
“Yo, Bernardino Rivadavia, juro por Dios Nuestro Señor, y estos Santos Evangelios que desempeñaré fielmente y con arreglo a las leyes el cargo de Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata que se me confía, que cumpliré y haré cumplir la constitución que se sancionare para el gobierno de la Nación; que protegeré la religión católica y que defenderé y conservaré la integridad e independencia del territorio de la Unión bajo la forma representativa republicana”.
Así fue el juramento del primer presidente con el que contó el país. Fue en una ceremonia celebrada donde desde diciembre de 1824 sesionaba el Congreso Constituyente. Ese martes 7 de febrero de 1826 acompañaron a Rivadavia los diputados Garmendia, González, Pinto y Mansilla.
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El Congreso Constituyente, cuyo objetivo era el de sancionar una constitución, había votado la ley de creación del poder ejecutivo nacional. Aprobada el 6 de febrero de 1826, al día siguiente se procedió a elegir presidente: Rivadavia obtuvo 35 sufragios. En tanto, los restantes candidatos, Alvear, Lavalleja y Álvarez de Arenales, obtuvieron un voto cada uno.
En el discurso de rigor manifestó su propósito de darle a la república una capital “que regle a todos y sobre el que todos se apoyen: sin ella no hay organización…”
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Eran las dos de la tarde cuando quedó en funciones. Hubo una salva general de los cañones del Fuerte, de la escuadra y de las baterías norte y sur.

De ahí lo acompañaron al Fuerte, donde lo esperaba el gobernador Juan Gregorio de Las Heras junto a sus ministros, los jefes militares y la gente que se había agolpado en la puerta. Las Heras leyó el decreto de asunción, lo proclamó presidente y le alcanzó el bastón de mando. Se le fijó un sueldo de 20 mil pesos anuales.
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Rivadavia, de entonces 45 años, estaba casado con Juana Josefa Joaquina, hija del virrey Del Pino. Era de carácter severo y retraído, bajo, de brazos cortos, piel cetrina, vientre abultado y aficionado al ajedrez.
Su inicio en la vida pública fue en el Primer Triunvirato como secretario de Guerra, luego de Hacienda y Gobierno y después reemplazó a Juan José Paso. En el Segundo Triunvirato fue secretario. En diciembre de 1814 el director supremo Posadas lo envió a Europa, junto a Manuel Belgrano, a buscar en las monarquías europeas un candidato para estas tierras.
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El gobernador Martín Rodríguez lo nombró ministro de Gobierno desde el 19 de julio de 1821. Entonces, impulsó la primera ley electoral, eliminó los cabildos y aplicó una amplia reforma administrativa en la justicia, creando el Tribunal Supremo. Fundó la Universidad de Buenos Aires, refundó el Colegio de San Carlos y varias academias.

Rivadavia creó el Archivo General, el Departamento Topográfico y Estadístico, el Museo de Ciencias Naturales. Abolió el fuero eclesiástico, suprimió el diezmo y legisló sobre la edad para la consagración eclesiástica y la cantidad de integrantes por convento, además de disponer la confiscación de propiedades de la iglesia.
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Fue el que gestionó un empréstito de un millón de libras esterlinas. Con ese dinero se haría un puerto y se fundarían tres pueblos costeros en la costa bonaerense, uno de ellos sería Bahía Blanca. Cuando se descontaron comisiones, llegaron a Buenos Aires solo 570 mil, la mayor parte en letras de cambio. El préstamo fue al 6% anual, pagado semestralmente, con una amortización del 1% anual. Como garantía, el gobierno puso la tierra pública. Como la tierra hipotecada tenía prohibida su enajenación, lanzó la ley de Enfiteusis, que establecía un arrendamiento contra el pago de un canon. La deuda recién sería cancelada por Roca en 1904.
En 1824, terminó el mandato del gobernador Martín Rodríguez y Rivadavia quiso ser su sucesor, pero fue elegido Las Heras, entonces partió a Londres. Allí con socios ingleses creó una sociedad para la explotación de minas de metales preciosos. Así, se convirtió en rival de Facundo Quiroga quien, con otros socios, también tenía una empresa similar.
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Regresó al país el 21 de octubre de 1825, luego de un año y medio de permanencia en Europa. El país estaba en guerra desde el 2 de enero.
Junto a la ley de creación de un poder ejecutivo, una ley de ministerios determinó que fueran cinco, y no tres como algún diputado había propuesto. El día que asumió como presidente dio a conocer su gabinete: Julián Segundo de Agüero en Gobierno; Manuel José García, en Relaciones Exteriores; Carlos de Alvear, en Guerra y Marina y Salvador María del Carril, en Hacienda. García renunció y fue reemplazado por el general Francisco Fernández de la Cruz. El sueldo de cada ministro era de seis mil pesos. Tanto el presidente como los ministros debían recibir el tratamiento de “excelencia”.
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Al día siguiente, presentó un proyecto de capitalización de Buenos Aires que fue aprobado el 4 de marzo, a pesar de la oposición de los legisladores porteños que se quedaban sin el puerto. Se nacionalizaba la ciudad y un amplio territorio en el que se concentraban recursos, población y riqueza. Meses después, presentó otro proyecto donde promovía la creación de las provincias de Paraná y la del Salado, en tierras pertenecientes a la de Buenos Aires. Esa norma no pudo ser sancionada.

Creó el Banco Nacional y el sistema de enfiteusis fue extendido a nivel nacional para generar renta fiscal. Se ocupó de la organización de la Universidad de Buenos Aires y de sus planes de estudio.
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A través de su proyecto de Constitución, pretendió implementar un régimen de gobierno unitario, pero lo que logró fue que 11 de las 14 provincias se volcasen en contra de este proyecto, en el que los gobernadores quedaban subordinados al presidente.
La gestión estuvo supeditada a la guerra con el Brasil. Dijo que ese conflicto “iba a decidir la existencia nacional”. El pésimo arreglo diplomático, luego de la victoria en el campo de batalla, más el rechazo en el interior del sistema presidencialista, motivaron su renuncia. “Soy la razón pero no quiero ser la fuerza”, escribió al dejar el cargo. “Argentinos, no emponzoñéis mi vida haciéndome la injusticia de suponerme arredrado por los peligros o desanimado por los obstáculos que presentara la magistratura que me habéis conferido”.
Era el 7 de junio de 1827. Vicente López fue nombrado en forma interina.

Partió a Europa y vivió en París. Regresó en 1834, pero no pudo desembarcar porque el gobernador Juan José Viamonte se lo prohibió. En el puerto lo esperaban su esposa y su hijo Martín. Sus otros dos hijos se habían volcado al rosismo. Se exilió en Colonia, pero cuando se lo vinculó a un supuesto complot de Fructuoso Rivera, el presidente Manuel Oribe lo desterró a la isla de Santa Catarina en 1836. En Río de Janeiro, en 1841, producto de un accidente doméstico, falleció su esposa, y su hijo Martín regresó a Buenos Aires para enrolarse en la causa federal.
Fue a vivir a Cádiz con dos sobrinas, a las que terminó echando porque le robaban. Murió solo, a raíz de una apoplejía el 1 de septiembre de 1845. Resentido y dolido por el trato que había recibido en su país, en su testamento fue claro que deseaba no ser enterrado en Buenos Aires. Sin embargo, sus viejos amigos lo repatriaron el 12 de agosto de 1857.
Desde 1932 descansa en un mausoleo en Plaza Miserere aquel mulato regordete y retraído que fue el primer presidente que tuvo el país.
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