
Tras casi 85 años de misterio, finalmente se reveló la identidad del asesino que aparece en una de las imágenes más emblemáticas y aterradoras del Holocausto. Gracias a un riguroso análisis histórico apoyado en herramientas de inteligencia artificial y la colaboración de familiares, investigadores y expertos tecnológicos, hoy se puede afirmar con un 99 por ciento de certeza quién fue el hombre que aparece en la foto titulada “El último judío en Vínnitsa”.
La fotografía, universalmente reconocida como uno de los testimonios visuales más intensos de los crímenes nazis en Europa del Este, muestra a un oficial de las SS empuñando una pistola y apuntando fríamente a la nuca de un hombre arrodillado junto a una fosa común llena de cadáveres. Alrededor, otros uniformados observan la escena, en un retrato descarnado de la llamada “banalidad del mal”.
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La imagen, que fue difundida por primera vez en 1961 durante el juicio de Adolf Eichmann en Israel, se convirtió en símbolo del exterminio perpetrado por los Einsatzgruppen, las unidades móviles de la SS responsables de la muerte de cientos de miles de judíos en Ucrania y otros países del este de Europa.
Según relata el historiador Jürgen Matthäus, la fotografía perteneció originalmente a Al Moss, un superviviente del campo de concentración de Munich-Allach. Él cedió la imagen a la agencia United Press con el objetivo de que el mundo supiera lo ocurrido “en tiempos de Eichmann”.
Durante décadas, ni la identidad del asesino ni la de la víctima fueron conocidas. Los investigadores solo sabían que los uniformes pertenecían a miembros de los Grupos de Tareas, sin poder precisar nombres ni detalles de la escena. Incluso el lugar había sido erróneamente catalogado como Vínnitsa, cuando, en realidad, la ejecución tuvo lugar en la ciudadela de Berdychiv, en Ucrania, el 28 de julio de 1941.
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“Fue solo recientemente, tras años de investigación y la llegada de nuevas herramientas tecnológicas, que pudimos responder una de las grandes preguntas de la historia de esa fotografía”, explicó Jürgen Matthäus, exdirector del departamento de investigación del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, en una entrevista con DW.

Jakobus Onnen, el verdugo nazi
El paso decisivo en la identificación del verdugo llegó gracias a los esfuerzos de Matthäus y la ayuda inesperada de un pariente lejano del protagonista de la foto. Tras hacer público en medios alemanes el resultado de sus primeros análisis, recibidos con gran interés, un profesor de secundaria jubilado contactó al historiador convencido de que el oficial de las SS en la imagen era el tío de su esposa.
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La familia proporcionó varias fotografías antiguas de Jakobus Onnen, nacido en 1906 en Tichelwarf, Frisia Oriental, maestro y posteriormente integrantes de las SA y la SS antes de incorporarse al Einsatzgruppe C en 1941. Pese a que buena parte de sus cartas del frente fueron destruidas en los años noventa, las imágenes sobrevivieron.
Matthäus, junto al grupo periodístico Bellingcat, aplicó un avanzado programa de análisis facial basado en inteligencia artificial para comparar las fotografías familiares con la imagen del exterminio. “La coincidencia, según todo lo que me comentan los expertos técnicos, es extraordinariamente alta en términos del porcentaje que arroja el algoritmo”, señaló a The Guardian.
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El software de reconocimiento facial llegó a un grado de similitud del 99 por ciento, resultado respaldado por expertos independientes y por los análisis multidisciplinares realizados.
“El análisis por inteligencia artificial, por sí solo, no sería suficiente para probar la identificación de forma concluyente. Es evidente que no se trata de una solución milagrosa, sino de una herramienta más, entre muchas otras. El factor humano sigue siendo clave”, aclaró Matthäus. Sin embargo, la combinación de las pruebas técnicas, biográficas y documentales permitió publicar los hallazgos en la revista Zeitschrift für Geschichtswissenschaft.
Así, el hombre que sostiene el arma y ejecuta al prisionero en la célebre imagen ha dejado de ser solo un rostro anónimo: Jakobus Onnen, miembro del Einsatzgruppe C y criminal de guerra nazi, murió en combate en agosto de 1943 y nunca fue investigado judicialmente por sus crímenes.
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Redefinición de la historia y memoria del Holocausto
Este avance no solo arroja luz sobre un caso concreto, sino que demuestra el potencial de la cooperación entre historiadores, tecnólogos, familiares y testigos para desentrañar los secretos mejor guardados de la historia.
“Estos son momentos en los que los historiadores, si se me permite generalizar, piensan: aquí he ampliado los límites de nuestro conocimiento”, reflexionó Matthäus a DW.
El caso se suma a una tendencia creciente en la investigación del Holocausto: el uso de IA para identificar perpetradores y, potencialmente en el futuro, también a víctimas cuya identidad fue borrada deliberadamente por sus asesinos.
“Cuanto más trabajemos con otras disciplinas, mejor: no solo con expertos en Historia, sino también con historiadores del arte, expertos técnicos, musicólogos, psicólogos, politólogos, etc.”, celebró Matthäus. El reto sigue siendo inmenso: la mayoría de las víctimas asesinadas en el este de Europa jamás fueron registradas por los nazis, y gran parte de sus nombres ha desaparecido para siempre. Sin embargo, la colaboración interdisciplinaria y los avances tecnológicos han abierto una posibilidad antes inimaginable para honrar su memoria.
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La imagen que durante décadas simbolizó la brutalidad impersonal del Holocausto ahora sirve también para dar identidad y rostro al verdugo, cerrando —aunque solo parcialmente— uno de los grandes enigmas visuales del siglo XX.

El poder de la imagen y el deber de la memoria
La fotografía de Berdychiv no es solo un testimonio del crimen, sino también un recordatorio incómodo y vigente de la capacidad humana para participar en el horror con naturalidad. La famosa reflexión de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal”, mencionada por Matthäus, cobra un peso especial al observar a Onnen en su “pose despreocupada” mientras asesina a sangre fría.
“La razón por la que creo que posó de esa manera es que quería impresionar”, reflexionó Matthäus, quien agregó: “Participar en un asesinato así se daba por hecho y no te daba ningún punto extra en estas unidades de muerte”.
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Aquella imagen, tomada supuestamente como trofeo, ha perdurado y sobrevivido incluso a los intentos de la propia familia por borrar ese pasado, quemando cartas y documentos.
Al hacer pública la verdadera identidad del verdugo, la fotografía se convierte en un llamado a la verdad histórica y al análisis crítico. Como subraya Matthäus: “Gran parte de este trabajo fue realizado por los propios sobrevivientes, que identificaron a las víctimas a partir de fotos, memorias o testimonios”.
Hoy, cuando la inteligencia artificial permite avances insospechados en la recuperación de la memoria, persiste la responsabilidad de nombrar lo innombrable y recordar lo que otros quisieron borrar.
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