
Auvers-sur-Oise, afueras de París, mediodía del 27 de julio de 1890. Vincent Willem van Gogh, al rayo del sol –su luz más amada– termina de pintar el que sería su último cuadro (Tres Raíces), y en las últimas horas de su vida.
Saca, de su valija llena de pinceles y pinturas, un viejo y pequeño revólver (un matagatos), y se dispara en el centro del pecho. La bala, de mínimo calibre, roza una costilla y no llega al destino elegido: el corazón.
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Ensangrentado, se desmaya.
Vuelve a su casa a duras penas. Clama por Theo, su hermano menor y su sostén. Pero éste y un médico recién llegan al otro día. Todo intento es inútil. Muere. Tiene apenas 37 años.
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Un siglo después, en encarnizada subasta, el empresario japonés Ryoei Saito paga por el cuadro Retrato del doctor Gachet, pintado por Vincent en 1890, ¡82,5 millones de dólares! Hasta entonces, la pintura más cara del planeta.
Se ha desatado la fiebre por van Gogh. Su serie Girasoles desata codicia y pugnas: dos años antes, el segundo de la saga, comprado en 39 millones por una viuda norteamericana, pasa a manos de otro japonés (Yasuo Goto) por 74 redondos…
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Su caso no es único en el mundo, pero el iluminado holandés se convierte en paradigma del genio incomprendido en vida y coronado post mortem.
Verdad irrebatible: entre los 25 años y hasta el fin salieron de sus modestos atelier 900 cuadros y 1.600 dibujos. Y una triste leyenda: sólo vendió uno. Le Vigne Rouge (El Viñedo Rojo), de 1888, pintado en Arlés, Provenza francesa, y hoy en el Museo Pushkin de Moscú.
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Leyenda desmentida, pero sin seguridad: su hermano Theo, importante marchand, arriesgó que no fue así, aunque el número no superó los cuatro o cinco, y jamás se conoció el nombre de los compradores.
Otra historia, apócrifa o no, es igualmente sombría. Al parecer, la dueña de una pensión en la que vivió Vincent tomó como pago de deuda uno de sus cuadros y lo usó para tapar una rotura en el alambrado de su gallinero.
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Hoy monstruo sagrado de la pintura, inclasificable (¿fauvista, impresionista, posimpresionista, expresionista, otros ismos e istas?), de pinceladas feroces y colores furiosos, o apagados y tétricos como Los comedores de papas, o desaforados y apabullantes como La noche estrellada, nacido el 30 de marzo de 1853, fue uno de los seis hijos de un más que humilde pastor protestante holandés.

Según Vincent, “mi juventud fue triste, fría y estéril”. Y no fue mejor el resto de sus años. Le pesó su nombre: fue llamado así porque otro Vincent nació muerto. Inestable para algunos, ávido para otros, trabajó en una galería de arte, fue pastor protestante –influencia de su padre–, y misionero entre los mineros de Bélgica: su posterior pasión y piedad por los pobres, los desdichados, los ignorados de la tierra.
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Ayudante de un pastor metodista inglés, su primer sermón define un misticismo que no abandonó nunca:
"Cuando me encontraba en el púlpito me sentía como quien desde una oscura cueva subterránea vuelve a salir a la plena luz, y es maravilloso pensar que, desde ahora, predicaré el Evangelio por todo el mundo".
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No fue así. Pero su arte es hoy, y eternamente, una prédica.
Dos amores tuvo, tan fuertes como prohibidos por el prejuicio de Theo: su prima Kate, y la prostituta Sien, con la que vivió hasta que ese hermano al que amaba –le escribió 650 de las 800 cartas que se conservan– lo convenció de dejarla en aras de "las buenas costumbres" (¿?).
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Solitario a la fuerza, detestaba la soledad. Ese vacío lo impulsó a compartir su famosa casa amarilla de Arlés (imposible no maravillarse ante ese cuadro) con Paul Gauguin: dos caracteres díscolos y fuertes, quizá una relación sexual, violentas y continuas peleas, inevitable separación, y el acto desesperado: Vincent se corta parte del pabellón de su oreja izquierda y le manda ese despojo a Paul.

Pero también produce una obra maestra: Autorretrato con oreja vendada (1889, óleo sobre lienzo, 51×45 cm).
Los diagnósticos modernos sobre la presunta locura del genio parecen golpes fallidos a una piñata. Basándose en un antecedente (su internación como enfermo mental en un asilo francés de Saint-Rémy-de-Provence), se lo diagnosticó como epiléptico, esquizoide, paranoico, y todo el repertorio. Lo único cierto, porque le sucedía desde niño, era que padecía de convulsiones bastante frecuentes, además de sus largos períodos de melancolía y tendencia a aislarse.
Como posible remedio, Theo lo puso en manos del doctor, homeópata y pintor aficionado Paul-Ferdinand Gachet. Que no lo curó…, aunque dijo que sí y le dio el alta, pero fue su modelo para el cuadro de 82 millones de dólares.
En una carta a Theo, le dice: “Prefiero pintar ojos de seres humanos en vez de catedrales, ya que hay algo en los ojos que no está en las catedrales, no importa lo solemnes e imponentes que éstas puedan ser. El alma de un hombre, así sea la de un pobre vagabundo, es más interesante para mí”.
Catedrales… Su cuadro El dormitorio en Arlés, de 1889, hoy en el Museo de Orsay, París, sólo tiene una cama, una mesa, dos sillas, un espejo, cinco cuadros, pero es imposible no venerarlo. Como se veneran las imágenes de las catedrales.
Exactamente así.
El artículo original fue escrito por Alfredo Serra y publicado el 27 de julio de 2019.
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