
“Fui comunista cuando había que serlo”: Doris Lessing, premio Nobel 2007, al autor de esta nota.
En su libro Historia de dos Ciudades, Charles Dickens logra un comienzo memorable: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Se refiere a los principios de la Revolución Francesa. Pero en los años 30 y en Europa, ese hallazgo literario era imposible.
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El mundo empezaba a arder. Entre el 36 y el 39, España se desangraba en una guerra civil. En Alemania, un vociferante cabo austríaco, con el argumento de recuperar el país, encendía la chispa del más letal de los polvorines: la Segunda Guerra Mundial y sus 60 (o más) millones de muertos, además del espanto del Holocausto.
Y, por precaución, se ponía de moda –frívola manera de decirlo– el espionaje. Agentes leales, dobles agentes (triples, incluso), se perseguían, se traicionaban y se mataban a veces por convicción, otras veces por dinero.
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Y en ese momento entra en el feroz tablero de ajedrez una mujer. Inglesa, nacida en 192, llamada Melita Sirnis, luego Norwood por matrimonio, hija de un matrimonio comunista.
Antes de sus 20 años, el clima universitario británico la absorbe y la transforma, potenciado por la influencia de los Cinco de Cambridge: espías profesionales captados por la Unión Soviética en el Trinity College.
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Activos hasta los años 50, actuaron con nombres breves y falsos: Stanley, Homer, Hicks, Tony –a veces, Johnson–, y Liszt, como para ponerle música al grupo. Comunistas leales, nunca fueron tomados muy en serio por el NKVD, luego la KGB. Según sus jefes, eran más notorias sus borracheras que sus informaciones secretas…. ¡como si los comisarios moscovitas fueran abstemios!
Sin embargo, inspiraron notorias novelas: El Tercer Hombre y El Factor Humano de Graham Greene, y Un Espía Perfecto, de John Le Carré.
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Entretanto, Melita, lúcida estudiante de Lógica y Latín en la Universidad de Southampton, silenciosa, discreta, insospechable, sirvió –fiel y sin vacilaciones– a la Hoz y el Martillo, hasta 1972.
Como al resto del mundo, la bomba atómica sobre Hiroshima no sólo acabó con la guerra: aterrorizó al planeta. Empezaba la Era Atómica.
Pero ninguna de las potencias eran inocentes. Los Estados Unidos ganaron la carrera con su Proyecto Manhattan, pero es verdad histórica que Inglaterra y el Soviet se desvelaban por llegar primeros.
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Hasta entonces, Melita era el hada providencial del Oso Ruso: sus informaciones eran exactas y en el justo punto del almanaque de los sucesos. Pero se enamoró…, y ese fue el principio del fin.
De pronto llegó al grupo de espionaje un sujeto seductor, fogoso en la cama y comunista hasta la médula, y convenció a Melita de robar planos del proyecto atómico británico y ponerlo en las fauces de la Plaza Roja.
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Demasiado, aun para ella. Pero lo hizo.
Los planos fueron de Londres a Moscú con pasaje de ida…, y un día entre los días Leo Galich, su amante, apareció ahorcado. El caso se cerró como “Suicidio”, pero no lo creyeron ni los más tontos.
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La Unión Soviética logró su primera bomba en 1949, acaso por los informes y planos de Melita, que eligió una sencilla casa en los suburbios de Londres.
Pero el MI6, el servicio secreto británico, no le perdió ni el ritmo de la respiración. Interrogada, su excusa –casi una perfecta utopía– fue, textual:
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–Siempre creí que cuando dos países poderosos tengan la misma bomba, la paz quedaría asegurada. Nadie se atrevería a detonarla primero.

–¿Sigue siendo comunista?
–Hasta mi último suspiro.
Y volvió a su casa “a cuidar mis flores y mis tomates”.
Unos días después, tres agentes tocaron el timbre de su refugio para detenerla. Melita estaba tomando un té. Rondaba los 90 años.
El jefe del grupo decidió dejarla en paz: caso cerrado.
Cuando se fueron, la espía que pudo desatar un desastre nuclear siguió tomando su té, y en su taza preferida: la que tenía impresa la imagen del Che Guevara.
(Post scriptum: frente a estas historias, lo que en estas pampas llamamos “la Grieta” es casi menos que nada. Grieta, abismo, fueron aquellos años 30 en adelante. Porque sólo había dos trincheras: derecha e izquierda, ambas de absoluto fanatismo: el peor enemigo de la libertad. Sin términos medios, con perdón de los librepensadores que no se encadenaron a ningún bando. Porque grietas… ¡grietas eran aquellas!)
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