
Las rocas y las bestias (Ed. Marciana), la nueva novela de Esteban Castromán, comienza con una historia de adolescentes y termina con su reversión maldita. "Pienso a la segunda parte", dice el autor en diálogo con Grandes Libros, "como si fuera el reverso paranoico de la primera".
La trama se desarrolla en un pueblo de Córdoba, donde tres familias se reúnen para pasar las vacaciones. Allí, en esa "pausa que se produce en la rutina", los adolescentes comparten la forma de ver eso nuevo que es el mundo, el despertar sexual, las experiencias en cuerpos que no logran dominar del todo.
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Lejos de ser una novela simple, hay un infinito amor y comprensión hacia los personajes. De alguna manera, a los 43 años, Castromán refina la adolescencia al aceptarla hasta —o sobre todo— con sus momentos más absurdos.

—La historia está narrada en primera persona por un chico que se llama Emilio y tu segundo nombre es Emiliano. No voy a preguntarte sobre lo autobiográfico, pero sí cuánto del "yo" hay una historia. ¿Cuánto del autor hay en los textos que pone en circulación?
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—En mi caso funciona como una caja de herramientas, donde uno guarda saberes, obsesiones, las películas que vio, los discos que escuchó, los libros que leyó y también las experiencias. Son fotogramas sensibles que pueden ser parte de la materia prima de un libro. Con respecto a Emilio, había algo interesante en ese chico de 13 años que está cambiando de piel, y es la fragilidad del varón en ese momento. Las chicas tienen otra actitud frente al mundo, como si la tuvieran más clara. Las mujeres siempre la tienen más clara que los hombres. En un chico con menos herramientas queda muy en evidencia esa fragilidad.
La trama avanza hacia en esa exploración, pero entonces pega un vuelco. La segunda parte de la novela cambia de punto de vista y entra en un universo más próximo a las películas de David Lynch. Si en la primera parte, la casa de los chicos miraba hacia una casa aparentemente deshabitada, una "Casa Tanque", la segunda parte cruza la calle y es justamente aquella casa la que se apropia del relato. En el tono, en el tiempo, en los silencios de esa segunda historia hay algo monstruoso que no llega a revelarse del todo, pero que completa la mirada sobre la adolescencia.
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"En realidad", explica Castromán, "eran dos novelas distintas. Escribí la primera historia y al año siguiente la de Casa Tanque, que es una casa abandonada y bastante perturbadora en las sierras. Después vi que las historias tenían un sonido similar y, casi como un DJ, las ensamblé y quedaron con una buena manera de fluir. Por ahí con dos pesos específicos distintos, tienen una linealidad no lineal que se va acomodando y ajustando a una idea de ruptura. Pienso la segunda parte como el remix maldito de la primera".
—Hablás del sonido y uno de los personajes dice "Es muy importante el sonido en el cine, en los libros y hasta en las heladerías". El sonido es una constante en tus libros.
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—En la literatura tiene que haber algo que sea musical. Cuando leo, quiero que el libro me brinde la satisfacción de estar escuchando un disco que me gusta. Que me dé la conexión con algo placentero o que me lleve a otro lugar. Por eso me interesa el vínculo con el sonido. Mi último libro, que salió casi en paralelo con este, es Bailar es revolución en la era del mal: los relatos de ese libro están cruzados con la música. El sonido es una especie de eje, pero alrededor de ese sonido gravita la idea de la música, de historias que partan o vayan hacia la música.

—Otra característica de tu manera de escribir es cómo hay ciertas palabras que entran en el texto como dejando caer un filo. Como si en lugar de hacer de la lectura algo terso, buscaras que fuera más rugosa.
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—Marcelo Cohen hablaba de la "oracionística", la idea de trabajar a las oraciones como unidades de sentido que tenga potencia. Trato de trabajar así. A veces sucede con una oración, a veces con un párrafo. Busco que algo breve condense esa potencia visual o narrativa y que el siguiente párrafo tenga otro tipo para que se complementen. Por eso te da la sensación de lo filoso o lo rugoso. Lo veo como una sucesión de unidades de sentido condensadas.
—Por cómo crecen tus tramas, por los vuelcos que pegan y las escenas que se demoran, me parece que sos de los que la pasan bien escribiendo, ¿no?
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—Sí, me encanta escribir. Lo disfruto mucho. A diferencia de algunos escritores que dicen que escribir es sufrir y tienen esa vibración que viene de los poetas malditos y el romanticismo —lo respeto, todo punto de vista es válido—, para mí, escribir es como estar en el medio de una pista bailando música electrónica y algo estimulado.
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