
Dos expedientes marcaron la vida de Mariano Cúneo Libarona (57) como abogado: la Causa AMIA, que hasta lo llevó a pasar un mes tras las rejas. Y el caso Coppola, aquel reality sin libreto que hacía picos de rating en la tele, y que de entrada puso a Guillote tras las rejas en Dolores y Caseros, pero que finalizó con los policías que investigaban (Daniel Diamante, Antonio Gerace y Carlos Gómez) y el juez y el secretario que lideraban el team (Hernán Bernasconi y Roberto Schlagel) con condenas que cumplieron en prisión. Hoy dice que vive los asuntos con la misma pasión, pero con otra sabiduría. Y que le divierte y le agrada dar clases en la casa de estudios donde fue alumno y ahora es decano (UMSA, Universidad del Museo Social Argentino) en las carreras de Derecho y Periodismo.
–¿El caso Coppola fue un antes y un después en tu carrera?
–Sí, y yo diría que en la historia de los policiales. Veía los diarios y pensaba: "¡Este Coppola lo que es…! Una cosa espantosa"… y terminé agarrando su defensa. Después se descubrió toda la farsa. Me convencí de ser su abogado un domingo a la noche, luego de leer el expediente. Me dije: "Todo esto es mentira, está armado. Acá hay algo raro". No me sonaba nada creíble desde la foja 1. Aparecía un policía de apellido Camaratta, que al año siguiente estuvo implicado en el caso del asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas en Pinamar. Todo sucedía ahí, en esa zona de la Costa. Lo introdujeron a Coppola en esa ciudad, que él no frecuentaba. Desde aquel momento, los medios formaron parte del desarrollo de la causa y le marcaron la cancha a la Justicia.

–Vos, que ahora comentás en Animales sueltos todos los detalles de lo que sucede en los pasillos de Comodoro Py, sufriste en su momento lo que se resuelve en esos tribunales federales.
–Padecí al juez Oyarbide (Norberto), que me detuvo treinta días. Por suerte después se aclaró todo, pero me costó sudor y lágrimas. Era una cuestión de Estado. En 1997 saqué a la luz una verdad: cómo se había armado la Causa AMIA. Y cómo se había detenido injustamente a dos policías a quienes defendía: les atribuían la comisión del delito de haber participado. Jorge Lanata difundió un video que puso a la luz que le habían pagado a Telleldín para involucrarlo falsamente. A punto tal que los policías fueron absueltos y todo se declaró nulo. Fijate que hoy están siendo juzgados el juez, la SIDE de aquellos tiempos y todos los que intervinieron. Era ir contra el establishment, súper pesado.

-¿Te arrepentís de algo respecto de tu actuación en estos casos?
–Sí, de todos los errores que te puedas imaginar. Pero tenía poco más de treinta años. Era soberbio, no poseía una contención y una madurez para manejarlas. Hoy procedería de una manera distinta. La experiencia la adquirís cuando te pasan cosas; me equivoqué en cuestiones personales. Estaba enceguecido por la velocidad con que tenía que tomar las decisiones, porque si no a mí y a mis defendidos nos llevaban puestos. Y la velocidad no es buena compañera. Hoy pienso más. Pasé cosas feas.
–Como cuando falleció tu ex mujer, Lourdes Di Natale…
–Sí. Trataron de ensuciarme, pero no tuve nada que ver. No teníamos contacto desde hacía años, pero algunos medios intentaron relacionarme. Dijeron muchas pavadas.
–¿Querés aclararlas?
–No, no, ya está, todo se aclaró. Te cuento: en Animales sueltos, cuando tus colegas dicen "nosotros no incidimos en la opinión de la gente o en los jueces", yo les contesto: "Muchachos, por favor, digamos la verdad; los jueces miran tele y leen los diarios". En el caso Coppola, uno de los jueces me confió tiempo después: "La mañana del veredicto, cuando bajaba en el ascensor de mi edificio, una vecina me dijo: 'No se le ocurra absolverlo a ese tipo, eh'". Le daba temor que luego esa señora no lo saludara, le diera vuelta la cara. Los policías de ese caso y el juez (Hernán Bernasconi) armaron cualquier cosa… y terminaron presos.

–¿Hay estrategias para enfrentar a la prensa?
–Absolutamente. Podés ser un sabio jurídico, pero si no sabés manejar lo mediático y lo político estás frito, porque muchas veces eso modifica la decisión de los magistrados.
Por Miguel Braillard. Fotos: Enrique García Medina
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