
Guillermo Brown, de cuyo fallecimiento se cumplieron este mes 160 años, y que fue llamado con acierto por Bartolomé Mitre Primer Almirante de la Patria, gozó de inmensa popularidad en el país al que brindó los años decisivos de su vida. Pocos como él sintieron el calor entusiasta de las multitudes y las expresiones de aprecio de la sociedad, y si sufrió la incomprensión de espíritus prevenidos y medrosos, contó en general con el respeto de los dos partidos que lucharon sin cuartel en la República.
Nacido el 22 de junio de 1777 en Foxford, Irlanda, Brown llegó al Plata en 1809 y en un principio sólo fue un extranjero más; un capitán mercante que desarrollaba sus actividades de cabotaje sin mayores contratiempos. Pero al estallar la Revolución de Mayo, y sobre todo a partir de 1813, cuando se le encomendó la formación de la segunda escuadra patriota, su nombre comenzó a ser mencionado con respeto y admiración.

Aquel teniente coronel extranjero trabajaba con entusiasmo incansable para convertir en buques de guerra a las modestas y generalmente anticuadas naves de tráfico fluvial que había podido comprar un gobierno acuciado por los gastos de una guerra librada en varios frentes.
Se lo veía en el puerto de Buenos Aires, dando órdenes en inglés -recién varios años más tarde pudo expresarse en un castellano pintoresco, mechado de vocablos sajones-, y se dudaba del éxito que pudiera obtener frente a la temible flota realista de Montevideo. Cautivaba, sin embargo, al decir de Vicente Fidel López, por "su porte tranquilo y amable; su semblante sonriente y abierto, sus formas, sus palabras, sus hábitos, eran de una modestia y de una mansedumbre ejemplar".
El regreso a Buenos Aires, tras haber despejado el peligro en los ríos argentinos luego del combate naval de Montevideo, estuvo signado por la gratitud y el entusiasmo de la población que honró a los veteranos y a los noveles marinos.

Terminada la campaña, Brown emprendió una campaña corsaria con la fragata Hércules que le donó el gobierno; el bergantín Trinidad (al mando de Miguel Brown), el bergantín Halcón (a las órdenes de Hipólito Bouchard) y la goleta Constitución (comandada por Oliverio Rusell, armada por el patriota chileno Julián Uribe, que naufragó a poco de partir). El crucero llegó a la zona glacial antártica (se estima que pudo avistar las costas septentrionales de la Península Antártica). Luego del penoso cruce del Cabo de Hornos marchó hacia el oeste ingresando en el Océano Pacífico. Recorrió las costas de Chile, Perú y Ecuador, entre 1815 y mediados de 1816. En Guayaquil fue hecho prisionero, luego de intenso batallar, y lo rescataron sus camaradas de luchas y aventuras en un episodio memorable.
Producida la separación de Bouchard, intentó regresar a Buenos Aires, pero al enterarse de que pesaba sobre él una orden de arresto por haber zarpado en la campaña anterior sin orden del gobierno, volvió a hacerse a la mar y fue apresado por los ingleses, que le arrebataron todas sus presas.
Años más tarde, durante la guerra con el Brasil (1825-1827) el prestigio del almirante llegó a su cenit. Enfrentaba con unos pocos barcos a la escuadra más grande de Sudamérica, y ello llenaba de orgullo a los argentinos, especialmente a los hijos de la gran aldea platense, obligados testigos de las acciones navales. El 11 de junio de 1826 tuvo lugar el cañoneo de Los Pozos, frente a Buenos Aires. Los habitantes, ubicados en la ribera y en algunos lugares altos, apreciaban los movimientos de los bajeles republicanos y la masa de naves imperiales, que ofrecía un aspecto amenazador. A bordo de la 25 de Mayo, el almirante hizo leer la orden del día en la que expresaba: "Marineros y soldados de la República, ¿veis esa gran montaña flotante? ¡Son 31 buques enemigos! Mas no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues que no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la 25 de Mayo, que será echada a pique antes que rendida. Camaradas, ¡confianza en la victoria, disciplina y tres vivas a la Patria!". A continuación, se advirtió en la capitana una señal que ordenaba: "¡Fuego rasante que el pueblo nos contempla!"…

Las naves brasileñas terminaron por retirarse, en tanto Brown descendía y era objeto del entusiasmo y de la admiración del vecindario. Los fracasos y triunfos de la Escuadra Republicana -especialmente la batalla de Juncal, donde Brown ciñó la espada que le obsequiara el coronel inglés Ramsay- jornada de gloria para las armas argentinas, originaron parecidas muestras de admiración.
Un viajero francés, de paso por Buenos Aires, anotó en aquellos días: "El almirante Brown se ha convertido en el ídolo del pueblo. Todo el mundo quiere verlo: no se oye más que hablar de él: se lo mira como el salvador de la patria…"
A lo largo de su retiro del servicio y durante su gestión como gobernador delegado de Lavalle (1828), en el período en que se desempeñó como jefe de la escuadra de Rosas, continuó gozando del respeto de propios y extraños, incluso del general italiano Giuseppe Garibaldi, vencido en Costa Brava (15 de agosto de 1842), quien señala en sus Memorias: "(Brown) es la primera celebridad marítima de la América meridional, con justos títulos, porque había mandado la escuadra de Buenos Aires en tiempos de la dominación española".

En sus últimos años, afectado por una neurosis que lo amargó completamente, no le fue ajeno el afecto popular, que se manifestó caudaloso cuando el Viejo Bruno, como se lo llamaba cariñosamente, pasó a la inmortalidad, el 3 de marzo de 1857. En aquella ocasión fue Mitre, en nombre del gobierno de Buenos Aires, quien exaltó su gloriosa trayectoria. "El nombre de Brown valía por otra escuadra, y después del triunfo pudimos repetir con el inspirado vate de nuestros triunfos: 'Alzóse Brown en la barquilla débil:/ Pero no débil desde que él la alzara' […] Si algún día nuevos peligros amenazasen a la patria de los argentinos; si algún día nos viésemos obligados a confiar al leño flotante el pabellón de Mayo, el soplo poderoso del viejo almirante henchirá nuestras velas, su sombra empuñará el timón en medio de las tempestades, y su figura guerrera se verá de pie sobre las popas de nuestras naves en medio de la humareda del cañón y la grita del abordaje".
El autor es historiador. Su último libro es "Sarmiento, maestro de América y constructor de la Nación"
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