Los datos menos conocidos de la vida de José de San Martín: rencillas con su suegra y la pasión por la cata de vinos

El aniversario de su nacimiento es una excusa para repasar algunas facetas de la vida cotidiana del prócer

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La historia de su nacimiento sigue despertando dudas y curiosidad entre quienes exploran el pasado de los próceres

Cuando el lunes 9 de marzo de 1812 bajó de la fragata George Canning que lo trajo desde Gran Bretaña a Buenos Aires, ese teniente coronel de caballería de tez oscura, marcado acento español con ese extraño sable corvo que colgaba de su cintura, llamó enseguida la atención. En las conjeturas chismosas de esa gran aldea se preguntaban quién era, y hasta se aventuró que podría tratarse de un espía.

Delgado, de 1,75 metros de altura, nutrido cabello negro, una indisimulable nariz aguileña y ojos oscuros, grandes y penetrantes, en los salones se comentaba lo poco que de él se conocía. Se sabía que había nacido en las misiones de Yapeyú el 25 de febrero de 1778, que se llamaba José Francisco o Francisco José de San Martín y que había hecho toda su carrera militar en España.

Templete que guarda las ruinas
Templete que guarda las ruinas de la casa natal de San Martín, en Yapeyú

Su papá, Juan de San Martín, luego de haber sido administrador de los partidos de Calera de las Vacas y Víboras en la Banda Oriental, pasó a desempeñarse como teniente gobernador de Yapeyú. Se había casado con Gregoria Matorras y tuvieron cinco hijos: los tres primeros, María Elena (1771), Manuel Tadeo (1772) y Juan Fermín Rafael (1774) nacieron en la Banda Oriental. En Yapeyú, llegaron Rufino (1776) y José Francisco (1778).

Una versión sostiene que en realidad era hijo de Rosa Guarú, su nodriza, quien habría sido embarazada por Diego de Alvear, un funcionario de la corona que recorría las misiones, y que se habría comprometido a solventar la formación del niño.

Si bien San Martín padre estaba haciendo una excelente tarea, aumentando la productividad, en febrero de 1781 fue relevado y la familia dejó el pueblo. Vivieron en Buenos Aires, en una casa ubicada en la calle Venezuela, entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí, y en 1784 ya estaban en España.

Sus padres. Eran españoles y
Sus padres. Eran españoles y el papá fue administrador de poblados tanto en la Banda Oriental como en el litoral

Fueron infructuosos los reiterados pedidos del ex funcionario de obtener un ascenso en su carrera. Se establecieron en Málaga, donde vivieron con lo justo. José asistía mañana y tarde al Colegio de las Temporalidades, donde sus compañeros lo apodaron “el indiano”, por su tez oscura y su forma de hablar. A los 11 años ingresó como voluntario en el Regimiento de Murcia y ahí comenzó su vida militar. Peleó en el norte de África y en España le tocó enfrentar al poderoso ejército napoleónico, del que tomaría enseñanzas.

Ya de regreso al Río de la Plata, a sus 34 años, cautivó a la joven Remedios de Escalada, una niña de 14, quien estaba comprometida con Gervasio Dorna. Le pidió al padre romper el compromiso y el muchacho no tuvo mejor idea que enrolarse en el Ejército del Norte y encontrar la muerte en Vilcapugio.

San Martín había sido presentado por el extrovertido Carlos María de Alvear, que pertenecía a una respetable familia patricia y quien le abrió las angostas puertas de la elite porteña.

La hija consentida del padre:
La hija consentida del padre: Remedios de Escalada tenía 14 años cuando conoció a su futuro marido

Para su suegra Tomasa de la Quintana, que nunca lo quiso, era “el plebeyo” y “el soldadote”. Él tampoco se la hizo sencilla. En una oportunidad en una cena en lo de sus suegros su edecán fue enviado a comer a la cocina y él, ante tamaño desplante, lo acompañó.

Cuando decidió partir al exilio, pasó a buscar a su hija Mercedes Tomasa. La niña era criada por su suegra, ya que Remedios había fallecido de tisis el 3 de agosto de 1823. La suegra resistió lo que pudo ya que no quería desprenderse de la niña y él la encontró demasiado consentida y malcriada. “Un pequeño diablotín”, la describió por carta a Tomás Guido.

Sabía tocar la guitarra, cantar y bailar. Según él, dibujaba y pintaba muy bien. Sus primeros trabajos los dedicó a temas marinos. Decía que si caía en la indigencia podía ganarse la vida dibujando, aunque ojos expertos lo calificaron como un acuarelista más que discreto.

Su hija Mercedes, ya adulta.
Su hija Mercedes, ya adulta. Casada con Mariano Balcarce, tuvo dos hijas. Siempre acompañó a su papá

Manejaba el latín, griego, francés, inglés e italiano y llevó a su campaña libertadora cerca de 800 volúmenes para leer.

Estuvo al filo de la muerte en más de una oportunidad: en 1801, cuando era teniente segundo en el Regimiento de Murcia, fue asaltado por bandoleros que lo hirieron gravemente en el pecho, la garganta y una mano. Luego, casi lo matan en el pueblo andaluz de Arjonilla el 23 de junio de 1808 cuando al frente de una veintena de jinetes acometió contra un batallón de dragones del ejército napoleónico. En el momento en que iba a recibir un sablazo de un oficial francés, el sargento Juan de Dios se interpuso y recibió el golpe mortal, algo así como la versión española del sargento Cabral.

Cuando estaba en campaña, después del mediodía acordaba con el cocinero sobre el menú. Comía allí en soledad, en una mesa y silla algo bajas, con porciones frugales “para no dañar el estómago”. Le gustaba el puchero y el asado. Mientras comía le informaban de las personas que deseaban verlo y si lo autorizaba, los hacía sentar a su mesa. Por la tarde se servía un café que tomaba en mate con bombilla.

"La Tebaida": réplica de la
"La Tebaida": réplica de la chacra que San Martín tenía en Mendoza. Hoy es un lugar histórico y funciona un museo

En sus tiempos libres, jugaba al ajedrez con sus oficiales, especialmente con Bernardo O’Higgins, Antonio Arcos, José Antonio Álvarez de Condarco y Mariano Necochea. Además, había traído de Europa dos juegos que entonces estaban de moda: “El centinela” y “La campaña”.

Algunos de sus mejores amigos fueron el propio O’Higgins, con quien mantuvo años de correspondencia, Tomás Guido, Alejandro Aguado y Gregorio Gómez Orcajo, apodado “Goyo Gómez”.

En público, siempre vestía su uniforme de granadero. El color que se repetía invariablemente en su ropa era el azul. En la intimidad de su hogar usaba una chaqueta de paño de ese color, larga y holgada, y en invierno un levitón o sobretodo hasta el tobillo.

La última casa que ocupó
La última casa que ocupó San Martín. Está en la ciudad costera del norte francés, y en 1909 allí se inauguró el primer monumento que tuvo en Europa

Era un buen catador de vinos, especialmente de los españoles. Los conocía y sabía las regiones en que cada variedad se producía. Elogiaba los productos mendocinos y sanjuaninos, y los ponía a la altura de los mejores. En una oportunidad, hizo poner vino de Málaga en botellas de Mendoza y al revés. El mismo hizo el cambio de las etiquetas de las botellas. Cuando llegaron sus invitados, les pidió que probasen ambos. Todos dijeron que el de Mendoza era bueno pero hasta ahí nomás, y elogiaron al que estaba etiquetado como el de Málaga. San Martín, luego de lanzar una carcajada, les reveló entonces la verdad y criticó la costumbre de alabar todo lo que viniese del extranjero.

Tuvo serios problemas de salud. Sufría asma y tenía una úlcera gástrica, con ocasionales vómitos de sangre, que podrían deberse a una tuberculosis. Mientras preparaba su ejército en Mendoza, hubo ocasiones en que para poder dormir debía hacerlo sentado en una silla. Cuando fue el combate de Chacabuco, sufrió un ataque de gota, dolores estomacales y hepáticos. También padecía artritis en su muñeca derecha. Muchos temían que muriese en plena campaña. Al cruce de los Andes llevó un botiquín homeopático que un amigo había comprado en Europa. Habría hecho un uso desmedido del opio y no hacía caso a sus amigos que le pedían que atenuase su consumo. Estos, a veces, solían esconderle las dosis.

En 1829, en viaje de Falmouth a Londres para visitar a su hija, volcó su carruaje y un vidrio se clavó en su axila izquierda. Pero no quiso hacerse atender y continuó camino. La herida se le infectó y estuvo tres meses convaleciente. Aún cicatrizada, la herida le siguió causando dolores que aliviaba con baños en Aix-le-Chapelle. En 1831, tanto él como su hija Mercedes, viviendo en París, fueron víctimas de la epidemia del cólera. Ella se repuso rápidamente, pero su padre tuvo complicaciones intestinales y debió guardar reposo por siete meses. “Estuve al borde del sepulcro”, confesó. Los atendía el joven Mariano Balcarce, que trabajaba en la legación argentina en Londres, y terminó enamorándose de la chica, con quien se casó el 13 de septiembre de 1832. Testigos dijeron que sufría hemorragia en los pulmones, era predispuesto a la melancolía y de mayor solía tener arranques de ira.

Antigua fotografía del monumento que
Antigua fotografía del monumento que se inauguró en 1863 en Retiro

Mantuvo el contacto con sus hermanos. A Manuel Taddeo lo había invitado a integrar las filas de su ejército libertador, con Justo Rufino solían verse en los años de exilio, mientras que con su hermana María Elena se escribían y la incluyó en su testamento. Juan Fermín había fallecido en Manila en 1822.

Siendo gobernador de Mendoza, en un momento Remedios regresó a Buenos Aires y con él se quedó Jesusa, una de las criadas de la esposa con la que habría tenido un hijo. También en esa provincia se comentó la estrecha relación con María Josefa Morales, viuda de Pascual Ruiz Huidobro. “Pepa y Pepe”, los habían apodado en la capital mendocina. En Santiago de Chile mantuvo un romance con una aristócrata de ese país. En Perú, según señala García Hamilton, tuvo una relación con Fermina González Lobatón, propietaria de una estancia azucarera, producto de la cual nació otro hijo. En Lima compartió sus días con Rosa Campusano, amiga de Manuela Sáenz, amante de Simón Bolívar. En Guayaquil, cuando concurrió al encuentro de Bolívar, se lo vio en compañía de Carmen Mirón y Alayón, una joven viuda, con quien habría engendrado a Joaquín de San Martín y Mirón. Y ya en el exilio europeo le escribió a Guido que había conocido a una mujer con “bellísimos y destructores ojos”.

Viviendo en Grand Bourg, le gustaba pasear por los jardines con sus nietas Mercedes y Josefa y cuidar de sus flores. Era infaltable el mate y empleaba el tiempo limpiando sus pistolas y escopetas y haciendo trabajos de carpintería.

Ya anciano, el asma, la gota y la úlcera lo tuvieron a maltraer. Veía poco a causa de las cataratas. Se animó a ser operado, sin anestesia, pero con escasos resultados. Mentalmente lúcido, le deprimía el hecho de no poder leer ni escribir.

Desde junio de 1848, con el fin de alejarse del ambiente caldeado parisino por la revolución que había estallado en febrero de ese año y que terminaría instaurando la Segunda República, alquilaba un segundo piso en el 105 de la Grand Rue en Boulogne-sur-Mer. La casa era propiedad de Adolphe Gerard, quien vivía con su familia en el piso inferior. Era abogado, bibliotecario, periodista y fue su confidente, ya que pasaban largas horas hablando del pasado.

Costó convencerlo de que se
Costó convencerlo de que se tomase este daguerrotipo, dos años antes de su fallecimiento. Fue en París, antes de partir para radicarse en Boulogne-sur-Mer

Tenía 72 años, cinco meses y veintitrés días cuando murió el sábado 17 de agosto de 1850. Recién tendría su primer monumento en el país en 1863, cuando las autoridades de entonces tomaron en cuenta que Chile había encargado uno, y era un papelón que el primero no estuviera en Argentina. Ese fue el origen del monumento que se levantó en la plaza que lleva su nombre en Retiro, en el mismo lugar donde ese morocho de nariz aguileña instruyó y entrenó a sus granaderos para la epopeya que se venía.

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