
Carmen Acuña conoció a Manuel Puig en un cine de General Villegas. Ella tenía 14, el 8. Esos seis años de diferencia podrían haber sido un mundo; no lo fueron. "El cine es la vida real, Carmencita, y todo lo demás es mentira. ¡La vida es una gran mentira!", dijo y la conquistó. Con el tiempo, trabaron una amistad que de las más intensas del escritor y que continuaría hasta su muerte, en 1990. Carmencita tuvo así una imagen inédita, cálida, sorprendentemente "completa" del autor de Boquitas pintadas y La traición de Rita Hayworth.
Aquel Puig propiedad de Carmencita hoy es recuperado por Carlos Balmaceda en la novela Contigo a la distancia (Planeta). Para escribir, Balmaceda le da un giro más a la trama y se sirve de los procedimientos que el propio Puig usaba en sus novelas. Recordemos que Puig fue uno de los primeros en comprender el peso de la documentalidad en la ficción y que, por ejemplo, a principios de los 80, le plantó un grabador adelante a un albañil y luego transcribió sus palabras en Sangre de amor correspondido.
De la misma manera, Balmaceda, que mantuvo varias entrevistas con Carmencita, hace que la novela avance a diálogos "puros" —otra vez Puig (El beso de la mujer araña): lector omnisciente, narrador ausente—, abunda en citas de diarios y correspondencias. La novela se convierte así en un artefacto donde la ficción impacta y desborda a la realidad.

"Puig incorporó una manera de narrar en la cual se ponía de lleno la subjetividad del personaje", dice Balmaceda en diálogo con Grandes Libros. Y sigue:
—En la novela, comienzo preguntándome cómo contar esta historia. Antes había hecho una nota periodística y una obra de teatro, hasta que finalmente entendí que había que escribir una novela. ¿Pero cómo hablar de alguien que uno no conoce? Carmencita habla de Puig, pero yo no lo conozco a Puig. Conozco su literatura y al personaje, pero no lo conozco a él. En la novela, entonces, hay un Puig atravesado por Carmencita. La manera más fluida para contarla —y para superar el primer escollo de un escritor, que es el narrador— fue hacer una primera persona que fuera como una caja china. Esa primera persona le da voz a una persona que su vez le da voces a otras.
—¿Por qué contarla desde la ficción?
—Cualquier reconstrucción del pasado se hace, indiscutiblemente, desde un espacio en el cual hay un mundo posible que uno cree o imagina. Construimos el recuerdo desde ese lugar, con más carga de ficción de lo que realmente pensamos.
—La ficción entonces no fue una forma de rellenar blancos sino una decisión narrativa.
—Las vidas extraordinarias de Carmencita y Puig son, sin duda, narrables. Pero me interesaba que tuvieran una dimensión estética para que fuera una novela, que es lo que me gusta escribir. No me interesaba hacer una crónica biográfica ni una biografía no autorizada, si no entrar en el juego de la novela donde hay un mundo posible que a la vez forma parte del mundo de hoy. La dimensión estética y ficcional de la novela es el territorio que me gusta recorrer.

—¿Carmencita podría ser un personaje de Puig?
—Me parece acertada la expresión. Carmencita nació pocos años antes de Puig en General Villegas, estudió en un colegio religioso, iba mucho al cine, iba a la biblioteca del colegio. Es una persona que se fue formando en una cultura de la imagen con el cine y la televisión. Construye su identidad —y fue Puig quien descubrió esa maravilla— junto con los medios masivos de comunicación. Desde otro lugar, Carmencita también sería un personaje de Puig en el sentido que él supo retratar a las clases medias argentinas de manera tal que cualquier persona de clase media parece un personaje de Puig.
—Cuando Piglia da sus conferencias sobre las "tres vanguardias" habla de Saer, Walsh y Puig. ¿Puig sigue siendo hoy una vanguardia?
—Hay que tener en claro que la crítica literaria es una toma de posición. Se decide armar un canon e incluir determinadas líneas narrativas, en este caso literarias, a partir de preconceptos, hipótesis y tesis en los cuales un autor entra, sale o queda excluido. Piglia, con mucha lucidez, hace un diseño de las vanguardias y lo pone a Puig. Fue importantísimo porque le dio un lugar canónico en un país que lo había despreciado mucho. La crítica literaria lo ninguneaba a Puig, decían que era un escritor de folletín, incluso que no era un escritor. Y eso generó un resentimiento muy grande en él. Lo que Puig vio aún está en vigencia. Puig vio la primera oleada, si vale la expresión, del cine y la televisión, y hacia el final de su vida empezó a ver otras olas que venían con las primeras digitalizaciones. Desde ese punto de vista sí sería una vanguardia, pero desde otro punto de vista, ya no es una referencia estilística narrativa, porque las rupturas que hizo como narrador ya están muy jugadas, muy profundizadas. Hay otras experiencias muy potentes.
—Al igual que Puig desde General Villegas, vos, viviendo en Mar del Plata, también escribís desde el margen. ¿Cómo es la tensión del escritor que escribe fuera del centro de producción?
—Es muy complejo, es muy trabajoso y también es muy tensionante. La Capital Federal concentra un conjunto de instituciones vinculadas con la literatura que tienden permanentemente a un juego de legitimaciones en los cuales es muy difícil entrar. La Universidad de Buenos Aires forma profesionales en literatura que luego pasan a ocupar espacios en suplementos literarios, secciones culturales, editoriales, espacios de legitimación en concursos como jurados. Esos grupos definen cuáles son los cánones que hay que respetar, cuáles son las literaturas válidas, cuáles son los registros narrativos que hay que fortalecer. A mí me costó mucho y me sigue costando integrarme en un escenario literario que es hostil. Fijate que vengo a Buenos Aires a hacer notas. Por otro lado, el gran desafío de mi generación fue convertir a Mar del Plata en una ciudad ficcionalizada. Mar del Plata es una ciudad tomada por la sociología, la política, la crónica —policial, deportiva, por supuesto turística—, fue escenario de películas, pero nunca aparecía como una ciudad ficcional. Yo sigo con ese proyecto, que, junto con el de mantener las tensiones entre la realidad y la ficción, forma parte de la esencia de lo que me interesa narrar.
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