
Cuando el martes 3 de febrero de 1852 empezaron a llegar de las afueras a la ciudad de Buenos Aires los primeros soldados con la noticia de que Juan Manuel de Rosas había sido derrotado en Caseros, que todo se había perdido y que los vencedores seguramente arrasarían la ciudad, estalló el caos.
El 27 de enero los regimientos infantería, de caballería y artillería, más los tenientes alcaldes y demás funcionarios partieron hacia el Puente de Márquez, donde Rosas estaba ya con sus fuerzas para enfrentar a Justo José de Urquiza, y la ciudad de Buenos Aires quedó al cuidado del general Lucio Norberto Mansilla, un militar de 60 años, héroe del combate de la Vuelta de Obligado. Luego de enviudar se había casado con Agustina, la hermana menor de Rosas, una de las chicas más lindas de la ciudad. Mansilla quedó como jefe de las fuerzas de la capital, conformada por una reserva de hombres que no estaban en condiciones de combatir.
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El departamento de gobierno, hacienda y guerra quedaron a cargo de Manuel Insiarte y el de relaciones exteriores Felipe Arana. Rosas se ocuparía de “la justa guerra en que se halla empeñada la república, contra el alevoso gobierno brasileño que piráticamente la hostiliza y contra el loco traidor salvaje unitario Urquiza”, como escribió Beruti en sus memorias.
Desde días antes de la batalla, el habitante de la ciudad estaba temeroso de posibles represalias que pudieran tomar el bando vencedor.
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Mansilla había dispuesto levantar trincheras con artillería en distintas esquinas de la ciudad y colocó hombres en las azoteas para contener posibles ataques. Se decía que Rosas se replegaría hacia la ciudad para resistir, pero en el llamado Rincón de los Sauces -hoy Plaza Garay- había firmado su renuncia debajo de un árbol y buscó asilo en lo del irlandés Robert Gore, representante británico en el Río de la Plata.

El problema de Mansilla fue que no pudo contener a sus hombres, presos del pánico al saber que en las próximas horas deberían enfrentarse a los hombres de Urquiza, y no demoraron en dispersarse. Mansilla quedó solo y permitió que marineros de los buques extranjeros anclados frente a la ciudad desembarcasen para proteger a sus connacionales.
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El cuñado de Rosas no tendría más opción que embarcar en un buque francés, en una decisión que fue muy criticada.
El panorama se agravó cuando los que custodiaban la cárcel del Cabildo también huyeron y dejaron abiertas las celdas. Los presos tomaron las armas que allí quedaron y se sumaron a lo que se venía, el saqueo.
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Hombres y mujeres, paisanos, soldados que regresaban del frente y niños, sabiendo que la ciudad estaba totalmente desprotegida, se dedicaron a la rapiña. Iban en grupos de un barrio a otro, donde se ocupaban de robar en tiendas, pulperías y joyerías. Las familias se encerraron en sus casas y muchos se armaron para defenderse de los atacantes.

Grupos variopinto de soldados, paisanos y mujeres se trasladaban de un lugar a otro e irrumpían en los locales, tirando abajo las puertas a fuerza de disparos o de golpes con lo que tuvieran a mano. Ese es el panorama con el que se encontró la División Oriental, la unidad militar que combatió en Caseros y que le cupo el honor de ser la primera en entrar a la ciudad, en un día especialmente caluroso.
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El historiador Gabriel Di Meglio, en su trabajo sobre el día después de Caseros, señala que la tienda de Joaquín Celis, en Plaza Lorea fue una de las primeras en ser saqueadas; al negocio de Mariano Paete le abrieron la puerta a golpes de balas y hacha; que la confitería de Lorenzo Balerga fue robada por lo menos en tres oportunidades en el mismo día.
Igual suerte corrieron la tienda de Cayetano Podestá, robado por soldados; al zapatero Giuseppe Passarelli lo amenazaron de tal forma que tuvo que abrir la puerta. Tampoco la pasó bien el tendero Lorenzo Terrazzini, que le robaron tres veces, la primera solo soldados y en las otras dos civiles; también fueron víctimas Paulino Gorlero, tendero del barrio de la Concepción y en la Catedral al sur los negocios de Ignacio Díaz y de Pedro de la Fuente.
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En algunos casos los saqueadores no se conformaban con desvalijar la tienda, sino que robaban la casa del dueño, que por lo general vivía con su familia en la parte trasera.
Toda la ciudad parecía estar sumida en una inmensa locura. Desde el 20 de febrero, Urquiza se había establecido en Palermo, y lo que se veía en el trayecto hacia lo que había sido la residencia de Rosas estremecía a cualquiera: el entrerriano ordenaba unas diez ejecuciones por día de enemigos declarados o los que se consideraban traidores. Se los fusilaba donde hoy están los bosques y los cadáveres desnudos eran dejados por días donde caían y otros eran colgados de los árboles. “Para ellos no puede haber misericordia ni perdón”, escribió Urquiza.
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Allí fueron a verlo prominentes vecinos para pedirle ayuda ante la caótica situación que sufría la ciudad. El 14 había nombrado a Vicente López y Planes gobernador provisional, que hasta el día anterior como tantos otros se habían identificado con el rosismo. El autor de la letra del himno se consideraba como un hombre de letras, apasionado por la astronomía y por el álgebra, pero sus especiales condiciones de mediador y contemporizador lo llevaron, sin quererlo, a asumir a lo largo de la vida institucional del país, responsabilidades políticas y militares. En una proclama del 14 de febrero, explicaba, en tercera persona, que estaba “bajo el peso de sus últimos años de su vejez. Encontraréis en él firmeza y abnegación…”

Ahora, a López y Planes le tocaba una difícil parada, la de contener los saqueos, “y lanzarse a la acción, inmediata y enérgicamente”, como explicó a Urquiza, quien dispuso que dos o tres batallones de infantería, acompañados de caballería, pusieran orden en la ciudad.
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A esta altura los vecinos se habían organizado en grupos de diez personas. Armados se ocuparon de enfrentar las hordas de saqueadores haciendo justicia por mano propia. El primer saqueador que fue baleado animó a más vecinos a sumarse a esta suerte de comité civil de vigilancia.
Cuando los soldados llegaron, se dividieron en grupos, también con vecinos, acompañados por policías que los guiaban. El gobernador había dispuesto la pena de muerte para aquellos que fueran sorprendidos in fraganti.
Arrestaron a cientos de personas con el botín o que eran sorprendidas dentro de los negocios. Se los llevaba a la sede de la policía y en quince minutos se los fusilaba, sin importar que fueran hombres o mujeres.
Se calcula que un centenar de comercios fueron víctimas de robos; muchos quedaron totalmente vacíos. Las personas ejecutadas van de 30 a más de 200. Beruti señala que fueron 600, cuyos cadáveres eran llevados en carros al cementerio. La mercadería que pudo ser recuperada se la llevó a un depósito, donde los comerciantes la retiraban.
El panorama fue normalizándose y se nombró a Blas José Pico, un veterano de las guerras de la independencia, jefe de la policía en reemplazo de Juan Moreno.
La nota de color ocurrió el 5. Los vecinos no salieron de su asombro cuando vieron a José María Salvadores, que durante el gobierno de Rosas había sido oficial primero del departamento de policía. Era buscado desde 1840 por la mazorca para ejecutarlo por sus simpatías hacia el partido unitario. Cuando con un grupo intentaba cruzar al Uruguay, fueron sorprendidos por hombres armados, y a Salvadores lo dieron por muerto. De noche, regresó a su casa en la calle Suipacha y por doce años se ocultó en el sótano. Solo sabía su esposa quien, para disimular, vestía de luto.
Caído Rosas, salió de su escondite. Cuando reapareció del brazo de su esposa estaba irreconocible: la barba le llegaba a la cintura.
Los saqueos de ese febrero infernal fueron controlados, el orden volvió a la ciudad, pero vendría otra pelea, la de Buenos Aires contra la Confederación.
Fuentes: Memorias Curiosas, de Juan Manuel Beruti; La larga historia de los saqueos en Argentina, de Gabriel Di Meglio y Sergio Seerulnikov (comp.); Memorias del general César Díaz – Biblioteca Nacional Uruguay; La Regeneración Argentina.
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