Tenía 27 años y una hija en primer grado cuando bajó a lo que ahora llama “el infierno”. No era escritora ni nada parecido pero era tal el alud de pensamientos, tal la certeza de que su cabeza estaba por estallar, que creyó que iba a tener un derrame cerebral. A veces eran pensamientos lógicos; otras, un delirio: por ejemplo, que su psicólogo no era un psicólogo real sino el líder de una secta encubierto.
Para sacarse eso de adentro del cuerpo, Greta empezó a escribir obsesivamente hasta llegar a hacerlo durante 24 horas seguidas. Un exorcismo particular e imposible de compartir con nadie, en el que dejó de dormir, dejó de comer, dejó de tomar agua, dejó de mirar si venía un auto cuando cruzaba la calle. Cuando logró decir “auxilio, no puedo más”, pesaba 39 kilos.
Greta Lapistoy tiene ahora 44 años, es licenciada en Relaciones Públicas, secretaria en un gremio y docente en la Universidad Católica de La Plata. Todos esos títulos, sin embargo, vinieron después de lo que llama “la crisis de 2005”, un episodio maníaco que duró 45 días y que culminó con un diagnóstico que -por el tabú que aún envuelve a la salud mental- mantuvo oculto todo este tiempo: trastorno bipolar.

Ahora que puede mirar para atrás y atar cabos sueltos en la línea de tiempo, Greta sabe que los primeros indicios aparecieron cuando terminó el secundario. “Me costaba mucho tener cosas estables: una pareja estable, un trabajo estable. Arrancaba una carrera con toda la energía y, cuando me daba cuenta, la había abandonado. Yo lo tomaba como lo tomaba mi entorno: ‘Uf, mirá que inestable es Greta, deja todo lo que empieza, no se decide por nada”, cuenta a Infobae.
La frustración daba inicio a largos períodos depresivos, esos que de afuera muchos intentan resolver con consejos absurdos: “Ponele onda”, “es que no le ponés voluntad”, “ponete las pilas”. También ella recurría a una suerte de “pensamiento mágico” en el que le echaba la culpa a cosas concretas: “Estoy depresiva porque no tengo pareja, o sea, cuando tenga una pareja y me case seguramente esto se me va a ir”. Lo mismo con el trabajo.
El camino fue siempre en bajada hasta que apareció “la mal llamada euforia”, un eufemismo para nombrar el episodio maníaco que le atravesó la vida en 2005.

“Era constantemente pensar, pensar y pensar sin lógica. No lo podía hablar con nadie porque los pensamientos eran no sólo ilógicos, incluso delirantes. Entonces la forma era ‘se lo cuento a un papel, que no me va a decir que estoy loca’”, recuerda. “Saltaba de un tema al otro, ni siquiera podía volver a leer lo que había escrito. No necesitaba comer, no necesitaba dormir, no necesitaba ver gente, solo necesitaba sacarme de adentro los pensamientos que me atormentaban”.
Greta estaba separada y tenía una hija en primer grado, la única obligación que pudo sostener.
“Igual ponía en riesgo mi vida, nuestras vidas, porque iba a buscarla al colegio y cruzaba la calle con ella de la mano sin mirar si venía un auto. Eso es típico de la etapa maníaca: uno toma peligros porque está totalmente convencido de que puede todo, uno siente que es Dios, ‘a mí un auto no me va a pisar, nada me puede tocar, nada me puede matar’. En la manía, por ejemplo, mucha gente mantiene relaciones sexuales casuales para descargar esa energía. Pero con esa convicción de que son superhéroes y nada malo puede pasarles, no toman recaudos ni para cuidarse de una enfermedad de transmisión sexual ni de un embarazo”.
Sin trabajo, Greta empezó a contraer deudas. “Pero el pensamiento mágico me hacía pensar ‘ya se va a solucionar. Gasto todo, de algún lado va a venir. Menos mal que no tenía tarjeta de crédito en ese momento porque hoy, 15 años después, seguiría pagando deudas”.

Pasó a dormir cada vez menos, a subirse a un colectivo de madrugada sin destino, a pasar noches sola en hoteles sin que nadie supiera dónde estaba. “Podría haber sido violada, asesinada, por eso digo que una pone su vida en riesgo. La última semana de la crisis pasé a no dormir nada, absolutamente nada, ni una hora. Ahí es cuando dije ‘yo tengo algo en el cerebro, me va a agarrar un ACV, un aneurisma, algo’. Sentía que la única manera en que eso podía terminar era muriéndome, porque el cerebro me iba a explotar, literalmente”.
Greta usa distintas palabras para describir aquella etapa -”un castigo”, “una tortura”- y después dice: “Me acuerdo que alguna vez, en catequesis, me describieron el infierno. Bueno, hoy te digo que yo estuve ahí”. Ahora todo aquello es parte del capítulo “El Estallido del alma” de la novela que acaba de publicar y a la que llamó “Inconscientemente verdadera, un volcán llamado bipolaridad”.
La crisis maníaca paró cuando Greta pudo pedir ayuda y decirle a su papá y a su psicólogo: “No doy más. Anestésienme, hagan lo que sea, pero hagan algo”.
La derivaron a una clínica psiquiátrica, aunque la prioridad era que volviera a comer, a hidratarse y a dormir. “Quedé incomunicada, en la casa de mi familia pero incomunicada. No podía salir, no podía tener elementos cortantes cerca. Mi familia me daba agua de a sorbitos”. Así lo cuenta en el libro, donde deja claro que el malestar era también físico:

“Fueron días eternos. Tardes tirada en la cama retorciéndome de los dolores, los pechos duros como piedras, el vientre hundido entre las fuertes contracciones, minutos eternos bajo la ducha queriéndome sacar algo de la piel que no sabía que era (...)”.
“Al principio, para poder dormir me dieron antipsicóticos. Ya escuchar la palabra me daba pánico. Yo decía: ‘No voy a poder estudiar más, no me voy a poder recibir, no voy a poder trabajar, no voy a poder tener una pareja’. Tardaron más o menos un mes hasta que pudieron bajar la manía. Cuando la bajaron, empezaron a darse cuenta de que empezaba la depresión otra vez”.
El médico diagnosticó la bipolaridad y Greta empezó un tratamiento con litio, terapia y acompañamiento familiar.

La depresión, otra vez
23 de septiembre de 2005,
Hija mía:
Ayer lloraste abrazada a mí con el miedo de que me pasara algo. Juré estar siempre a tu lado y te prometí que te cuidaría desde donde estuviera.
Dejé muchas cosas por vos y volvería a hacerlo mil veces más si fuera necesario. Pero a veces me pregunto hasta cuando voy a tener fuerzas para seguir cuidándote sola.
Fragmento de “Inconscientemente verdadera” (editorial Dunken)
La etapa depresiva llegó, esta vez, con ideas suicidas. “Quería morirme, me acostaba todas las noches pidiendo no despertarme porque cada día era una tortura. Sentía que lo mejor que le podía pasar a mi hija era que yo me muriera, que estaba haciéndole mal a todos”, sigue. “En mi caso, no tuve intentos de suicidio pero porque no me animé”.
A fines de ese mismo año -10 meses después del inicio de la crisis- Greta empezó a sentirse mejor. Con miedo de que la sola invocación de aquellos textos pudiera volver a sepultarla, durante los tres años que siguieron no se atrevió a leer nada de lo que había escrito. Cuando pudo hacerlo, le dio forma de novela y la terminó.
— ¿Y después?
— Después la escondí— lamenta.

“Diría que en estos 15 años le escondí lo que me había pasado al 90% de las personas que conozco. Tenía muchísimo miedo de que no me tomaran en un trabajo o de que me echaran si se enteraban de mi diagnóstico”, explica. “De hecho, si yo lo hubiese dicho en la facultad cuando estudié, no sé si los profesores me habrían tomado de la misma manera. Y si lo hubiese dicho en la entrevista de trabajo, no sé si hoy estaría en el lugar en el que estoy”.
Si bien el tabú y el estigma son palpables, no era cierta aquella creencia de que iba a estar siempre sola, porque hace más de cuatro años Greta formó una familia ensamblada con quien sigue siendo su compañero, el hombre que ahora la ayuda con la cámara para que pueda contar, desde el departamento que comparten en La Plata, su historia a Infobae.
Fue el silencio de la pandemia, saber que no iba a tener que ir a la oficina por un largo tiempo, lo que la impulsó a buscar una editorial, publicar su historia sin seudónimo y contarle a jefes, compañeros del lugar en el que trabaja desde hace 12 años y amigos no quién es sino qué tiene.
“Tengo un diagnóstico: tengo bipolaridad. Pero yo soy Greta, soy licenciada en Relaciones Públicas, soy hija, soy pareja, soy mamá. No soy bipolar, la enfermedad no me define”, dice ahora que, por primera vez, siente seguridad para despegarse. “Así como alguien toma una pastilla para tener estable la presión, yo tomo una pastilla para tener estables las emociones. Si la otra persona no eligió enfermarse de la presión y no siente vergüenza de contarlo, ¿por qué yo, que tampoco elegí enfermarme, tendría que sentirla?”.
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