
La guerra secreta comenzó mucho antes que la de las balas. Un día del mes de marzo de 1937, apareció en el escritorio del coronel František Moravec una carta dirigida a él, el «jefe del Servicio de Inteligencia Checoslovaco». Empezaba así: «Le ofrezco mis servicios. En primer lugar, debo aclarar cuáles son mis haberes: 1. La concentración del ejército alemán. (a) la infantería …» y tal proseguía a lo largo de tres páginas mecanografiadas a un solo espacio. Los checos, conscientes de ser una de las posibles presas de Hitler, desarrollaban sus campañas de espionaje con una intensidad ausente todavía en el resto de las democracias europeas. Al principio, contemplaron la propuesta con escepticismo, dando por hecho que se trataba de otra treta más de los nazis, que les habían tendido ya por millares. Al cabo, sin embargo, Moravec decidió correr el riesgo de dar respuesta. Tras un prolongado intercambio de misivas, el autor de la carta original — al que Praga denominó agente A-54— se avino a concertar una cita en la localidad de Kraslice, en los Sudetes. […] Este traía consigo pliegos de documentos secretos en un maletín con el que había cruzado despreocupadamente los puestos fronterizos. Entre el material figuraba una copia de los planes defensivos de Checoslovaquia, de resultas de lo cual Moravec supo que entre los suyos había un traidor a quien, posteriormente, se ajustició en la horca. El agente A-54 partió de Kraslice sin revelar su nombre, pero con 100.000 marcos del Reich más en su haber. Prometió establecer contacto de nuevo y así fue, pues en los tres años siguientes suministró información de gran valor. Hubo de pasar mucho tiempo hasta que este joven fue identificado como Paul Thummel, un agente del servicio de inteligencia del Abwehr, de treinta y cuatro años.
Para Moravec, este tipo de episodios no resultaban excepcionales. Era un hombre de talla media, apasionado y tremendamente dinámico. Le entusiasmaban los juegos de mesa, sobre todo de ajedrez, dominaba seis lenguas y podía leer algo de griego y latín. […] Ingresó en el cuerpo de inteligencia en 1934 y tres años más tarde asumía la dirección del servicio. Moravec aprendió el oficio fundamentalmente a través de las historias de espías que sacaba de los quioscos y no tardó en descubrir que buena parte de los agentes en el mundo real traficaban con ilusiones: los supuestos informantes de su predecesor se demostraron un producto de la imaginación de aquel hombre, una tapadera para sus desfalcos.
El coronel invirtió una parte nada desdeñable de sus recursos en la contratación de cazatalentos que consiguieran informantes en Alemania, articulados en un sistema de redes dotadas siempre de una escrupulosa protección. Fundó una empresa de préstamo rápido en el Reich y buscó clientes entre los militares y los funcionarios públicos. Al cabo de un año, noventa representantes de su banco deambulaban por Alemania, casi todos empleados legítimos, aunque había también personal de inteligencia que cribaba a los prestatarios con acceso a información susceptibles de ser chantajeados o sobornados. Los checos también iban a la cabeza en cuestiones de tecnología: fotografía de micropuntos, rayos ultravioletas, escrituras secretas y equipos de radio de último modelo. [..]

Todas las naciones importantes investigaban en los secretos de las otras por igual: de forma pública y de forma encubierta. [..] Las hosterías de verano en Europa se habían llenado de jóvenes parejas en viaje turístico — algunas a sueldo de sus respectivos servicios de inteligencia— que manifestaban un interés muy poco romántico por los aeródromos. […]
En cuanto a los nazis, en agosto de 1935, el doctor Hermann Görtz pasó varias semanas en ruta con su motocicleta Zündapp por Suffolk y Kent, localizando la ubicación exacta de las bases de la RAF junto a una hermosa joven llamada Marianne Emig, que lo acompañaba en el sidecar. Pero Emig se cansó de la misión, o perdió los nervios, y Görtz, el abogado de cuarenta y cinco años originario de Lubeca que había aprendido inglés con su institutriz, hubo de llevarla de vuelta a Alemania. Regresó más tarde para recoger su cámara y las posesiones que la pareja había dejado atrás, en el apartamento de Broadstairs, donde se encontraban también los planos de la Manston de la RAF. Por desgracia para aquel jefe de espías en ciernes, gracias al chivatazo del casero, preocupado por el espionaje, la policía ya se había apoderado de los artículos incriminatorios. Görtz fue arrestado en Harwich y sentenciado a cuatro años de cárcel. En febrero de 1939 salió libre y fue deportado; volveremos a encontrarnos con Hermann Görtz más adelante.

Para destapar los secretos de sus vecinos en el extranjero, todas las naciones envolvieron a parte de sus hostigadores en el manto de la diplomacia y los destinaron a sus embajadas. Entre los agregados militares berlineses se encontraba el coronel británico Noel Mason-MacFarlane. «Mason-Mac» era astuto pero también jactancioso. Un día de 1938, asustó a un inglés a quien había invitado a su casa al apuntar desde su ventana hacia el lugar desde donde Hitler contemplaría al día siguiente el desfile de aniversario de la Wehrmacht. «Un disparo fácil con el rifle», afirmo lacónico el coronel. «Podría eliminar a ese bastardo desde aquí en un abrir y cerrar de ojos y, aún diría más, estoy pensando en hacerlo… Con ese lúnatico fuera del camino quizá podríamos poner un poco de orden en todo esto.» Por supuesto, Mason-MacFarlane no hizo nada similar. En sus momentos más comedidos, forjó una estrecha amistad con algunos oficiales alemanes y transmitió a Londres no pocas advertencias con respecto a las intenciones de los nazis. Pero la imagen ilustra adecuadamente la presencia de la fantasía en las vidas de los agentes de inteligencia, siempre vacilantes sobre la cuerda floja que se tensaba entre las nobles intenciones y una comedia baja.
Algunos críticos arrogantes acusaron al Gobierno de Estados Unidos de no disponer de una rama de inteligencia. En sentido estricto, así fue: no hubo despliegue de agentes secretos en el extranjero. En territorio nacional, la Oficina Federal de Investigación (FBI) de J. Edgar Hoover era la responsable de la seguridad interna de la nación. Aunque cosechó abundantes triunfos contra los gánsteres — que pregonó a bombo y platillo— y sometió a una intensiva vigilancia al Partido Comunista estadounidense, amén de a los sindicalistas, poco llegó a saber del ejército de espías soviéticos que pululaban por su territorio y nada hizo para convencer a las empresas de alta tecnología de que no divulgasen a voz en grito sus descubrimientos. El agregado militar alemán, el general Friedrich von Bötticher, comentó con desfachatez sobre sus años de servicio en Washington: «Era demasiado fácil, los estadounidenses son tan abiertos que lo publican todo. No se necesita un servicio de inteligencia. ¡No hay más que ser aplicado y leer los periódicos!».

En 1936, Bötticher pudo mandar a Berlín informes detallados sobre los experimentos con cohetes que se realizaban allí. Un traidor estadounidense vendió a los alemanes los planos de uno de los avances tecnológicos más apreciados de su país: la mira Norden para bombarderos. El general insistió en que el Abwehr no debía molestarse en desplegar a agentes secretos en Estados Unidos; había que procurar que sus anfitriones continuasen teniendo fe en la buena voluntad de los nazis.
Las agencias de inteligencia sobrevaloran la información obtenida por los espías. Uno de los muchos académicos reclutados por el servicio secreto británico durante la guerra señalaba con cierto desdén: «[El MI6] valora la información atendiendo a su secretismo, no a su precisión. Estiman más valiosa… una información de tercera categoría, ambigua y tendenciosa, que se haya escamoteado desde Sofía en la solapa de la botonadura de un chulo y holgazán rumano que cualquier inteligencia deducida a partir de la atenta y juiciosa lectura de la prensa extranjera» (2). Los corresponsales y diplomáticos estadounidenses en el extranjero suministraban a Washington una visión del mundo no menos plausible que la generada por los espías europeos. El comandante Truman Smith, agregado militar estadounidense en Berlín desde hacía mucho tiempo y tímido admirador de Hitler, se hizo una idea más precisa del orden de batalla de la Wehrmacht que el MI6. […]

Los japoneses pusieron gran empeño en sus tareas de espionaje tanto en China como en Estados Unidos o en los imperios europeos del Sureste Asiático, a los que consideraban un posible botín. Sus agentes se entregaban a la tarea en cuerpo y alma: en 1935, cuando la policía de Singapur arrestó a un expatriado japonés local al que creía espía, tal fue la angustia del hombre por intentar evitar la vergüenza de Tokio que, a la usanza de E. Phillips Oppenheim, se tragó el ácido prúsico en su celda. Los nacionalistas chinos, encabezados por Chiang Kai-shek, sostuvieron un eficiente servicio de contrainteligencia para proteger su dictadura de las críticas nacionales, pero en Asia, los espías japoneses podían reunir información casi sin trabas. Los británicos demostraban mayor interés en contraatacar la agitación comunista interna que en combatir a los posibles enemigos extranjeros. A sus ojos, resultaba imposible tomar en serio a «los bachichas del Este» — así denominaba Churchill a los japoneses— o a «los esclavitos amarillos», según el director del Foreign Office.
Los diplomáticos de Gran Bretaña mostraban un tremendo descuido en la protección de sus secretos, en buena medida porque observaban a raja tabla las convenciones de la caballerosidad victoriana. Robert Cecil era uno de ellos, y en una ocasión escribió: «Una embajada era la casa de campo de un embajador; resultaba inconcebible que uno de los invitados pudiera espiar al resto». Ya en 1933, el Foreign Office recibió una advertencia, aunque fue desoída: cuando uno de sus miembros acabó con la cabeza dentro de un horno de gas, se descubrió que había estado vendiendo cifrados británicos a Moscú. Luego se supo que uno de los empleados, el capitán John King, se había pagado a su querida estadounidense pasando secretos. En 1937, Francesco Constantini, asalariado local de la embajada británica en Roma, consiguió hacerse con los papeles de su señor para entregárselos al servicio secreto italiano, porque el embajador daba por supuesto que una persona podía confiar en sus empleados. En aquella época, además, los hombres de Mussolini descifraron algunos códigos británicos: no todos los italianos eran los payasos que sus enemigos creían. […]

Pero en ninguna parte del mundo se manejó y se valoró la inteligencia con sabiduría. Aunque los secretos tecnológicos siempre resultaban útiles para las naciones rivales, es poco probable que buena parte de las febriles vigilancias políticas y militares secretas revelasen a los Gobiernos más de lo que estos podrían haber extraído de una cuidadosa y atenta lectura de la prensa. Las rivalidades endémicas perjudicaban la colaboración entre las distintas agencias de inteligencia, cuando no la impedían. En Alemania y Rusia, Hitler y Stalin dividieron el poder entre sus policías secretos, con la intención de seguir concentrando el control en sus manos. En Alemania, la principal agencia era el Abwehr, que significa literalmente «seguridad», aunque sus atribuciones consistían en recopilar inteligencia en el extranjero y desarrollar las labores de espionaje en territorio nacional. Era una rama de las fuerzas armadas y estaba dirigida por el almirante Wilhelm Canaris. Cuando Guy Liddell, director del servicio de contraespionaje del MI5 y uno de sus agentes más preparados, intentó más adelante explicarse la incompetencia del Abwehr, manifestó estar sinceramente convencido de que Canaris era un agente a sueldo de los rusos.
Los nazis también contaban con un aparato de seguridad propio: el Reichssicherheitshauptamt o RSHA, dirigido por Ernst Kaltenbrunner e integrado en el imperio de Himmler. Estaba formado por la policía secreta de la Gestapo y su rama hermana del sector de la contrainteligencia, el denominado Sicherheitdienst o SD, cuyas actividades se solapaban en muchas áreas con las del Abwehr. Una de sus figuras claves fue Walter Schellenberg, el asistente de Reinhard Heydrich, quien acabaría haciéndose cargo del servicio de recopilación de inteligencia en el extranjero del RSHA, el aparato que absorbió al Abwehr en 1944. El alto mando y las actividades de descifrado de códigos diplomáticos estuvieron liderados por el Chiffrierabteilung, comúnmente conocido como OKW/Chi, y el ejército contó con una nutrida rama de inteligencia de radio que al final pasó a ser el OKH/GdNA. El Ministerio del Aire de Göring disponía de una operación criptográfica propia, equivalente a la de la Kriegsmarine. La inteligencia económica quedó en manos del WiRuAmt, y el Ministerio de Exteriores de Ribbentrop reunía los informes enviados desde las embajadas en el extranjero. Guy Liddell escribió enojado: «Con nuestro sistema de Gobierno, nada podía evitar que los alemanes consiguieran cualquier información que precisasen». Pero los complejos aparatos de inteligencia y contrainteligencia nazis se demostraron mucho más eficaces en la aniquilación de resistencia nacional que en el aprovechamiento de las fuentes extranjeras, incluso en los casos en que les llegaba algún dato útil.
[…] El aire zumbaba, silbaba y chisporroteaba cuando los mensajes, privados, comerciales, militares, navales o diplomáticos atravesaban países y océanos. […]
Para los mensajes de alto secreto, el único código prácticamente inviolable era el que se basaba en el sistema del «cuaderno de un solo uso», una denominación que se explica en su mismo nombre: el emisor empleaba una combinación exclusiva de letras y/o números inteligible solo para un receptor que dispusiera de una fórmula de encriptado idéntica. […] A partir de la década de 1920, algunas de las principales naciones empezaron a usar cifrados considerados impenetrables si se manejaban adecuadamente, porque el mensaje se generaba por medio de máquinas dotadas de un teclado electrónico que codificaba la información a partir de millones y millones de combinaciones posibles. La magnitud del reto tecnológico que representaban estas señales encriptadas a través de una máquina enemiga no logró desanimar a ninguna nación en sus empeños por leerlas. Este desafío se erigió en el primer objetivo de la inteligencia durante la segunda guerra mundial.

La estrella por antonomasia del Deuxième Bureau, el servicio de inteligencia francés, fue el capitán Gustave Bertrand, jefe de la rama criptoanalítica en la Section des Examens del ejército que se retiró del servicio para ocupar un puesto que ningún oficial de carrera con ambiciones habría deseado. Uno de sus contactos era el empresario parisino Rodolphe Lemoine, nacido Rudolf Stallman, hijo de un rico joyero berlinés. En 1918, Stallman adoptó la nacionalidad francesa; su pasión por el espionaje per se lo llevó hasta el Deuxième. En octubre de 1931, aquel remitió a París la oferta de un tal Hans-Thilo Schmidt, hermano de un general alemán, que se ofrecía para vender información sobre Enigma y superar así el bache económico en el que se encontraba. Bertrand aceptó y, a cambio de dinero en metálico, Schmidt despachó abundante material sobre la máquina, junto con sus claves de cifrado de los meses de octubre y noviembre de 1932 […]
En 1927, los desencriptadores británicos ya habían adquirido uno de los primeros modelos comerciales de Enigma y lo examinaban con reverencia. Tenían noticia de que, desde entonces, el sistema había ganado en complejidad gracias a la inclusión de un enrevesado sistema de cableado al que denominaban Steckerbrett, o clavijero. Ofrecía un número de posiciones para cada letra que ascendía a los 159 millones de millones de millones. Lo que el ingenio humano había diseñado había de ser, al menos en el plano teórico, accesible también para el ingenio humano. En 1939, sin embargo, nadie imaginaba aún, ni por un instante, que seis años más tarde la inteligencia hurtada en las ondas resultaría más valiosa para los vencedores, y más ruinosa para los perdedores, que cualquier informe realizado por todos los espías de las naciones beligerantes.
(2) Citado por Hugh Trevor Roper en "The Wartime Journals", abril de 1943
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