A 60 años de la condena de “los asesinos del páramo”: los novios que secuestraban, violaban y mataban a niños y adolescentes

El 6 de mayo de 1966, la Justicia británica condenó a cadena perpetua a Ian Bradley y Myra Hindley, los criminales que después de vejar y asesinar a sus víctimas las enterraban en el páramo de Saddleworth. Los terroríficos documentos descubiertos el año pasado y el cuerpo que nunca se pudo encontrar

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Ian Brady y Myra Hindley
Ian Brady y Myra Hindley (Wikipedia)

A mediados del año pasado, con el estreno del documental de la BBC Los asesinatos de los páramos: una búsqueda de justicia, dirigido por Duncan Staff, los familiares de Keith Bennett tuvieron renovadas esperanzas de conocer el destino final del niño de 12 años asesinado en 1964, la única de las seis víctimas de la siniestra pareja formada por Ian Brady y su novia Myra Hindley cuyos restos siguen desaparecidos. Con los dos asesinos muertos en prisión, la versión de que podrían encontrarse las últimas doscientas páginas de la autobiografía que Brady escribió en la cárcel hizo pensar que finalmente se podrían localizar.

La primera parte del texto salió a la luz después de la muerte de Brady, que en las primeras líneas prometía: “La razón por la que ahora escribo es bastante simple; revelar los hechos completos del caso por primera vez jamás. Todo pensamiento y toda ofensa que encuentres en las siguientes páginas lleva la autenticidad de mi propia mano y no puede ser desmentida”. La última parte del manuscrito, donde se podría encontrar la localización del cadáver de Bennet, nunca apareció. Se sabe que son dos centenares de páginas y se supone que podrían haber estado en poder del abogado del asesino, Benedict Birnberg, fallecido en 2013.

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Es lo que se desprende de la información del archivo del teólogo Alan Keightley quien entrevistó a Brady en varias ocasiones y durante horas en el Hospital Especial de Ashworth, donde estuvo internado durante un período. Keightley también falleció en 2023, pero su viuda, Joan, facilitó a los realizadores del documental el acceso a los papeles de su esposo, entre los cuales se encontró una copia incompleta de Black Light, el original de Brady sobre sus crímenes. El texto se interrumpe en la página 394 y, según sostenía en vida el teólogo Keightel, el asesino le dijo que había escrito más de 600.

Hasta hoy, cuando se cumplen 60 años del día en que Brady y Hindley fueron condenados a cadena perpetua por sus crímenes, esos papeles perdidos que podían cerrar definitivamente el caso siguen sin aparecer. Sin embargo, esa nueva esperanza frustrada y el estreno del documental volvieron a poner en primer plano los crímenes de la pareja de asesinos en serie más infame de Gran Bretaña. Lo que sigue es su historia, la de “los asesinos del páramo”.

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Ian Brady estaba obsesionado con textos nazis sobre la supremacía aria y con escritos del marqués de Sade e introdujo en ellos a su novia, Myra Hindley
Ian Brady estaba obsesionado con textos nazis sobre la supremacía aria y con escritos del marqués de Sade e introdujo en ellos a su novia, Myra Hindley

Fascinación por los páramos

El niño Ian Brady acababa de cumplir 9 años cuando participó de una excusión escolar al lago Lomond, el segundo más grande de Escocia, y quedó fascinado. Allí protagonizó un incidente a quien nadie le dio importancia. En un momento, mientras sus compañeritos descansaban sentados en el pasto, Ian se alejó del grupo y caminó por el páramo hasta alcanzar la cima. Los profesores lo llamaron una y otra vez pero el chico, que miraba a su alrededor desde las alturas, no quería bajar. Tuvieron que ir a buscarlo. Cuando su maestra lo reprendió y le preguntó por qué no había obedecido, la respuesta la sorprendió: “Porque me sentía fuerte y poderoso, como si fuera el dueño de todo”, le contestó.

Ese episodio, ocurrido la primavera de 1947, quedó olvidado hasta que muchos años después, cuando Brady se había convertido en el criminal más odiado de Gran Bretaña, esa maestra lo recordó. Porque esa fascinación por los páramos —esos que lo hacían sentir poderoso— fue decisiva a la hora de cometer los asesinatos que le dieron triste celebridad.

Corría 1965 cuando Reino Unido entero se horrorizó al conocer la serie de seis asesinatos de niños y adolescentes perpetrada por Brady con la complicidad de su novia Myra Hindley en el transcurso de dos años. No solo por la crueldad de los crímenes y la edad de las víctimas, sino por el siniestro cóctel de motivaciones que los llevó a cometerlos: una mezcla de lecturas nazis, creencias en la superioridad de la raza aria y perversiones sexuales potenciadas entre sí. A eso se sumaba otro ingrediente de terror: la utilización de los páramos de Saddleworth, en las afueras de Manchester, para deshacerse de los cuerpos en extraño ritual que incluía medir la distancia en pasos entre el lugar donde los enterraban y algún punto de referencia para orientarse al volver a visitarlos. Por eso los llamaron “los asesinos del páramo”.

La sociedad británica ya conocía a otros asesinos en serie, desde que en 1888 “Jack el Destripador” inaugurara esa nueva categoría criminal con su cadena de truculentas muertes de prostitutas en Whitechapel, en el East End londinense. Pero había casos mucho más recientes. Se recordaba todavía el de John Christie, ejecutado en 1953 por el asesinato de por lo menos ocho mujeres en la capital del Reino Unido. También el de Peter Manuel, “la Bestia de Birkenshaw”, condenado a muerte en 1958, responsable de la muerte de siete personas. Sin embargo, los crímenes perpetrados por Ian Brady y Myra Hindley impactaron mucho más fuerte en la opinión pública y cada detalle que trascendía sobre el modus operandi de la pareja de asesinos multiplicaba la indignación y el horror.

Myra Hindley en la tumba de John Kilbride
Myra Hindley en la tumba de John Kilbride, una de las víctimas de la pareja (Wikipedia)

Un niño sufrido y sádico

Ian Brady nació el 2 de enero de 1938 en Glasgow, Escocia, hijo de Margaret “Peggy” Stewart, una camarera soltera que nunca reveló el nombre del padre, aunque decía que era un periodista de Glasgow que murió tres meses antes de la llegada al mundo de Ian. Incapaz de mantenerlo, lo cedió Mary y John Sloan, un matrimonio con cuatro hijos que le puso su apellido. Margaret seguía visitando a su hijo, que creyó creciendo que era su “tía Peggy”, hasta que un día dejó de ir. Ian tenía 12 años y fue entonces cuando Mary y John le contaron la verdad. El chico lo tomó realmente mal: se tornó violento en su casa y en el colegio, tenía ataques de rabia, se golpeaba la cabeza contra las paredes, capturaba a los perros y gatos del barrio para matarlos y enterrarlos en pequeñas tumbas que cavaba en el patio de la casa. Por esas cosas, en el barrio lo odiaban.

Pero Ian era inteligente y eso le permitió, a pesar de su mal comportamiento, asistir a la Academia Shawlands, una escuela para alumnos con un nivel académico superior al promedio. No duró mucho tiempo allí: se fue o lo expulsaron cuando tenía 15 años y entonces tuvo que trabajar, primero como mensajero y después en un astillero. Casi al mismo tiempo empezó a tener problemas con la policía y debió comparecer dos veces ante un tribunal de menores por allanamiento de morada, es decir, por haber entrado a una casa para robar. También estuvo brevemente detenido por amenazar con una navaja a su novia de entonces, Evelyn Grant, simplemente porque en una fiesta había bailado con otro chico.

Dejó Glasgow para recalar en Manchester, donde también combinó breves períodos de trabajo con entradas a la cárcel por diferentes delitos. Pareció sentar cabeza en 1959, cuando consiguió un trabajo en el área contable de Millwards Merchandising, una empresa mayorista de distribución de productos químicos. Sus compañeros lo consideraban un joven tranquilo, puntual, pero irascible. En sus ratos libres paseaba en una moto Tiger Club que había comprado y estudiaba alemán. Sus lecturas eran anárquicas: leyó Mi Lucha, de Adolf Hitler, y se fascinó con una biografía del Marqués de Sade, una combinación que comenzó a hacer germinar nuevas ideas y tentaciones en su cabeza. De esas cosas conversaba con una chica que trabajaba en la misma empresa con la que se puso de novio. Se llamaba Myra Hindley.

El 12 de julio de 1963 "los asesinos del páramo" secuestraron y asesinaron a su primera víctima. Desde ese día, y durante dos años, ejecutaron la misma metodología: secuestro, violación, asesinato y entierro de los cuerpos en sitios a los que pudieran regresar a contemplar su obra
El 12 de julio de 1963 "los asesinos del páramo" secuestraron y asesinaron a su primera víctima. Desde ese día, y durante dos años, ejecutaron la misma metodología: secuestro, violación, asesinato y entierro de los cuerpos en sitios a los que pudieran regresar a contemplar su obra

Una buena muchacha

Myra era una típica chica de clase baja de Manchester que había sabido enfrentar la adversidad. Nacida el 23 de julio de 1942, cargaba sobre sus espaldas con una infancia dolorosa y la historia de un padre paracaidista que, traumado por la guerra, pasaba el tiempo maltratando a su madre y también a ella. A pesar de eso, fue buena estudiante y todos la veían como una chica amable y dulce a la que le gustaban mucho los niños y que ayudaba a la economía familiar trabajando de niñera.

Abandonó ese trabajo después de una tragedia en la que no tuvo ninguna responsabilidad, pero de la que siempre se sintió culpable. Michael, uno de los chicos que cuidaba, la invitó a que lo acompañara en una excursión a un lago que haría con su familia, pero Myra no pudo ir porque tenía otras ocupaciones. Esa misma tarde supo que el pequeño Michael se había ahogado. Fue un golpe terrible para ella y no quiso cuidar más niños por miedo a que ocurriera otra desgracia. Se deprimió tanto que dejó los estudios y solo encontraba consuelo leyendo La Biblia.

Consiguió trabajo como dactilógrafa en Millwards Merchandising. Allí conoció a Ian en 1961 y se enamoró casi de inmediato. Ese amor también le cambió la vida porque, para satisfacer las expectativas de su novio, modificó su manera de vestir por una mucho más audaz, se compró minifaldas y botas de cuero, se tiñó el pelo de rubio platino y se alejó por completo del catolicismo que profesaba con fervor para adentrarse en las lecturas y las creencias del hombre que la tenía fascinada. Impulsada por Ian, se introdujo en los textos nazis y también en los del marqués de Sade. Al poco tiempo se había convertido en otra mujer.

Antes de conocer a Ian, Myra no había tenido relaciones y las descubrió al ritmo de los deseos y las fantasías de su novio, en las que el sexo se satisfacía con la dominación y la violencia. Adoptó, incluso, un nuevo nombre, “Myra Hess”, por el apellido del segundo de Hitler, llegó a calzarse un uniforme nazi y así vestida armaba escenas sadomasoquistas con Ian. Para recordarlos registraban esos “juegos” con una cámara de fotos.

Myra Hindley
Antes de conocer a Ian, Myra había sido buena estudiante, considerada por todos como una chica amable y dulce a la que le gustaban mucho los niños y que ayudaba a la economía familiar trabajando de niñera (Wikipedia)

Asesinos en serie

Se divertían así, en la intimidad y sin afectar para nada el mundo exterior hasta que un día Bradly le hizo una propuesta que ella no quiso o no pudo rechazar: cometer el crimen perfecto. Los blancos serían niños, esos que ella tanto había amado en sus tiempos de niñera, pero a los que Ian consideraba seres inferiores y despreciables, indignos de habitar el planeta. De paso, antes de matarlos, los violarían, lo que contribuiría también a hacer más interesante el sexo de la pareja. “En cuestión de meses él (Brady) me había convencido de que no existía ningún Dios: podría haberme dicho que la Tierra era plana, que la Luna estaba hecha de queso verde y que el Sol salía por el oeste, le habría creído, tal era su poder de persuasión”, contaría Myra después de ser condenada.

El 12 de julio de 1963 salieron dispuestos a “cazar” a su primera víctima. Myra se puso al volante de una furgoneta e Ian la siguió en su moto Tiger Club. La chica no había manejado mucho cuando se cruzó con Pauline Reade, una adolescente de 16 años de aspecto aniñado, a la que conocía porque había sido compañera de escuela de su hermana Maureen. Por eso, Pauline no desconfió cuando Myra detuvo la furgoneta y le pidió ayuda para buscar un guante que había perdido en el páramo de Saddleworth. Cuando llegaron, Ian estaba esperándolas y redujo a Pauline. La golpeó, la desnudó y la violó ante la mirada impasible de Myra. Cuando terminó, la estranguló con un cinturón y entre los dos arrastraron el cuerpo de la chica hasta un lugar del páramo donde lo enterraron. Antes de irse, contaron los pasos que separaban la tumba de una gran piedra para poder volver.

Les gustó la experiencia y desde entonces utilizaron el mismo modus operandi con el resto de las víctimas: captación, traslado a un paraje solitario, violación y asesinato. El segundo en caer en las garras de Ian y Myra fue John Kilbride, de 12 años, al que secuestraron en un mercado en la ciudad de Ashton-under-Lyne el 23 de noviembre de ese mismo año. Lo llevaron al páramo de Saddleworth, donde lo asesinaron y lo enterraron, nuevamente en un lugar que pudieran encontrar si querían regresar para recordar su obra.

La tercera víctima fue Keith Bennett, también de 12 años, a quien secuestraron en el distrito de Longsight de Manchester el 16 de junio de 1964. Su padrastro, Jimmy Johnson, se convirtió en sospechoso; en los dos años posteriores a la desaparición de Bennett fue interrogado y los detectives registraron bajo el suelo de la casa familiar. No encontraron nada y nadie imaginó que Keith había sido secuestrado por “los asesinos del páramo” y que su cuerpo estaba enterrado en Saddleworth.

El 26 de diciembre de ese año, Brady y Hindley encontraron a Lesley Ann Downey, de diez años, caminando sola por una feria en Ancoast y le pidieron que los ayudara a llevar sus compras al auto. Una vez allí la subieron a la fuerza y la llevaron a su casa, en Wardle Brook Avenue. Allí la desnudaron, la amordazaron y la obligaron a posar para fotografiarla. Después Ian la violó y la estranguló con una cuerda. Todo el ataque quedó registrado en una cinta de audio, donde se escuchan los gritos de la niña y, de fondo, un tema de The Beatles, I feel fine (Me siento bien). Al día siguiente llevaron el cuerpo al páramo y lo enterraron en una fosa de poca profundidad.

Víctimas de Ian Brady
Las víctimas de Ian Brady y Myra Hindley tenían entre diez y diecisiete años (The New York Times)

Un muerto y una visita inesperada

Las cuatro desapariciones de chicos tenían desconcertada a la policía de Manchester. No tenía una sola pista: ni siquiera sabía que los cuatro chicos estaban muertos y mucho menos conocía la existencia de “los asesinos del páramo”. Brady y Hindley estaban fuera de toda sospecha. Podrían haber seguido con su raid de violaciones y asesinatos durante mucho tiempo más si no hubieran sido descubiertos —y delatados— por una casualidad.

La noche del 6 de octubre de 1965, Myra llevó a Ian a la estación central de trenes de Manchester y lo esperó en el auto. No pasó mucho tiempo antes de que volviera acompañado por Edward Evans, de 17 años, al que había engañado proponiéndole mantener relaciones sexuales. El chico ni siquiera desconfió cuando Brady le presentó a Hindley como su hermana diciendo que los llevaría hasta su casa. Una vez allí, intentaron reducirlo, pero el chico se resistió. Estaban en eso cuando llegó imprevistamente David Smith —el novio de Maureen, la hermana de Myra— a buscar unas botellas de vino que le habían prometido.

Lo recibió su cuñada, que le pidió que esperara en la cocina mientras ella iba a buscarlas. “Esperé un par de minutos y de repente oí un grito tremendo; parecía el de una mujer, muy agudo. Los gritos continuaron, uno tras otro, muy fuertes. Entonces oí a Myra gritar: ‘Dave, ayudalo’, muy fuerte. Cuando entré corriendo, me quedé en la sala y vi a un joven. Estaba tumbado con la cabeza y los hombros sobre el sofá y las piernas en el suelo. Estaba boca arriba. Ian estaba de pie sobre él, de frente, con las piernas a ambos lados de las del joven. El joven seguía gritando... Ian tenía un hacha en la mano... la sostenía por encima de la cabeza y golpeó al joven en el lado izquierdo de la cabeza con el hacha. Oí el golpe; fue un golpe terriblemente fuerte, sonó horrible”, le contó después Smith a la policía.

Creyendo que si no lo hacía también lo matarían a él, David Smith aceptó cuando Brady le pidió que lo ayudara a envolver el cuerpo con un plástico y le hizo prometer que volvería a la mañana siguiente para acompañarlo a enterrarlo en el páramo. Pasó la noche sin dormir y a las 6 de la mañana se armó de valor y llamó a la policía desde un teléfono público para denunciar el asesinato. Un patrullero lo recogió en la cabina telefónica y lo llevó a la comisaría de Hyde, donde les contó a los agentes todo lo que había visto y lo que le habían obligado a hacer.

Después de escuchar el relato del chico, el superintendente de policía Bob Talbot, de la división de policía de Stalybridge, fue hasta la casa de Wardle Brook Avenue acompañado de un sargento detective y llamó a la puerta. Lo atendió Myra, que los dejó pasar cuando se identificó. Encontraron a Ian en la sala, donde estaba escribiendo una carta para su jefe para justificar que ese día no iría a trabajar. Los policías revisaron la casa y encontraron el cuerpo de Evans en una habitación. “Eddie y yo tuvimos una pelea y la situación se salió de control”, les explicó Ian sin mostrar ninguna emoción.

El 6 de mayo de 1966 Brady y Hindley fueron declarados culpables por los asesinatos y sentenciados a cadena perpetua (AP)
El 6 de mayo de 1966 Brady y Hindley fueron declarados culpables por los asesinatos y sentenciados a cadena perpetua (AP)

A la cárcel para siempre

Durante los interrogatorios, Myra e Ian dieron versiones diferentes de los hechos. La chica se declaró inocente y aseguró que solo había ayudado a su novio por miedo; en cambio, Bradly no solo confesó el crimen de Edwards, también relató todos los demás. En ningún momento mostró arrepentimiento, ni siquiera cuando le mostraron las pruebas más importantes en su contra: las fotos y las grabaciones de las víctimas violadas, torturadas y asesinadas, y fotos suyas y de Myra sonriendo junto a las tumbas que habían cavado en el páramo de Saddleworth.

El impacto sobre la sociedad británica fue tremendo. El juicio se celebró durante 14 días de abril de 1966 en Chester Assizes, ante el juez Fenton Atkinson, que ordenó que se instalaran vidrios blindados para proteger a los acusados ante la posibilidad de que alguien irrumpiera en la sala y quisiera matarlos a tiros. Brady y Hindley fueron acusados del asesinato de Evans, Downey y Kilbride.

El 6 de mayo, el jurado declaró a Brady culpable de los tres asesinatos y a Hindley culpable de los asesinatos de Downey y Evans. Como la pena de muerte por asesinato había sido abolida seis meses antes, el juez dictó la única sentencia que la ley permitía ahora por asesinato: cadena perpetua. Al dar a conocer la pena, el juez Atkinson llamó a Ian y Myra como “dos asesinos sádicos de la mayor depravación”.

Después de la sentencia, los dos cómplices se distanciaron y Myra se justificó diciendo que había sido manipulada por su novio. Con esa excusa pasó los siguientes años presentando solicitudes de libertad condicional que siempre le fueron negadas. Murió de bronconeumonía el 15 de noviembre de 2002, a los 60 años, y sus restos fueron enterrados en una fosa común. Las crónicas de la época relatan que veinte enterradores se negaron a darle sepultura. Después de pasar casi dos décadas en la cárcel, en 1985 Brady fue transferido a un hospital psiquiátrico con un diagnóstico de esquizofrenia. Allí protagonizó huelgas de hambre y múltiples intentos de suicidio hasta su muerte a los 79 años, ocurrida el 15 de mayo de 2017.

Los restos de Keith Bennett, el niño de 12 años asesinado en 1964, son los únicos, entre las seis víctimas de la siniestra pareja, que siguen desaparecidos
Los restos de Keith Bennett, el niño de 12 años asesinado en 1964, son los únicos, entre las seis víctimas de la siniestra pareja, que siguen desaparecidos

Fotos de terror

Muchos de los documentos originales de la defensa del juicio de Brady y Hindley, que ahora están en poder del documentalista Duncan Staff y su equipo, no se habían hecho públicos hasta el año pasado. Los archivos, conservados durante décadas por uno de los abogados defensores, incluyen actas de interrogatorios, notas escritas por Hindley durante los interrogatorios policiales y fotografías tomadas por Brady en Saddleworth Moor.

Durante la investigación policial inicial se creyó que las fotos contenían pistas, y Hindley confirmó en entrevistas con Staff en la década de 1990 que Brady las había tomado para recordar dónde estaban enterrados los cuerpos. En una toma, se ve a Hindley agachada sobre una roca, acunando a su perro, en una zona conocida como Hollin Brown Knoll. Posteriormente se descubrió que este era el lugar exacto donde fue enterrado John Kilbride. Los cuerpos de Lesley Ann Downey y, mucho después, de Pauline Reade, también fueron hallados cerca. En cambio, los restos de Keith Bennett siguen sin ser encontrados.

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