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Cómo una renuncia inesperada abrió la puerta a la mayor fractura del papado en la Edad Media

La decisión de Celestino V alteró un principio clave del poder pontificio y desató una secuencia de conflictos que terminó con sedes rivales, reyes enfrentados y una Iglesia dividida

Ilustración acuarela del Palacio de los Papas de Aviñón. En primer plano, retratos de dos Papas, uno con mitra y el otro con tiara papal y maqueta.
El papado de Avignon acentuó la influencia política francesa sobre la Iglesia, lo que exacerbó las críticas sobre la independencia de la autoridad papal (Imagen Ilustrativa Infobae)
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En la turbulencia de la Edad Media, el papa emergió como la máxima autoridad, encabezando la Iglesia católica y ejerciendo un control absoluto sobre el orden espiritual y político de Europa occidental.

Considerado sucesor de San Pedro y líder indiscutible de la cristiandad, el papa ocupaba un rol central en una sociedad marcada por la influencia religiosa en la ley, la educación, la monarquía y las estructuras del día a día.

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Según HistoryExtra, ese poder supremo coexistía con una realidad estructural: no existía un mecanismo claro para destituir a un papa, lo que convertía la sede de Pedro en un cargo especialmente expuesto ante el ojo público y las disputas internas. El pontífice reclamaba una autoridad divina que, al menos en teoría, superaba a todos los reyes y príncipes terrenos.

En los siglos finales de la Edad Media, esa supremacía fue puesta a prueba por disputas y escándalos que afectaron la integridad del sistema eclesiástico y las bases de la unidad religiosa europea.

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El régimen papal asentaba su legitimidad en un principio categórico: “Solo puede haber un papa”, indicó la historiadora Hannah Skoda en el pódcast History Behind the Headlines. Así, la existencia de papas rivales, lejos de ser una excepción, significaba la fragmentación de la cristiandad en facciones enemigas.

Incluso la propia naturaleza inamovible del cargo sumaba una vulnerabilidad esencial para todo el sistema. Según Skoda, “no es posible renunciar siendo papa”, y cualquier intento de impugnar esa posición provocaba crisis capaces de desestabilizar a toda la Iglesia.

Celestino V y Bonifacio VIII: abdicación, conflicto y humillación

A finales del siglo XIII, la elección de Celestino V sorprendió a Europa. Anciano y ermitaño, de vida de retiro y oración, su perfil distaba mucho del habitual en los grupos de poder eclesiástico. “Realmente se preocupaba por los pobres”, indica Skoda, pero carecía del temperamento necesario para manejar los conflictos y la diplomacia inherentes al papado.

La administración de la Iglesia, inmersa en pleitos legales, recaudación de impuestos y relaciones con los gobernantes, requería virtudes espirituales y habilidades administrativas en las que Celestino reconocía sus propias limitaciones.

Abrumado ante esas exigencias y consciente de su falta de aptitud política, abdicó pocos meses después de su elección, decisión que conmocionó a la cristiandad medieval y cuestionó el fundamento de la permanencia vitalicia en el cargo. “Si se puede renunciar, ¿qué impide que también pueda ser forzado a renunciar?”, advirtió Skoda sobre esta situación que abrió un precedente inédito.

La renuncia de Celestino V terminó convirtiéndose en una herramienta política utilizada por Felipe IV de Francia para cuestionar la legitimidad del nuevo pontífice. El monarca sostuvo que el anterior papa no había muerto en el cargo, instalando dudas sobre la validez de la sucesión. Convertido en una figura incómoda y silenciosa, el exlíder religioso recordaba que la estabilidad del sistema papal podía tambalearse en cualquier momento, según señaló HistoryExtra.

La confrontación entre Bonifacio VIII y Felipe IV de Francia alcanzó su clímax en 1303, cuando agentes de la corona gala capturaron al papa en el episodio conocido como el ultraje de Anagni. Aunque fue liberado enseguida, el daño a la imagen papal fue profundo.

Luego de la muerte de Bonifacio, la Curia eligió a un sucesor que complació a la monarquía francesa y, en 1309, el papado se trasladó a Avignon.

El papado de Avignon: poder desplazado y dependencia política

El traslado a Avignon inauguró una etapa crítica para el papado. La decisión respondió tanto a la inestabilidad política de Roma, asediada por conflictos y violencia, como a la conveniencia francesa, que prefería tener al papa cerca.

Skoda relata en HistoryExtra: “El rey de Francia no quería al papa en Roma”. Con la sede pontificia más próxima, creció la percepción de que el papa respondía a intereses franceses, debilitando la idea de liderazgo para toda la cristiandad.

Esta pérdida de autonomía alimentó críticas y sospechas sobre el auténtico centro de poder de la Iglesia. En 1377, el papado regresó a Roma, pero lejos de restaurar el orden, la situación generó el mayor escándalo institucional de la época: la existencia de papados rivales.

Infografía del papado medieval con ilustraciones de castillos, papas, mapas, tres tiaras rotas, un concilio y la Basílica de San Pedro al fondo.
El Cisma de Occidente dividió a la cristiandad entre hasta tres papas rivales, intensificando las disputas políticas y religiosas en Europa (Imagen Ilustrativa Infobae)

El Cisma de Occidente y la crisis de tres papados simultáneos

Fallecido Gregorio XI, la elección de Urbano VI resultó inmediatamente controvertida. Varios cardenales rechazaron el resultado y declararon inválida la elección, nombrando a otro candidato. Skoda lo resume así en HistoryExtra: “Intentan deponerlo y elegir a otro papa”.

Urbano VI se negó a dimitir, por lo que, mientras él seguía en Roma, sus adversarios eligieron a un segundo papa instalado en Avignon. Así, Europa quedó dividida y la lucha por la legitimidad papal implicó a los reinos de la época, especialmente a Inglaterra y Francia, cuyas alianzas opuestas se intensificaron durante la Guerra de los Cien Años.

En 1409, el Concilio de Pisa intentó resolver la crisis de la Iglesia destituyendo a los dos pontífices enfrentados y nombrando a uno nuevo para reunificar el poder religioso. Sin embargo, la estrategia terminó agravando el conflicto. “No logran deponer a los dos papas existentes”, explicó Skoda, quien añadió: “Pero sí eligen a uno nuevo; así que entonces hay tres papas simultáneos”. La cristiandad quedó así atrapada en una situación inédita: tres líderes disputando la legitimidad del papado y profundizando la fractura eclesiástica.

El desenlace solo llegó tras el Concilio de Constanza (1414–1418). Tras negociaciones y renuncias forzadas, las facciones rivales se disolvieron y, en 1417, fue elegido un único dirigente para la Iglesia: Martín V.

Según HistoryExtra, “solo el Concilio de Constanza puso fin a la crisis”, restaurando, al menos formalmente, la unidad de la Iglesia y cerrando uno de los periodos más intensos de inestabilidad y escándalo en la Edad Media.

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