
Desde el 1° de diciembre de 1905 los porteños sabían por el diario La Nación que el anciano general Bartolomé Mitre estaba gravemente enfermo, y que permanecía en su casa de la calle San Martín 336, esa que alquiló mientras fue presidente y la que le regalarían, colecta mediante, cuando dejó la primera magistratura.
Estaba transitando las últimas semanas de vida una personalidad que hizo de todo. Desde presidente, gobernador, legislador, periodista, historiador, militar y escritor, y que tanta polvareda levantó en su actuación pública.
Había nacido el 26 de junio de 1821, en una casa en la esquina de Lavalle Suipacha. Pasó algunos años de su infancia en Carmen de Patagones, ya que su padre Ambrosio había sido nombrado ministro tesorero en el Río Negro. Luego de que la familia se mudase a Montevideo también por cuestiones laborales, en 1836 su papá lo mandó al campo de Gervasio Rozas, hermano de Juan Manuel, para que se forjase en las tareas rurales. Pero no había caso. El muchacho, en lugar de asimilarse al ritmo de la estancia, aprovechaba la sombra de cualquier árbol para sentarse a leer. Rozas no demoró en devolverlo a su familia. “El caballerito no sirve para nada, porque en cuanto ve una sombrita se baja del caballo y se pone a leer”, escribió el estanciero al padre.

Extrañaba que, habiéndolo combatido a Rosas, tuviera en su escritorio un pequeño retrato suyo. Es que en cierta oportunidad cuando iba a cruzar el río Salado por un lugar inconveniente, apareció Rosas y lo guio, advirtiéndole que había estado a punto de ahogarse.
Lo que le atraían eran los libros, la lectura, y cuando era un cadete de 16 años en la Academia Militar de Montevideo, que funcionaba en el Fuerte San José, empezó a garabatear sus primeros versos. Tenía 19 años cuando se casó con Delfina de Vedia, de 20, quien solía llamarlo por el apellido.
Como militar, estuvo involucrado en las luchas entre Oribe y Rivera y en el sitio de Montevideo, donde se lo contó entre los defensores de la ciudad. Allí conoció al italiano Giuseppe Garibaldi, quien lo encandiló con sus ideas republicanas y con su proyecto de unificación de Italia. También en la ciudad oriental le presentaron a Sarmiento, con quien tendría en el futuro muchas idas y vueltas.

La situación política adversa en Uruguay lo obligó a abandonar el país y consiguió emplearse en Bolivia en la dirección de una escuela de artillería, puesto que no pudo ocupar. Cuando los vientos políticos cambiaron en ese país, fue deportado a Chile, donde llegó en abril de 1848 y compartió una pieza de hotel con Juan María Gutiérrez. Fue redactor de El Comercio de Valparaíso, secretario de Juan Bautista Alberdi y también se relacionó con Sarmiento, ya de regreso de su viaje por Europa y Estados Unidos, y a quien visitaba en su quinta en Yungay. Mientras tanto, su esposa Delfina y sus hijos permanecían en Montevideo.
Mitre volvería a Uruguay el 2 de noviembre de 1851, y prometió a su familia no separarse más. Sin embargo, días después viajó a Entre Ríos a ponerse a las órdenes de Urquiza, quien con un ejército reforzado con efectivos brasileños, avanzaban hacia Buenos Aires para derrocar a Rosas.
En la batalla de Caseros estuvo a las órdenes del coronel Pirán, quien comandaba una batería y estuvo a punto de perder la vida cuando un disparo hizo volar el cañón y a su apuntador, que estaba a su lado.

Se radicó con su familia en Buenos Aires. En abril asumió la dirección del diario Los Debates, que usó para lanzar su candidatura a legislador, cosa que logró en las elecciones del 11 de abril, siendo uno de los candidatos más votados.
Fue un férreo opositor al Acuerdo de San Nicolás y acusaba que se buscaba la organización nacional, pero sobre la base de “una dictadura irresponsable”. La fuerte oposición obligó a Urquiza a cerrar los diarios opositores y a desterrarlo junto a Vélez Sarsfield, Ortiz Vélez y Portela, entre otros. Con una valija que a las apuradas le preparó su esposa, lo embarcaron en un buque de guerra y le permitieron escoger el país de destierro. Eligió Uruguay. Desoyó los consejos de sus amigos de quedarse en el país a resistir.
Cuando estalló la revolución porteña del 11 de septiembre de 1852 contra Urquiza, se dispuso que se pusiese al frente de la Guardia Nacional. Tres días después llegaba a Buenos Aires y pudo conocer a su cuarto hijo, Jorge Mariano, nacido en agosto. El matrimonio tendría cinco: Delfina, Josefina, Bartolomé y Emilio.

Cuando Urquiza optó por evitar una guerra contra Buenos Aires, a la que suponía larga y con mucho derramamiento de sangre, volvió a Entre Ríos con su ejército. Mientras tanto, la legislatura porteña lo despojó del ejercicio de las relaciones exteriores, se desconoció el Acuerdo de San Nicolás y les retiró el poder a los diputados que iban a participar del congreso constituyente que sancionaría la Constitución en mayo de 1853.
Se nombró a Valentín Alsina gobernador y Mitre ministro de gobierno y de relaciones exteriores. Peleó contra el sitio que el coronel Hilario Lagos había impuesto sobre la ciudad de Buenos Aires y el 2 de junio de 1853, en una refriega en los potreros de Langdon, en Barracas, un disparo le rozó la cabeza, y teatralizó la situación, pidiendo que lo mantuvieran de pie, así moriría como un romano.
Con el país partido al medio, Mitre, además de su grado militar y de su cargo de legislador, fue nombrado ministro de Guerra y Marina y encaró una profunda reforma militar. Cuando recrudecieron los malones indígenas, se puso al frente de una campaña militar a la frontera sur para avanzar sobre las tolderías de los caciques Catriel y Cachul. Pero los indígenas, conocedores de esta expedición, unieron sus fuerzas y propinaron una dura derrota a las fuerzas que comandaba, y muchos debieron escapar a pie para salvar la vida.

Alsina lo designaría ministro nuevamente de gobierno y relaciones exteriores y en octubre de 1858, mostrando su veta de historiador, sacó su Historia de Belgrano, en tiempos en que las biografías de personalidades nacionales no abundaban. Inicialmente se vendía por entregas en cuadernillos.
El asesinato de Nazario Benavídez, comandante en jefe de la División Oeste del Ejército Nacional, ocurrido el 23 de octubre de 1858, causó gran conmoción y enseguida se sospechó que los porteños habían sido los instigadores, exacerbando los resquemores y las diferencias políticas entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación y se aprestaron a enfrentarse en el campo de batalla. Mitre dejó el ministerio y asumió el comando el jefe de las fuerzas porteñas. Sería derrotado el 23 de octubre de 1859 en Cepeda y, aún así, siguieron altos sus niveles de popularidad en la ciudad.
Fue convencional en la convención provincial revisora de la Constitución, ya que la provincia de Buenos Aires no había estado representada cuando se la había sancionado en 1853. En el medio, el Senado y la Cámara de Representantes lo designaron gobernador para el período 1860-1863. Tenía 38 años y muchos fruncieron el ceño porque no lo tenían como partidario de la unión nacional, que era lo que muchos ambicionaban.
Se acercó a Urquiza y a Santiago Derqui, presidente de la Confederación, y los invitó a participar de los festejos del 9 de julio. En la logia masónica Unión del Plata ambos fueron iniciados, mientras que Mitre fue designado hermano 3°. El gran maestre José Roque Pérez pidió a Urquiza y a Mitre jurar que lograrían una pronta y pacífica unión nacional, y no incitarían a la guerra, sin un previo aviso. Pero nada era lineal. A espaldas de Urquiza, Mitre comenzó a hablar con Derqui y hasta logró poner en Hacienda a un hombre suyo, como una especie de cuña en la desconfiada relación con el caudillo entrerriano.

El asesinato del sanjunino Virasoro, hombre fuerte del interior, volvió a enturbiar el ambiente y a aumentar el malestar hacia Buenos Aires, a quien creían responsable del crimen. Pero las cosas no mejoraban: Antonio Aberastain, gobernador de San Juan puesto por los revolucionarios, fue fusilado por el coronel Juan Saá. Los porteños denunciaron que el hecho fue un caso de intromisión en la política de esa provincia.
A esto se sumaba el conflicto por la incorporación de los diputados porteños al Congreso, electos bajo la legislación que regía en Buenos Aires y no por una ley nacional que había sido votada. De pronto, el Congreso declaró que Buenos Aires había roto el pacto de unión nacional, la consideró rebelde y decretó el estado de sitio. Hacía semanas que la movilización militar era un hecho.
Ambos ejércitos chocaron en Pavón el 17 de septiembre de 1861. Inexplicablemente, o en parte por el juramento masónico que habían hecho, Urquiza se retiró del campo de batalla cuando no había un claro ganador.
Con Urquiza fuera de escena y derrumbada la Confederación, Mitre quedó como gobernador de Buenos Aires y como encargado del poder ejecutivo nacional. En agosto de 1862 se realizaron elecciones y el colegio electoral lo proclamó el 5 de octubre presidente por unanimidad. Su compañero de fórmula era Marcos Paz.
El 16 de enero de 1863 dejó establecida la Corte Suprema de la Nación, creó el Colegio Nacional de Buenos Aires, la construcción de un ferrocarril que uniera Rosario con Córdoba, se declaró ley el Código de Comercio redactado por Dalmacio Vélez Sarsfield y Eduardo Acevedo. Por su parte, Carlos Tejedor elaboró el Código Penal.
Su gestión estaría marcada por la guerra de la Triple Alianza. El espíritu triunfalista de una victoria rápida –“¡en veinticuatro horas a los cuarteles, en quince días en Corrientes, en tres meses en Asunción! entusiasmó- contrastó con la impopularidad de la guerra en el interior y en la dificultad de reclutar hombres para un ejército que no estaba preparado para semejante campaña.
Mantuvo un enfrentamiento con Alberdi, con quien ya había polemizado por el contenido de la historia de Belgrano. El tucumano criticó duramente la participación argentina en ese conflicto, y Mitre nunca se lo perdonó.
La guerra se concentró en el sur del Paraguay y, luego del desastre militar de Curupaytí, debió dejar la dirección bélica. Su vice Marcos Paz, a quien había delegado el mando, moriría víctima del cólera y regresó a Buenos Aires. Los brasileños terminarían la guerra.
Lo sucedió Sarmiento y él asumió como senador nacional. Con la dieta que cobraba (los meses que se sesionaba) más lo que sacó de un remate de sus muebles, libros y cuadros, el 4 de enero de 1870 salió a la calle el diario La Nación, en la imprenta a vapor donde vivía José María Gutiérrez, en la calle San Martín 124.
Ese año debió enfrentar el suicidio de su hijo Jorge Mariano, de 18 años, quien estaba en Río de Janeiro empleado de la delegación argentina, un poco para encontrarle una ocupación. “Muero sin saber por qué”, dejó escrito. Se pegaría un tiro en la sien. En sus manos tenía un retrato de su padre.
Cuando estalló la epidemia de fiebre amarilla en enero de 1871 y casi todos abandonaron la ciudad, Mitre se quedó, ayudó, se contagió y sobrevivió.
Quiso ser candidato a presidente en 1873 pero se impuso Nicolás Avellaneda. Esperó que Sarmiento entregase el poder y se lanzó a una revolución, argumentando que se había cometido fraude, que rápidamente fue sofocada.
En septiembre de 1882 falleció su esposa Delfina y cuando no pudo ser candidato presidencial para 1886, se abocó de lleno a su historia sobre San Martín, gracias a documentación personal del libertador que le envió Mariano Balcarce, yerno del general.
Aceptó la invitación de participar en el famoso mitin del Jardín Florida, organizado por toda la oposición al gobierno de Juárez Celman, y que daría origen a la Unión Cívica.
Antes de iniciar un viaje por Europa, ya que el médico le aconsejó un tiempo de descanso, arregló en secreto con Roca estar en una lista de presidenciables. Alejado de la Unión Cívica y de su líder Leandro Alem, quiso ser nuevamente presidente, pero primó la muñeca política de Roca para armar una fórmula que mantuviera viva su estructura política.
En noviembre de 1905 enfermó. Se quejaba de fuertes dolores de su brazo izquierdo y de trastornos intestinales. El 18 de enero cayó en una lenta agonía, donde sus signos vitales iban disminuyendo hora a hora. Sorprendió a los médicos que lo atendían en su casa que, de pronto, sus pulsaciones aumentaron y el corazón volvía a latir con más fuerza. Pero enseguida volvió al sopor y a las 4.40 de la mañana, falleció.

Fue velado en su casa y luego el ataúd fue llevado a pulso hasta la Casa de Gobierno. Los teatros cerraron y el intendente porteño dispuso mantener encendidas las luces de la ciudad hasta el momento del sepelio, cosa que ocurrió el domingo 21 en la Recoleta. Bajo el estruendo de 101 cañonazos disparados en su honor, desaparecía una figura clave, controvertida, esclarecida y polémica de nuestro país.
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