García Márquez y su mujer, Mercedes Barcha, en Buenos Aires (Gentileza Sara Facio)
García Márquez y su mujer, Mercedes Barcha, en Buenos Aires (Gentileza Sara Facio)

Gabriel García Márquez recibió sólo 500 dólares de anticipo por Cien años de soledad. El monto, que hoy nos parece irrisorio, era, sin embargo, excepcional para un escritor desconocido. Incluso la tirada de 8000 ejemplares fue excepcional: lo esperable habría sido 3000.

"Si mi abuelo", decía Gloria Rodrigué, "que era un catalán que no gastaba el dinero si no hacía falta, tiró 8000 ejemplares, fue porque lo convencieron de tener algo grande". El abuelo era Antonio López Llausás, dueño de Sudamericana, y el que lo convenció fue Paco Porrúa, el histórico director de la editorial.

La apuesta no salió mal: al día de hoy, Cien años de soledad lleva más de 70 millones de copias vendidas en todo el mundo, Gabriel García Márquez recibió el premio Nobel en 1882 y la editorial, que era una pujante empresa familiar, encontró la potencia necesaria para convertirse en una de las más importantes de la región.

José Luis de Diego, Gloria Rodrigué, Ezequiel Martínez y Maximiliano Tomas
José Luis de Diego, Gloria Rodrigué, Ezequiel Martínez y Maximiliano Tomas

Macondo, tierra de mitos

Esta fue una de las historias que se contaron ayer en la librería El Ateneo Grand Splendid, inaugurando el ciclo homenaje a García Márquez, por los 50 años de Cien años de soledad. Además de Gloria Rodrigué, directora de Edhasa, participaron también Ezequiel Martínez, director de Cultura de la Biblioteca Nacional, y José Luis de Diego, que fue decano de la Facultad de Humanidades de la UNLP y hoy dirige la colección "Serie de los dos siglos" en Eudeba. El encuentro estuvo moderado por Maximiliano Tomas.

Los invitados reconstruyeron la historia romántica de Cien años: el escritor dedicado exclusivamente a escribir con la certeza de tener la gran novela —sería la cuarta, luego de La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora—, mientras la familia se veía condenada a una vida de apremios, vendiendo de a uno todos sus bienes para subsistir. Tanto así que ya se habían quedado sin cosas ni dinero para mandar el manuscrito a Buenos Aires y debieron empeñar las joyas familiares, pero cuando fueron a hacerlo, se llevaron la sorpresa que esas joyas guardadas durante años eran "puro vidrio".

¿Fue así? García Márquez sabía cómo aderezar su biografía para hacerla más interesante. Pero, a veces, provocaba que el límite entre la verdad y la ficción se borrara más de la cuenta. Aquella vez, por lo pronto, la plata sólo le alcanzaba para mandar la mitad del manuscrito, con la mala suerte de que se equivocó y mandó la segunda parte. Porrúa, entonces, tuvo que mandarle parte del anticipo para que enviara el principio.

¿Qué habrá sido de aquel original manchado de pisadas y gotas de lluvia? Nadie sabe. Probablemente lo hayan tirado. "En la editorial se iban apilando los originales", explicó Rodrigué, "y cada tanto había que hacer limpieza. Nadie podía suponer que ese libro iba a tener semejante historia".

Cien años de soledad
Cien años de soledad

Una valija llena de billetes

GGM llegó a Buenos Aires por primera y única vez ese año para promocionar su novela y participar como jurado —junto a Marechal y Roa Bastos, nada menos— de un premio compartido por Sudamericana y la revista Panorama. La movida estuvo a cargo de Tomás Eloy Martínez, quien además consiguió que saliera en la tapa de la revista con el título "La gran novela de América".

Se sabe muy poco de lo que hizo en esos días. Dio apenas dos entrevistas, asistió a una sesión de fotos de Sara Facio, le mandó una carta a Vargas Llosa, eligió a El oscuro, de Daniel Moyano, como la novela ganadora del premio.

Pero también hay una anécdota maravillosa. García Márquez le había prometido a la mujer que la novela les iba a dar una valija llena de plata. Y cuando llegaron a Buenos Aires, como efectivamente él no tenía dinero, la editorial le anticipó las regalías. Pero él pidió que se las dieran en billetes chicos: compró una valija, volvió al hotel y le tiró la plata a su mujer, que todavía estaba en la cama.

¿Por qué no volvió nunca más? "La versión que nos gusta hacer valer es la de la superstición", decía Ezequiel Martínez. "Gabo era muy supersticioso —tanto que hasta no se sentaba frente a los espejos— y probablemente creía que, como todo había comenzado en Buenos Aires, si volvía iba a perder ese impulso vital".

La Biblioteca Nacional prepara una exhibición para agosto sobre los diez días que pasó García Márquez en Buenos Aires. Dos joyas habrá en esa muestra: la máquina de escribir con la que escribió Cien años de soledad y la medalla del premio Nobel. Pero también habrá una ausencia: Mercedes, la viuda de García Márquez, que tampoco volvió a visitar la ciudad, estuvo a punto de confirmar su participación, pero se bajó a último momento.

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