Verónica Llinás en la sala del Multitabaris, donde protagoniza Carcajada Salvaje. Foto: Alejandro Carra/GENTE
Verónica Llinás en la sala del Multitabaris, donde protagoniza Carcajada Salvaje. Foto: Alejandro Carra/GENTE

Cuando en 1986 el escritor Christopher Durang comenzó a teclear su obra Carcajada salvaje (Laughing wild), Verónica Llinás (58) debutaba con una de las agrupaciones más disruptivas de la escena porteña, Gambas al Ajillo. Cinco mujeres –también estaban María José Gabin, Alejandra Flechner, Laura Market y Vivi Pérez– que fueron puntales de uno de los lugares icónicos de la post dictadura: el Parakultural.

Hoy, la obra del autor norteamericano la tiene a Llinás en dupla con Darío Barassi (en el Multitabarís Comafi), protagonizando uno de los espectáculos más vistos de la calle Corrientes.

"Las Gambas fueron la concreción muy rotunda de una intuición: que podía vivir de lo que quería –sostiene Llinás–. Hicimos lo que tuvimos ganas; nos permitimos la libertad y la locura en el escenario, pero el profesionalismo y la rigurosidad fuera de él".

–No había nada así…

–Recuerdo a un productor que me ofreció trabajar en televisión, algo que no quería. Le conté que estaba en un grupo con cuatro amigas, y él pensó en Las Primas. Me pidió que le mostráramos algo y le hicimos el número de las monjas, donde terminábamos sin ropa cantando Qué calor en la ciudad, y otro donde estábamos con unos falos de gomaespuma gigantes. El pobre hombre salió huyendo.

–¿Por qué no se pudo replicar el fenómeno del Parakultural?

–No sé… Por ahí existen espacios equivalentes.

–¿Las redes? ¿YouTube?

–Es diferente, desde que son virtuales y más libres. El Parakultural no tenía como principal objetivo lo comercial. Entonces, daba espacio para experimentar. Cuando tuvo éxito, hubo lugares que quisieron continuar con esa impronta, pero se notó que buscaban lo comercial. No eran lo mismo.

–¿Qué hubieran sido las Gambas con redes sociales?

–¡Lo que yo hago en Instagram! (ríe). En mi cuenta retomé aquel espíritu lúdico, que en algunos casos era elaborado y en otros, más espontáneo.

–¿Cómo se te ocurrió comunicarte de esa forma?

–Cuando grababa Educando a Nina, Darío (Barassi) también estaba en la novela. Él y otros chicos me enseñaron Instagram… ¡Es mi padrino en esa red! Me dijeron que ahí garpaban los videos. Y empecé. Cuando fue lo de la cheta de Nordelta, desempolvé un personaje de otra novela, Inés Murray, y me fue muy bien.

–¿Te acercó a otro público?

–Sí. Cuando me ofrecieron hacer publicidad –algo que no prosperó– bajé un programa que me sorprendió: mi público tiene entre 23 y 35 años. Claro, Instagram es de los jóvenes. Pero también estoy en Twitter, ¡y llego a los gerontes de Facebook también!

Llinás, en un gran momento profesional. Foto: Alejandro Carra/GENTE
Llinás, en un gran momento profesional. Foto: Alejandro Carra/GENTE

–¿Quién es Meneca, con quien tu personaje de Instagram se comunica por teléfono?

–La imagino una vieja concheta, llena de operaciones y medio boludona, jaja… A veces estoy tentada de que aparezca, pero creo que es mejor que sea un misterio, un personaje omnipresente pero fantasmal.

–Desde que criticás al Gobierno te pusieron el mote de "actriz K". ¿Te ubicás ahí?

–No. Yo he criticado también al gobierno anterior. Pasa que no se puede escapar a la simplificación de la grieta: si no sos de Boca, sos de River. Es gracioso. Hay gente que asegura haberme visto en un acto K. Les digo: "Encontrame la foto y te regalo un departamento". Yo no me asumo de ningún partido, no me interesa, no milito. Lo que más se puede parecer a una militancia es mi apoyo a la ley del aborto, pero si bien banco a Actrices Argentinas, no estoy en las asambleas. No tengo esa personalidad. Me siento más un francotirador: miro todo, y cuando veo algo mal, disparo.

–Estarías entre Alfredo Casero y Dady Brieva…

–En ningún lado. Hay que salir de esa recta. No quiero ni un kirchnerómetro ni un macrímetro. Para algunos será falta de compromiso, pero yo lo siento como libertad de cambiar de opinión. A veces uno cree –a mí me pasa– que puede opinar de todo, y por ahí, a veces, es mejor cerrar la boca.

–Ahora se estrena la película La odisea de los giles, donde actuás. En ella hay actores y actrices de ambos lados de la grieta: Luis Brandoni y Rita Cortese, por ejemplo.

–Es lo más normal del mundo. Nadie tiene problema en trabajar juntos. Es más una fantasía de la gente, o de los trolls. No es la realidad de los actores, ni siquiera de los más comprometidos. Todos pueden opinar, y tienen derecho a hacerlo. Y el que no quiere opinar, también lo tiene. Hay mucha inconformidad y resentimiento, mucha necesidad de herir y cuestionar, pensando que eso te pone en un lugar superior. Parece una manga de adolescentes haciendo berrinches.

Verónica Llinás y Darío Barassi, protagonistas de Carcajada Salvaje.
Verónica Llinás y Darío Barassi, protagonistas de Carcajada Salvaje.

–Me dijiste que no vas a las asambleas del Colectivo de Actrices. Pero en el problema de Valeria Bertuccelli con Ricardo Darín fuiste vos quien explicaste que habían votado y decidido no involucrarse en el tema. ¿Todas las decisiones se votan?

–Eso le cuesta entender a la gente. Hay que ponerse en el lugar: sos un grupo de cuarenta personas, como una reunión de consorcio que debe determinar una serie de acciones. ¿Cuál es la manera de decir qué se hace y qué no? ¿La verticalidad? No: se vota. Muchos dijeron: "¿Pero entonces hay causas que sí y causas que no?". Y sí. No se pueden defender todas las causas, porque el tiempo y los recursos no son infinitos.

–¿La medida es la gravedad del hecho?

–Sí. Pero la gravedad también es una impresión personal. Ahora bien: la violación de una adolescente es indiscutible. En el caso de Thelma (Fardin), ella se acercó. Natacha Jaitt, por ejemplo, comenzó a tuitear de forma agresiva. Y aun así sé que compañeras mías la atendieron en forma personal. Lo que la gente ignora es que muchas veces las votaciones son larguísimas. Hay disensos, se habla. Y no somos ni un organismo gubernamental ni una ONG. Somos apenas un grupo de mujeres, en todo caso influyentes en algún ámbito, pero no más que eso.

–¿Tuviste personalmente alguna situación de acoso en el medio?

–Podría decir que sí. Si lo contextúo en el momento en que fue, hubo hombres que tenían poder y querían usarlo para otro tipo de cosas. Pero no fui una mujer manipulable. Tuve situaciones difíciles que pude manejar, y cuando se hicieron insostenibles, me fui. No me da para denunciar, porque lo mido por la vara de aquella época, cuando no se comprendía como acoso, y no la de ésta. Si no, todo me va a dar abuso.

–Llamó la atención que Gasalla, un tipo que en los 70' fue rupturista y trabajó con vos, te criticara por tu uso del pañuelo verde.

–A mí no me llamó la atención. Lo conozco y sé qué piensa. Siente que el movimiento de las mujeres es una amenaza. Teme que se vaya de las manos y de pronto nadie pueda decir nada contra las mujeres. Antonio hizo personajes femeninos espantosos toda su vida, lo que es lógico, porque el humor se ríe de lo grotesco. Pero en un momento sintió que sus mujeres, o él mismo, podían ser criticados y tildados de misóginos.

por Hugo Martin
fotos: Alejandro Carra y gentileza WE Prensa y Comunicación.

Pelo y make up: Belén Trotta.

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