Juan Domingo Perón y ela brigo que usó en su último discurso el 12 de junio de 1974
Juan Domingo Perón y ela brigo que usó en su último discurso el 12 de junio de 1974

En el ocaso de su vida, y en su tercera presidencia, Perón encontraba enormes dificultades para gobernar. Por eso, sorpresivamente, en la mañana de ese día había hablado por la cadena nacional, desde su despacho:

-Cuando acepté gobernar, lo hice pensando en que podría ser útil al país, aunque ello me implicaba un gran sacrificio personal. Pero si llego a percibir el menor indicio que haga inútil ese sacrificio, no titubearé un instante en dejar este lugar a quienes lo puedan llenar con mejores probabilidades.

El viejo general estaba cansado, harto:

-Yo vine al país para unir y no para fomentar la desunión entre los argentinos. Yo vine al país para lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia. Yo vine al país para brindarle seguridad a nuestros conciudadanos y lanzar una revolución en paz y armonía y no para permitir que vivan temerosos quienes están empeñados en la gran tarea de edificar el destino común.

Como respuesta a esas palabras, rápidamente comenzó a llegar la gente a la Plaza de Mayo. En pocas horas, se reunió una multitud, como en los mejores tiempos.

Entonces Perón salió al balcón, acompañado de Isabelita, y volvíó a hablar:

-Creo que ha llegado la hora de que pongamos las cosas en claro… Mientras nosotros no descansamos para cumplir la misión que tenemos y responder a esa responsabilidad que el pueblo ha puesto sobre nuestros hombros, hay muchos que pretenden manejarnos con el engaño y con la violencia…

Pocas semanas antes, el 1° de Mayo, en esa misma Plaza, el presidente Perón había echado a los montoneros, a quienes señaló como "imberbes". La situación del país era dificilísima.

Junto a Isabel Martínez de Perón en el balcón de la Casa Rosada.El general estaba enfermo. Ese día la temperatura era muy baja. Tenía puesto un abrigo, mientras que su esposa se cubría con un tapado de piel
Junto a Isabel Martínez de Perón en el balcón de la Casa Rosada.El general estaba enfermo. Ese día la temperatura era muy baja. Tenía puesto un abrigo, mientras que su esposa se cubría con un tapado de piel

Sin la protección del vidrio blindado que se había colocado en el balcón en otras oportunidades, Perón seguía hablando:

-Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección, pero nosotros conocemos perfectamente bien nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, ¡¡¡sin dejarnos influir por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda!!!…

A cada párrafo, la multitud estallaba en aplausos y ovaciones. Muchos veteranos evocaban las grandes concentraciones de la década del 50. Otros, mucho más jóvenes, vivían por primera vez aquello que sólo conocían por los relatos de los mayores.

Finalmente, el presidente dijo lo que la muchedumbre esperaba:

-Compañeros, esta concentración popular me da el respaldo y la contestación a cuanto dije esta mañana…

Aceptaba el duro desafío que le planteaba la conducción de un país atravesado por la violencia política.

Pero la voz de Perón no era la misma de aquellos discursos de otras épocas. Por momentos sonaba muy débil, quebradiza.

Perón estaba enfermo. Ese día la temperatura era muy baja. Tenía puesto un abrigo -errónamente se creyó que era un sobretodo- mientras que su esposa se cubría con un tapado de piel.

Perón tenía que cuidarse. Pocos días antes, el 6 de junio, y en contra de la opinión de sus médicos, había ido a Paraguay en visita oficial. Y allí tomó frío, mucho frío. Incluso soportó una pertinaz llovizna, en un prolongado acto protocolar.

Por eso estaba enfundado en esa prenda que forma parte de la iconografía de nuestra historia política.

El abrigo cruzado, de pata de gallo -"pied de poule"- con dos filas de botones. Y las solapas de terciopelo negro. Nunca lo había usado en público. Era nuevo. Pero una foto de marzo de 1972 lo muestra usando la misma prenda:

Marzo de 1972, Perón usa una prensa muy similar a la que llevó en su último discurso: un abrigo con solapa de terciopelo
Marzo de 1972, Perón usa una prensa muy similar a la que llevó en su último discurso: un abrigo con solapa de terciopelo

Esta otra imagen refleja el momento en que Juan Domingo Perón recibe a su esposa en el aeropuerto de Madrid, cuando Isabel regresaba de un viaje de casi cuatro meses a la Argentina, adonde había llegado en diciembre de 1971.

El mismo modelo: cruzado, pata de gallo, dos filas de botones. Y las solapas de terciopelo negro, con un vivo en el borde.

Claramente, las dos fotos registran momentos diferentes. En una, Isabel tiene el pelo recogido y una polera negra debajo del tapado. En la otra, usa el cabello largo y suelto. Y tiene una camisa clara.

El abrigo de Perón parece el mismo. Pero no lo es.

El local de Lavalle 641, en pleno microcentro porteño, era un santuario de la moda masculina. Allí estaba "González", la sastrería que había impuesto el slogan "¿Viste los trajes de González?", utilizando la doble interpretación de la frase, por ver y por vestir.

Empresarios, artistas, deportistas, todas las celebridades de la época eran clientes de GonzálezTambién los políticos. Entre ellos, el presidente de la Cámara de Diputados Raúl Lastiri. Recordemos: entre julio y octubre de 1973 fue Presidente de la Nación, luego de la renuncia del presidente Cámpora y el vice Solano Lima y el apresurado viaje al exterior del sucesor natural Alejandro Díaz Bialet, que era Vicepresidente del Senado.

Raúl Lastiri y Norma López Rega en la intimidad de su casa en una nota de la revista Gente, donde el político mostró su colección de corbatas (Eduardo Forte)
Raúl Lastiri y Norma López Rega en la intimidad de su casa en una nota de la revista Gente, donde el político mostró su colección de corbatas (Eduardo Forte)

Un reportaje del cronista Alfredo Serra y el fotógrafo Eduardo Forte, en la revista Gente, mostró a Lastiri una vez en la intimidad de su departamento, exhibiendo su colección de cientos de corbatas. En esa nota aparecía junto a su esposa Norma Beatriz, que era hija de José López Rega, aquel secretario personal de Juan Domingo Perón que tanta influencia tuvo en una época
de la Argentina.

En el marco de esa relación política y familiar, Lastiri conoció la novedad:

-El General necesita hacerse ropa…

Y no dudó en recomendar el lugar en el que él mismo compraba sus trajes, sus camisas. Y sus corbatas.

Una tarde, una persona vestida de civil llegó a Lavalle 641, y se presentó ante el gerente comercial, "El Gallego" Iglesias:

-Soy el oficial (…) de la Casa Militar de la Presidencia. Quiero ver al señor González.

Rubén González, "Coco", no estaba. Habitualmente trabajaba en la sede de Pueyrredón 1914, casi esquina Peña, donde además de un local de venta estaban los talleres en los que se confeccionaba toda la ropa. Rápidamente, Iglesias tomó el teléfono y marcó 80-9311, el directo de Coco. Y le dijo:

-Aquí hay un señor de la Presidencia, quiere hablar con vos, te paso…

El diálogo fue breve:

– Señor González, el general Perón necesita dos abrigos y algunos trajes… Precisamos ver algunos paños, para que él elija…

Al día siguiente, Coco estuvo en Lavalle para recibir personalmente al funcionario. Se habló de la condiciones:

-Usted va a cobrar una parte por adelantado, no va a haber ningún problema con el dinero. Necesito que usted mismo esté presente en el momento de tomar las medidas.

Y agregó:

-Lo llamo más tarde para confirmarle el día que tienen que ir a la Casa de Gobierno.

Por estrictas razones de seguridad, Coco González mantuvo en secreto el compromiso que había asumido. ¡Hacerle trajes a Perón! No lo comentó con nadie, ni siquiera con su familia. Pero sí lo hizo con su inseparable colaborador, el "Tano" Pugliese, el sastre principal de la empresa:

-Che Tano, preparate… Tenemos que ir a la Casa de Gobierno, hay que tomarle las medidas a Perón porque necesita unos trajes y unos abrigos…

Isabelita, Perón y José López Rega
Isabelita, Perón y José López Rega

Al día siguiente, Coco recibió en su teléfono personal el llamado de la Presidencia:

-Señor González, esta tarde tiene que venir con el sastre para tomar las medidas del General… Traiga las telas.

Coco fue al local de Lavalle, tomó las pequeñas carpetas con las muestras de casi 40 paños, y junto con Iglesias y Pugliese caminaron hasta la Casa de Gobierno.

Cuando los recibieron, entraron a una salita. Había una mesa, sobre la cual Coco extendió todas las telas.

-Vea González, lo urgente es un traje y un abrigo. El general trajo una tela de España para uno de los abrigos…

Y le mostró un pied de poule, con la clásica trama jaspeada.

-¿Y cuando podremos venir a hacer las pruebas?…

-No González, pruebas no va a haber, el General no tiene tiempo…

En la confección de ropa a medida las pruebas son un paso ineludible, un requisito elemental. Y justo en este compromiso tan riesgoso, trajes y abrigos para Perón, era imposible hacerlas. O sea, iban a tomar las medidas y luego, sin posibilidad de ajuste, las tenían que entregar.

¡Y nada menos que para ese personaje central de la historia argentina, que había regresado al país para ser presidente por tercera vez! El Presidente, ese hombre que entró a la sala en ese momento.

Coco González, el dueño de la sastrería no era peronista. Pero cuando conoció a Perón quedó encantado. Sonriente, entrador, el Presidente le cayó simpatiquísimo
Coco González, el dueño de la sastrería no era peronista. Pero cuando conoció a Perón quedó encantado. Sonriente, entrador, el Presidente le cayó simpatiquísimo

Coco González no era peronista, nunca lo había sido. Su infancia y adolescencia habían transcurrido en la década del 50, cuando la demagogia, la censura y el culto a la personalidad oscurecían los indudables logros del peronismo en materia social.

No, no simpatizaba con ese hombre que -en el acto- le cayó simpático.

Sonriente, cordial, entrador, Perón saludó a los visitantes y al estrecharle la mano, Coco le dijo:

-Señor Presidente, mucho gusto, acá tiene las telas para elegir…

Perón miró todo, hizo un par de comentarios, eligió cinco o seis y se dispuso a que le tomaran las medidas. Lo habitual: pecho, largo de tiro, hombros y manga para el saco. Cintura, largo externo y tiro para el pantalón.

Cuando llegó el momento de tomar las medidas para el abrigo, Pugliese extendió el metro bien por debajo de la rodilla del Presidente, quien le dijo:

-Maestro ¿los dos abrigos van a ser largos? Mire que uno lo quiero tipo gabán… Y con las solapas de terciopelo oscuro… Con un borde, cómo lo llaman ustedes… Eso, envivado… Para tener más pinta…

Era el Perón canchero, comprador, el de siempre. Pero no era el de siempre. Coco lo notó caído, débil. Caminaba despacio, se agitaba. Tenía aspecto de enfermo.

Sin embargo, mantenía su cordialidad para tratar a todo el mundo:

-¿Listo, terminamos, me puedo ir tranquilo? Bueno, que quede lindo… Arreglen todo con los muchachos…

Los saludó afectuosamente y se fue, rumbo a su despacho, acompañado de los custodios.

Perón e Isabelita. Al general le gustaba la buena ropa: lo primero que pidió fue un gabán y un traje azul a medida
Perón e Isabelita. Al general le gustaba la buena ropa: lo primero que pidió fue un gabán y un traje azul a medida

González, Iglesias y el Tano Pugliese se quedaron solos unos minutos. Al rato volvió el funcionario de la Casa Militar:

-Bueno, señor González, el general para empezar quiere el gabán con la tela que él trajo de España y un traje azul… Es urgente… ¿En tres días están?

Coco pensó que se moría. ¡Tres días! Y además sin la posibilidad de la prueba… Imposible, ni siquiera trabajando día y noche.

Finalmente, quedaron que a los cinco días iban a llevar el gabán jaspeado y el traje azul a la Casa Rosada. El resto de lo ropa se iba a entregar en los días siguientes.

-En cuanto al precio, no discutimos porque esto es para el General… Ahora mismo ustedes se van a llevar un adelanto.

Se trabajó febrilmente. Tuvieron que participar de la confección varios empleados, pese a que precisamente en ese momento un durísimo reclamo sindical afectaba a la Sastrería González. Uno de los gremios tenía una actitud duramente confrontativa, situación que nacía con el despido de un activista que cobró 150.000 dólares de despido.

Pero había que entregar el traje y el abrigo para Perón. A los tres días, las dos fundas fueron entregadas en la Casa de Gobierno. En total, la compra fue de $ 500.000.

“Quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Estas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento”, dijo desde el balcón
“Quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Estas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento”, dijo desde el balcón

Cuando llegó el 12 de junio de 1974, Buenos Aires estaba helada. Perón había hablado a la mañana, por la cadena nacional, marcando su fatiga ante las dificultades que se le presentaban para lograr la concordia nacional:

-Ya pasaron los días de exclamar -¡¡¡la vida por Perón!!- vivimos momentos en que es indispensable demostrar en hechos sinceros y fehacientes, que estamos dispuestos a servir al objetivo común de todos los argentinos, realizado en paz con un trabajo honrado y permanente, a la vez que neutralizando la acción de los enemigos de la Patria, de afuera o de adentro, empeñados en impedir su reconstrucción y su liberación…

Horas antes se había reunido con Ricardo Balbín, el máximo dirigente del partido radical, que había sido su más enconado enemigo político. Ahora, Perón se confesaba ante él:

-Balbín, me muero…

En esas horas, Gustavo Caraballo, que era Secretario Legal y Técnico, le proponía al Presidente cambiar la Ley de Acefalía y nombrar ministro de Interior a Balbín, para que pudiera quedar como presidente en caso de fallecer Perón. Pero la resistencia del sector de López Rega lo impidió.

Perón terminó su discurso del mediodía y pronto percibió que tendría que volver a hablar, esta vez desde el balcón y ante la multitud que empezaba a llenar la Plaza de Mayo. Un rato después, abrigado con el flamante gabán de pata de gallo que le habían hecho los sastres de González, ese de las solapas oscuras, decía el que habría de ser el último discurso de su vida:

-Quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Estas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento.

La enorme dimensión de los hechos históricos y la relevancia de sus protagonistas empequeñecen absolutamente la mínima historia de una prenda de vestir. El gabán que usó Perón el 12 de junio de 1974, 19 días antes de su muerte, es apenas un detalle. Y su origen alcanza la modesta jerarquía de una anécdota.

Pero de todos modos resulta interesante comprobar, en la iconografía de Perón, que las solapas estaban presentes desde sus primeros atuendos de soldado:

Juan Domingo Perón con su uniforme de la Escuela Militar
Juan Domingo Perón con su uniforme de la Escuela Militar
Las solapas que le gustaron toda su vida
Las solapas que le gustaron toda su vida

No sabemos si el gabán del balcón ha quedado guardado en el guardarropa de algún coleccionista o en un museo. Más aún, desconocemos si aquel otro gabán idéntico, que fue modelo del posterior, quedó en España. O si dañado por el uso, apenas sirvió como referencia a través de esa misma fotografía del beso de Perón e Isabel en el aeropuerto de Madrid, en marzo de 1972.
No es improbable que alguna vez aparezca alguno de los gabanes de Perón. O los dos, vaya uno a saber.

Uno de los dos se hizo en tres días, en una sastrería de Buenos Aires.

Heródoto dijo que "el pasado está en el futuro". Algo sabía de historia.

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