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Canciones en susurros, un libro de recetas y ensayos médicos: el horror de Ravensbrück, el campo nazi solo para mujeres

Las prisioneras fabricaron joyas con desperdicios y escribieron obras de teatro a modo de resistencia. Ravensbrück llegó a albergar a 132.000 mujeres y niños de 23 países

Fotografía en blanco y negro de un barracón. Numerosas mujeres, algunas sentadas en un largo banco de piedra, otras en literas de madera de tres niveles
El campo de Ravensbrück fue construido por orden de Heinrich Himmler en 1938
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“Cuando te sientas triste, canta. ¡Canta y vivirás!” La española María Dolores García Echevarrieta lo dijo en el interior de Ravensbrück, el único campo de concentración nazi construido exclusivamente para mujeres.

Entre mayo de 1939 y abril de 1945, 130.000 mujeres cruzaron las puertas de ese campo del horror levantado a orillas del lago Schwedt, a unos 80 kilómetros al norte de Berlín. La mayoría no volvió a salir. Las que sobrevivieron lo hicieron fabricando joyas en secreto, organizando programas de educación clandestina, escribiendo obras de teatro cómicas sobre la vida en el campo y, sobre todo, cantando.

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Una mujer descalza, de espaldas a la cámara, muestra las cicatrices en sus piernas a un hombre que se inclina para examinarlas en un entorno tipo sala de audiencias
Una sobreviviente de Ravensbrück muestra las heridas de los ensayos médicos nazis en los Juicios de Núremberg

El campo que el mundo tardó en ver

El campo fue construido por orden de Heinrich Himmler en 1938. En su diseño original, tenía capacidad para unas 3.000 a 6.000 personas. En ocho meses ya la había superado. Según los registros del Museo del Holocausto de Houston, llegó a albergar a 132.000 mujeres y niños de 23 países. Barracones pensados para 250 personas llegaron a contener 2.000. Quinientas mujeres compartían tres letrinas sin puertas. Las mantas escaseaban.

A diferencia de Bergen-Belsen, Dachau o Buchenwald, ningún fotógrafo profesional acompañó a las tropas soviéticas que lo liberaron. Eso, sumado a que quedó enclavado en la Alemania del Este durante décadas, convirtió a Ravensbrück en el campo más desconocido del Holocausto. El mundo tardó años en asomarse a sus instalaciones.

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Fotografía en blanco y negro de unas quince mujeres prisioneras con uniformes de rayas, posando frente a barracones de madera en Ravensbrück. Se ve un cartel con 'Vorsicht! Hochspannung'
Un grupo de mujeres prisioneras posa frente a los barracones en el campo de concentración nazi de Ravensbrück, el único campo diseñado exclusivamente para mujeres.

Quiénes eran las prisioneras

Una fracción relativamente pequeña de las reclusas era judía. Los registros disponibles apuntan a unas 26.000 de las 130.000 prisioneras totales. El resto llegó por razones que el régimen nazi catalogaba bajo el término “desviación”. Eran espías y agentes de la Resistencia, académicas que habían apoyado el socialismo o el comunismo, mujeres gitanas, testigos de Jehová, prostitutas, lesbianas, esposas arias de hombres judíos, personas con discapacidad y enfermas mentales.

Todas portaban un triángulo de tela cosido al uniforme que indicaba su categoría: rojo para las presas políticas, verde para las criminales, amarillo para las judías, negro para las “asociales”. Cuantas más categorías acumulaba una mujer, más triángulos llevaba. Y peor era su suerte.

Las prisioneras llegaban de Rusia, Francia, Polonia, Países Bajos y España. Lo único que compartían, según la lógica del régimen, era que ninguna encajaba en el proyecto de futuro alemán que el nazismo pretendía construir.

Fotografía en blanco y negro de un grupo de mujeres con ropa de trabajo excavando tierra en un terreno embarrado frente a edificios de piedra con techos inclinados
Las prisioneras se levantaban antes de las 4 de la mañana. Construían caminos tirando de rodillos de pavimento como si fueran animales de carga

Trabajo forzado, experimentos y hambre

Las prisioneras se levantaban antes de las 4 de la mañana. Construían caminos tirando de rodillos de pavimento como si fueran animales de carga. En los talleres, pasaban turnos enteros encorvadas sobre componentes eléctricos de cohetes o cosiendo uniformes para otros prisioneros y abrigos para los soldados alemanes. El domingo era el único día libre, reservado para socializar.

Unas 86 prisioneras, la mayoría polacas, fueron seleccionadas para experimentos médicos. Los doctores del campo estudiaban la eficacia de fármacos antibacterianos llamados sulfonamidas para tratar infecciones de guerra, en particular la gangrena. Para ello infectaban a las mujeres deliberadamente. Abrían cortes profundos hasta músculo y hueso, depositaban bacterias letales junto a astillas de madera y vidrio. También practicaban amputaciones y trasplantes de huesos y nervios.

Muchas de estas mujeres murieron en el proceso. Las que sobrevivieron lo hicieron con secuelas permanentes. Los médicos también esterilizaron a mujeres gitanas a quienes prometieron la libertad a cambio de someterse a la operación. Las operaron. Las retuvieron.

Una imagen en blanco y negro muestra a varias mujeres con ropa de prisioneras detrás de una valla de alambre de púas, con barracones de madera al fondo
A las mujeres se les administraban inyecciones para suprimir la menstruación y maximizar su disponibilidad para el trabajo forzado en Ravensbrück

La doctora Herta Oberheuser, acusada durante los Juicios de Núremberg de inyectar gasolina a prisioneras e infligirles heridas deliberadas, fue uno de los rostros de esa medicina al servicio del horror.

A las mujeres se les administraban inyecciones para suprimir la menstruación y maximizar su disponibilidad para el trabajo forzado. Cuando las inyecciones no surtían efecto, las hacían desfilar desnudas como forma de humillación pública.

El campo no tuvo cámara de gas durante la mayor parte de la guerra. Las ejecuciones masivas se externalizaban a otros campos, principalmente a Auschwitz. Eso cambió en 1944, cuando Auschwitz cerró sus puertas a nuevos ingresos por saturación. Ravensbrück construyó entonces su propia cámara de gas, una instalación improvisada que se usó de inmediato para matar a entre 5.000 y 6.000 prisioneras.

En total, el campo mató a entre 30.000 y 50.000 mujeres. Cuando los soviéticos llegaron en abril de 1945, encontraron 3.500 personas con vida. El resto había sido enviado en marchas de la muerte. De las 130.000 mujeres que pasaron por Ravensbrück, solo 15.000 vivieron para ver su liberación.

Imagen en blanco y negro de una enfermera agachada dando un vaso a una mujer; otras dos mujeres están sentadas en el suelo cubiertas con mantas y paja
Ravensbrück cumplía una función adicional dentro del aparato nazi. Era un centro de formación para guardias femeninas

Las mujeres al servicio del sistema

Ravensbrück cumplía una función adicional dentro del aparato nazi. Era un centro de formación para guardias femeninas. Las mujeres no podían pertenecer a las SS, pero sí ocupar roles auxiliares. Miles de ellas se entrenaron en Ravensbrück para ejercer vigilancia en campos de toda Alemania.

Su comportamiento no fue más benévolo que el de sus colegas masculinos. Algunos testimonios sostienen que fue peor. En un régimen profundamente patriarcal, el puesto de guardiana era una de las pocas vías de ascenso social disponibles para ellas, y lo defendían con violencia. Castigaban a las prisioneras desobedientes con confinamiento solitario, latigazos y, en ocasiones, soltando los perros del campo sobre ellas.

Las españolas invisibles: 210 mujeres que nadie contó

Entre las prisioneras de Ravensbrück había un grupo cuya historia permaneció enterrada durante décadas bajo varias capas de silencio. Según Gutmaro Gómez Bravo, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, los listados nazis y los estudios recientes sitúan el número de presas españolas alrededor de 210, aunque la cifra podría ser mayor. Muchas ocultaron su identidad. Otras fueron registradas como francesas.

Imagen en blanco y negro de un grupo de mujeres prisioneras con uniformes de rayas caminando sobre nieve, con edificios y árboles al fondo en Ravensbrück
Dentro de Ravensbrück, las prisioneras españolas cantaban. Lo hacían en susurros, en los márgenes de la jornada laboral, en los momentos que los guardias no miraban

La mayoría provenía de ambientes humildes. Algunas habían ocupado cargos en la Segunda República. Casi todas compartían un recorrido similar. La derrota republicana en la Guerra Civil española, la huida a Francia, la incorporación a la Resistencia francesa contra la ocupación nazi y, finalmente, la detención y la deportación.

Mercedes Núñez Targa, sobreviviente del campo de concentración, lo narró en su libro El valor de la Memoria. En uno de sus pasajes describió el paisaje que veía desde el campo: “Por el camino vemos casitas muy cucas con cortinas almidonadas, con flores, con niños rubios de mofletes como manzanas rojas [...] Aquellas casitas felices son los hogares de nuestros verdugos, los SS del campo; aquellos niños, los hijos de los monstruos”.

Cantar para no enloquecer

Dentro de Ravensbrück, las prisioneras españolas cantaban. Lo hacían en susurros, en los márgenes de la jornada laboral, en los momentos que los guardias no miraban. Las canciones eran populares, del repertorio de la República, de la Guerra Civil, de las regiones de donde venían.

Alfonsina Bueno Vela dejó testimonio de lo que esas canciones hacían: cuando Josefina González, conocida como “La Maña”, regresaba destrozada tras sufrir violencia, sus compañeras la rodeaban. “Teníamos que mecerla y cantarla para sosegarla”, contó.

El consejo de María Dolores García Echevarrieta, “cuando te sientas triste, canta. ¡Canta y vivirás!“ circulaba entre las presas como una máxima de resistencia.

El homenaje a las espapolas víctimas del nazismo

Las voces de las sobrevivientes

En septiembre de 2024, las cuatro integrantes de Ensemble Cantaderas grabaron un disco en la antigua fábrica textil de Ravensbrück, el mismo espacio donde las prisioneras habían soportado el trabajo forzado. El álbum se llama Olvidadas. Incluye canciones extraídas directamente de testimonios de supervivientes, otras del repertorio popular español de la época.

La recuperación de la memoria de Ravensbrück no se limita a la música. En 2026, la escritora y crítica literaria Mercedes Monmany publicó Algo quedará de mí (Galaxia Gutenberg), un ensayo de 440 páginas que reconstruye la vida de diez heroínas de la Resistencia que pasaron por el campo.

Foto en blanco y negro de mujeres en un campo, dos con uniformes a rayas cavando. Otra mujer con abrigo largo y sombrero observa. Edificios y árboles al fondo
A diferencia de Bergen-Belsen, Dachau o Buchenwald, ningún fotógrafo profesional acompañó a las tropas soviéticas que lo liberaron

Una de las historias centrales es la de Charlotte Delbo. En una noche de primavera de 1942, en la cárcel parisina de La Santé, un guardia con la esvástica al brazo le comunicó que podía ver a su marido Georges por última vez. “Jamás olvidaré su sonrisa. Escuchaba su corazón, que latía con el mismo ritmo con el que me dormía en sus brazos”, escribió ella después. Georges, también miembro de la Resistencia, fue ejecutado esa noche. Charlotte sobrevivió a varios campos de concentración y años más tarde narró su experiencia en tres libros y una obra de teatro.

Otra figura que recorre el ensayo es Germaine Tillion, etnóloga francesa nacida en 1907. Pasó su juventud estudiando a los bereberes en Argelia. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial se unió a la Resistencia. Fue arrestada y deportada a Ravensbrück en 1943, donde construyó una red de solidaridad entre presas. “Era una mujer bondadosa y apasionada por la gente. Me salvó de la depresión”, escribió una de sus compañeras. Después de la guerra, Tillion analizó en un libro las “categorías morales” de los prisioneros: “Están los que preferían morir a traicionar y los que preferían traicionar a morir”.

El destino de Violette Szabo fue diferente. De 23 años, con el pelo ensortijado y facciones de estrella de cine, era una de las 41 agentes femeninas de la Sección F de la Dirección de Operaciones Especiales (SOE) británica. Sus superiores la describían como “la mejor tiradora del ejército británico”. Antes del verano de 1944 se lanzó en paracaídas sobre la Francia ocupada para colaborar en labores de inteligencia y sabotaje de cara al Día D. La capturaron en su segunda misión. Fue ejecutada en Ravensbrück.

Imagen en blanco y negro de mujeres con uniformes a rayas realizando trabajos al aire libre en un área boscosa. Algunas cavan, otras cargan un vagón en rieles
En total, el campo mató a entre 30.000 y 50.000 mujeres. Cuando los soviéticos llegaron en abril de 1945, encontraron 3.500 personas con vida

El libro de recetas y otros actos de humanidad

El Museo del Holocausto de Houston conserva uno de los objetos que salieron de Ravensbrück. Se trata de un libro de recetas elaborado por las prisioneras dentro del campo. Es, según la institución, probablemente el único ejemplar de ese tipo que existe en Estados Unidos.

Las mujeres no tenían ingredientes. No tenían cocinas. Tenían hambre. Y aun así se reunían para compartir recetas de los platos que habían cocinado antes de ser deportadas, de los sabores de sus casas, de las comidas de sus infancias.

Era la misma lógica que las llevaba a fabricar joyas con lo que encontraban, a organizar clases clandestinas de idiomas o matemáticas, a componer obras de teatro que se burlaban de la vida del campo. Estrategias para sobrevivir al horror nazi.

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