “la situación económica no es buena. Las cosas no están nada bien. El gobierno tiene muchas deudas. Hay corrupción en la élite política. Mucha gente está en la extrema pobreza, es preocupante. Todo el tiempo llega gente a pedirme trabajo. Pero no puedo con todo. La gente que trabaja conmigo, son diez personas, no tiene asistencia del gobierno. Así se ganan la vida”.
El premio que le entregó Total (la empresa de combustibles francesa) no es el primero que recibió por su actividad industrial. Y en cada charla que da alrededor de Mozambique, se convirtió en un pequeño divulgador de nuestro país: “Acá la gente está educada para estudiar y después pedirle trabajo al Estado. Yo les hablo a los más chicos de emprendedurismo, que las ideas se pueden aplicar. Cuando digo que estudié en Argentina, muchos no me creen… Me preguntan dónde está eso. Entonces, como se que les gusta la Champions League y conocen a Messi, les digo que es argentino. Y ahí se les hace una sonrisa en la cara”.
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