
El Parlamento Centroamericano otorgó, en su segunda edición, el Reconocimiento “San Arnulfo Romero, por la Defensa de los Derechos Humanos de los Centroamericanos y Dominicanos” a Fray Augusto Ramírez Monasterio de forma póstuma. Este galardón fue recibido por Fray Edwin Alvarado durante la ceremonia oficial.
Mediante este reconocimiento, el organismo regional destaca la contribución de Ramírez Monasterio a la defensa de la dignidad humana y los derechos fundamentales en Centroamérica y República Dominicana.
El reconocimiento póstumo lo recibió el Fray Edwin Alvarado, en una ceremonia que contó con los familiares del homenajeado y representantes de la comunidad franciscana.
“El llegar a este momento culmen nos invita a reflexionar de la importancia del respeto a los derechos humanos y nos debe hacer conciencia que los tiempos de la barbarie no deben volver jamás. El respeto a los derechos humanos es una lucha diaria y es nuestra obligación hacerlos valer”, reaccionó el diputado guatemalteco del Parlacen, Ruddy Girón.

Sobre la vida de Ramírez Monasterio
Augusto Rafael Ramírez Monasterio, sacerdote guatemalteco de la Orden de los Hermanos Menores, fue asesinado el 7 de noviembre de 1983, en las afueras de Ciudad de Guatemala, en un incidente que se considera parte del martirio durante el periodo de violencia política y represión religiosa en el país. Su muerte se produjo en un contexto de creciente hostigamiento estatal contra miembros de la Iglesia católica, mientras Guatemala atravesaba los años del régimen militar y la guerra civil, según el relato biográfico disponible en el portal de los Hermanos Franciscanos.
El padre Augusto Ramírez Monasterio había sido reconocido por su labor pastoral en la parroquia de “San Francisco el Grande” desde 1978, en la ciudad de Antigua Guatemala, donde ejercía como párroco y guardián. Desde ese puesto, predicó y llevó una vida que, en palabras de los relatos de la Iglesia, daba “testimonio de Evangelio” y representaba “la fuerza liberadora de la Fe”. Defendía la verdad y la justicia, mostraba solidaridad activa con los sectores pobres y oprimidos, y alentaba mediante su ejemplo a la comunidad a seguir los valores cristianos.
Según el mismo testimonio eclesiástico, el episodio que desencadenó una persecución letal contra Ramírez Monasterio ocurrió en junio de 1983, cuando acogió en confesión a un campesino presuntamente vinculado con la guerrilla. Este hecho fue utilizado por autoridades militares como justificación para acusarlo de simpatizar con sectores de izquierda, pese a que, según la Iglesia católica, siempre evitó involucramiento político y sus predicaciones se ceñían exclusivamente a la doctrina eclesial. Tras este incidente, el sacerdote fue aprehendido, sometido a tortura para obtener información confidencial de confesión y liberado días después.
A pesar de las crecientes amenazas y de las recomendaciones de abandonar Guatemala, Augusto Ramírez Monasterio eligió permanecer en su parroquia, cumpliendo su labor pastoral bajo constante acoso de la policía estatal. Durante los meses siguientes a su primer secuestro, se intensificaron las intimidaciones. Finalmente, el 7 de noviembre de 1983, fue secuestrado por segunda vez y ejecutado con armas de fuego mientras intentaba huir del vehículo en el que lo transportaban. Su cuerpo, que presentaba signos de tortura y múltiples impactos de bala, fue reconocido en la morgue por un familiar.

La muerte de Ramírez Monasterio representó el asesinato número trece de un sacerdote católico en Guatemala desde 1978, según los registros documentados por la Iglesia. Este dato enfatiza la magnitud de la represión sufrida por la comunidad eclesiástica durante el período señalado. En enero, el Papa León XIV firmó el decreto que reconoce el “martirio” del fraile guatemalteco, asesinado “por odio a la fe”.
El impacto de su asesinato en la historia reciente de Guatemala
El asesinato de Augusto Rafael Ramírez Monasterio evidenció el clima de hostigamiento que vivieron numerosos líderes religiosos guatemaltecos durante la guerra civil y la dictadura militar. La preferencia del sacerdote por permanecer en Guatemala, pese al riesgo, reforzó su imagen como mártir dentro de la Iglesia y entre los fieles que lo conocieron. Su cuerpo fue hallado torturado y acribillado, lo que dejó una profunda impresión en la comunidad local.
Ramírez Monasterio pertenecía a la Custodia del Santísimo Nombre de Jesús en Guatemala, dependiente de la Provincia de los Frailes Menores de Cartagena. Esta vinculación lo llevó, durante su juventud, a recibir la formación religiosa y teológica y a ser ordenado sacerdote en España, antes de regresar a Guatemala para continuar su labor pastoral.

Desde el inicio de su ministerio en “San Francisco el Grande”, había demostrado una notable cercanía con los sectores marginados y un compromiso por animar a los fieles. La combinación de su acción pastoral, la persecución sufrida y su negativa a exiliarse constituyó un ejemplo destacado de entrega religiosa en un contexto de violencia política en Guatemala, detalla el portal franciscano.
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