
El 22 de febrero de 1904 la Argentina inicia su presencia soberana en la Antártida. Tardarán 36 años hasta que se instale el segundo país, que es el Reino Unido, en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una decisión política adoptada por el entonces presidente Julio A. Roca cuando terminaba su segundo mandato.
En sus dos gobiernos tuvo como prioridad la plena ocupación del territorio nacional. En su primera presidencia (1880-1886) se incrementó el territorio nacional efectivo al doble. Se ocupó la Patagonia con los actuales territorios de las provincias de Santa Cruz, Chubut, Neuquén, Río Negro y La Pampa.
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También en el nordeste se incorporaron los territorios de las actuales provincias de Formosa y Chaco, mientras que se completó la ocupación en zonas de Santiago del Estero, Salta, Misiones y el norte de Santa Fe. Se originaron entonces los territorios nacionales, que recién llegarían a ser provincias bajo la presidencia de Perón.
En la segunda presidencia de Roca (1898-1904) se completa la ocupación territorial con la presencia estatal argentina en Tierra del Fuego y las islas del Atlántico Sur y es en este contexto que la Armada argentina comienza a tener un rol en la Antártida al rescatar y auxiliar a las expediciones europeas que habían quedado aisladas y en peligro.
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El Estado argentino termina absorbiendo estas primeras expediciones y es así que en febrero de 1904 se inaugura la primera base argentina en el continente antártico, comprando instalaciones de particulares ingleses, mediante gestiones del Perito Moreno, entonces agregado a la Embajada argentina en Londres.

Desde mediados del siglo XX rige el Tratado Antártico, firmado por más de medios centenar de países, entre ellos las grandes potencias, como EE.UU., China y Rusia. Por el mismo, los siete países que reclaman soberanía en el continente blanco han dejado en suspenso el ejercicio de la misma pero no han renunciado a ella, por lo cual a mediados del siglo XXI cuando vence puede rediscutirse.
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La tendencia hoy en materia de relaciones internacionales muestra no sólo un resurgimiento de los nacionalismos, sino también una tendencia a la extensión de la soberanía sobre los espacios vacíos.
Ya en la década pasada los acuerdos de regulación internacional del Océano Ártico entorno al Polo Norte cayeron de hecho frente a la decisión de los siete países de su entorno -entre ellos EEUU, Rusia y Canadá- de hacer efectiva la soberanía y comenzar la exploración de hidrocarburos, adjudicándose soberanía sobre el lecho de dicho océano. Ello no indica lo que sucederá con la Antártida, pero sí muestra algo que podría suceder.
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En estos días estamos viendo como la disputa de soberanía por el Mar del Sur de China es el epicentro del conflicto estratégico global entre Washington y Beijing. La potencia asiática reclama la soberanía sobre este territorio marítimo y su subsuelo, lo que genera conflictos con media docena de países de la región, incluyendo Vietnam, Filipinas y Taiwán. China ha construido islas artificiales en base a su gran capacidad industrial, donde ha desplegado instalaciones civiles y militares y desde las que reclama la soberanía marítima sobre el entorno. El viernes 17 de febrero China terminó ejercicios navales en al zona y al día siguiente partió para hacer lo mismo en ella un grupo de portaaviones de la Marina estadounidense en un contexto de fuerte tensión militar.
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Obama en la última fase de su segunda Presidencia logró que el Congreso aprobara una ley que reconoce el derecho de propiedad a todos los ciudadanos y empresas estadounidenses de lo que se apropien en el espacio exterior. Ello ha dado seguridad jurídica a la inversión privada en la exploración espacial la que hoy tiene como aliciente la explotación de recursos minerales en el espacio. La instalación de colonias fuera de la órbita terrestre es hoy un plan de décadas y que comenzará a concretarse antes de 2050. Ello traerá la extensión de la soberanía al espacio, pero quien llegue antes tendrá ventaja para imponerla.
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La Argentina ha tenido un dictamen favorable de Naciones Unidas respecto a su pretensión de soberanía marítima. Ello permite pensar el territorio nacional en una mitad que es el continental, un cuarto que es el sector antártico y otro cuarto que es el Mar Argentino, llamado "Pampa Azul", en analogía a lo que significó y todavía significa la explotación agropecuaria para el país, en los estudios de largo plazo elaborados respecto a su explotación económica.
La Argentina ha prestado poca atención al sector antártico en los últimos años y que el rompehielos Irízar, la herramienta fundamental para la política antártica, siga sin navegar a más de siete años de quedar fuera de servicio por un accidente es una evidencia la respecto. El Ministro de Defensa Julio Martínez, al anunciar que este buque entraría en servicio este año, planteó que la Argentina necesitaría un segundo buque polar.
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No es una idea desacertada puesta en el contexto descripto. Quizás este proyecto debería incorporar los destacados avances de Argentina en materia de ciencia y tecnología. El país pertenece a la media docena que exportan centrales nucleares y tiene la capacidad de fabricarlos de las dimensiones necesarias para dar propulsión a un buque. Se dirá que es un proyecto excesivo, ya que muy pocos países tienen buques polares a propulsión nuclear, como es el caso de Rusia. Pero también los tiene Finlandia, cuyo PBI y desarrollo nuclear son inferiores a los de Argentina.
Si Roca hoy viviera seguramente estaría impulsando proyectos de este tipo a 127 años de su decisión de instalar la presencia soberana de Argentina en la Antártida.
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