
No podía imaginar ese final. Quiso juntarse con su marido para separarse en buenos términos y hacer un acuerdo económico. Todo terminó de la peor manera.
Aquella escena final fue en Los Ángeles el 14 de agosto de 1980. El detective que la encontró se espantó con la brutalidad que vieron sus ojos. Dorothy Stratten, modelo súper famosa, yacía muerta en el piso, desnuda. A su lado había un hombre también desnudo y también muerto. Había un lago de sangre alrededor.
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Dorothy era la playmate de ese año: tapa y foto a doble página de la revista Plaboy, la lujosa tarjeta de presentación del imperio de Hugh Hefner. Nombre: Dorothy Stratten. Edad: 20 años. Ocupación: Modelo, y actriz in progress.
Él era nada. Nadie. Paul Snider: un proxeneta. Pero también su marido…
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La reconstrucción del crimen y los informes forenses estremecieron a la ciudad, y hubo luto entre las conejitas de la mansión, sus compañeras.
Según esos peritajes, apenas Dorothy entró, estalló una violenta discusión. Ella quería el divorcio, pero él sólo lo aceptaba si ella le cedía, de por vida y con documento firmado, la mitad de sus ganancias.
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Hubo sexo: de ahí la desnudez de ambos, además de las inequívocas huellas analizadas por los forenses.
Se sospecha que la discusión llegó a nivel volcánico. Paul tomó su escopeta calibre 12… y le voló la cabeza. Una cabeza rubia llamada a dar golpe en Hollywood.
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Después, furiosa necrofilia. Y por fin, él también se mató del mismo modo, con el caño en la posición más segura: debajo del mentón.
En el interrogatorio, el detective privado confesó que Paul Snider lo había contratado para que siguiera a Dorothy noche y día.
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Más que por celos, porque se le escapaba "mi gallina de los huevos de oro", como la nombraba ante sus marginales amigos…
La semilla de la tragedia germinó dos décadas antes, el 28 de febrero de 1960, en Vancouver, Columbia Británica, Canadá, cuando nació la niña Dorothy Ruth Hoogstraten.
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Familia hecha jirones: padre fugitivo que huyó cuando apenas su hija cumplió tres años, madre débil y sin recursos, una hermana menor, y el magro apoyo de la Social Security…
A sus 14 años, Dorothy era la más bella del colegio, pero no llegaría a la universidad. La necesidad la obligó a trabajar como mesera en el Dairy Queen, un restaurante de comida rápida. En sus horas libres aprendió a patinar (estuvo cerca de llegar al grado de profesional), escribía poemas, tenía un novio un par de años mayor, y muy poco más…, pero con un naipe ganador en la manga: su belleza. Pelo, cara, cuerpo –medidas ideales–, y en verano, fan de aquellos inquietantes y famosos shorts que impuso la actriz y pin-up Betty Grable entre los años 40 y 50…
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Pero a sus 17 años, y antes de probar suerte en el mundo del espectáculo, cayó en la red de Paul Snider, un proxeneta de largas patillas vestido como para el show del mal gusto y calzado… con botas tejanas de piel de cocodrilo (¡!)
Un espécimen que cazaba mujeres organizando desfiles de modelos y sesiones de fotografía para aspirantes a estrellas. Por supuesto, desnudas…
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Trepador nato, sus armas más notorias eran un Corvette negro, y una limusina dorada para llevar a las chicas que trabajaban para él en Beverly Hills y alrededores.
Pero el negocio no rendía a la medida de su ambición, y temblaba ante una condena por agente de prostitución, y la cárcel. Bajó la cabeza, arrió su bandera, volvió al pueblo en que nació, un día entró al Dairy Queen…, y vió a Dorothy.
Delincuente y once años mayor que ella –en ese momento, 31 contra 17–, le dijo al tipo que lo acompañaba: –Esa rubia me hará rico.
El primer paso fue un clishé: abordaje, regalos (joyas falsas y ropa de segunda clase pero inalcanzables para ella), palabrería, susurros de amor, y un departamento alquilado con vista a la bahía. El pez mordería el anzuelo…

Por esos días, la revista Playboy celebró su primer cuarto de siglo, y Hefner lo celebró con un concurso para conocer futuras conejitas.
Para Snider fue un inesperado premio mayor. Escalera real servida. Contrató a un fotógrafo para que hiciera el book de Dorothy, y lo mandó directo a las fauces de su envidiado zar de la cadena Playboy. Y se casó con ella: su seguro de vida y de fortuna.
Antes de una semana llegó el pasaje de avión a Los Ángeles. Snider la acompañó al aeropuerto, y le dijo que si el poderoso Hugh le pedía dormir con ella, que no se negara.
Llegó a la final del concurso, pero el título de playmate lo ganó Candy Loving. Sin embargo, ese segundo puesto le aseguró el título de conejita y el pase al club playboy de Los Ángeles: el más famoso después del mítico de New York.

En Vancouver, Snider sintió que la presa se le escapaba…
¡Y cómo! En 1978, el director de cine Peter Bogdanovich fue por primera vez a la mansión de Playboy, y vio a Dorothy. –Estoy haciendo un casting para mi nueva película. Llamame… La película era Todos rieron, y la novata Stratten –acortó así su apellido– actuó junto a Audrey Hepburn y Ben Gazzara.
Ya se la había visto en un capítulo de la serie La isla de la fantasía y en otro de Buck Rogers, pero la de Peter era primera categoría.
Director y estrella en ciernes pasaron tres meses en Europa, y no fue flirt: él le propuso casamiento, y una vida juntos en Bel Air. Ella aceptó, pero antes debía pedirle el divorcio a Snider.
La negociación se tornó muy dura: el chulo exigía que Dorothy le pagara el 50 por ciento de sus ganancias, y de por vida. Acordaron reunirse una última vez para discutir esos términos.
Peter, sus amigos y muchas compañeras del club Playboy le rogaron que no fuera. Sabían que Snider tenía otra pareja, y que se comportaba de un modo extraño, inestable, violento a veces. Ella no les creyó: –Es muy agradable, y creo que debo darle algo de dinero. Él me descubrió…

Y allá fue. Hacia la muerte.
Bogdanovich, en el libro sobre su vida (The killing of de Unicorn), escribió: “No puedo creer que haya existido, que fuera un sueño. No sé si podré amar a alguien como amé a Dorothy”. El crítico-estrella Vincent Canby le dio un espaldarazo: “La señorita Stratten poseía una adorable presencia en la pantalla: podría haberse convertido en una comediante de primer orden”. Hugh Hefner definió: “Hay un clásico clishé: la chica de pueblo que viene a trabajar a Playboy y muere porque quiso vivir muy rápido. Pero eso no ocurrió con Dorothy Stratten. Su marido era un hombre muy enfermo que vio cómo su gallina de los huevos de oro, su conexión con el poder, se desvanecían…, por eso la mató”.
En 1984, Bogdanovich empezó a salir con la hermana menor de Dorothy, Louise Beatriz. Le pagó una escuela privada, clases en una escuela de modelos, la colmó de regalos, y en 1988 se casó con ella. Él tenía 49 años, y ella 20 –la misma edad de Dorothy al morir–. Trece años después, se divorciaron. La vida y la tragedia de la playmate fue llevada al cine en 1983. El film, Star 80, fue dirigido por el genial coreógrafo Bob Fosse, y el rol de Dorothy lo encarnó la no menos bella Mariel Hemingway”.
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