Conoce bien el éxito, porque lo obtuvo en Carlos Paz, en la calle Corrientes, en sus colaboraciones en ShowMatch e Ideas del Sur, en la producción de megafestivales como Jesús María y también en Europa: con su compañía Sentires y el espectáculo Bien Argentino fue multipremiado en Alemania, Francia, Inglaterra y Bélgica.

Ángel Carabajal (34, casado con la bailarina Melisa Bernardi –33–, dos hijos –Gino, de 10, y Felipe, de 5–) se prepara para el gran show del miércoles 11 de octubre en el teatro Opera Allianz, junto a Lourdes Sánchez, Marcelo Iripino, Adabel Guerrero y Fernando Bertona, entre otros. Sin embargo, este muchacho nacido en Oncativo, Córdoba, debió transitar un camino pedregoso, acarreando un pesado secreto que hoy, en estas páginas, decidió que debía salir a la luz.
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–¿Cuándo empezaste a bailar?
–A los seis años, en los actos de la escuela rural adonde iba, con la maestra Marcela Scaramuzza. En ese momento vivía con unos tíos, en un campo cerca de Pampayasta.
–¿Por qué con tus tíos?
–Te cuento… Mi abuela María Antonia era de Oncativo. Mi mamá, Felisa Palacios, se fue a Córdoba, salió con mi papá y nací yo. Enseguida se separaron, y como mi padre, Pablo Carabajal, no me podía tener, me metieron en el orfanato Pablo Pizzurno.
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–¿Por qué no te crió tu mamá?
–Es que ella tiene epilepsia crónica. Habla poco, oye poco, sufre desmayos… Además –es una cosa muy íntima la que voy a contar, no la dije nunca–, trabajaba en la calle: era prostituta. No se hizo cargo nunca. Mi viejo era un novio de paso… Tuvieron dos hijos, yo y una hermana, llamada Isabel, que no conocí. Mi abuela me buscó en el orfanato cuando yo tenía un año y medio. A mi hermana mi viejo la vendió… Después de años le pregunté dónde estaba ella. Me contó que se la vendió a unos escribanos, y no tenía idea ni de dónde eran, que había firmado un papel –creo que se llama de código rojo– por el que ya no se podía averiguar nada. Sé la historia por mi mamá, por mi abuela y por él, que falleció hace siete meses y a quien conocí ya de grande.

–¿A qué edad te enteraste de todo esto?
–Me crié con eso. Mi vieja aparecía cada dos o tres años. Mi abuela también era enferma, y cada vez que la internaban me llevaban mis tíos. Mi tío de Córdoba vendía flores en los bailes. Yo empecé a vender rosas con él. Y en una esquina las vi trabajando a mi mamá y a mi tía… Se lo conté a mi tío y me dijo: "¿Pero vos no te dabas cuenta…?". Así me enteré.
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–¿Vive tu mamá? ¿Nunca hablaste de todo esto con ella?
–Sí, vive. Debe tener unos cincuenta años. Me tuvo de muy chica. No se puede hablar. Ya te dije, es discapacitada. No tengo una relación fluida, pero trato de ayudarla en lo que puedo. Viene a buscar guita, más que nada. No la tuve nunca. Es mi madre biológica y tengo una responsabilidad con ella, nada más. De chico siempre estuvo mi abuela. A los once años volví con ella a Oncativo. Como éramos pobres, tenía que salir a trabajar.
–¿Qué hacías?
–Mi abuela no tenía ni jubilación y vivía en una casa de un plan de viviendas. Hice una copia de una receta y un certificado de incapacidad suyo y salíamos con mi primo Diego a pedir plata a la calle, a los negocios. Después, de aventureros, hacíamos giras pidiendo por pueblos vecinos: Oliva, James Craik, Tío Pujio… Así le pagamos la casa. Eso lo hicimos desde los siete, más o menos, hasta que empecé a trabajar como peón de albañil. Además, ya me daba vergüenza que si me gustaba una chica supiera que estaba pidiendo. Y por una chica también empecé a aprender baile.
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–¿Cómo fue?
–Ella me dijo que estaba en la Escuela de Danzas Municipales, y me anoté. Me salía todo rápido, tenía facilidad. Sin dudas había algo artístico adentro mío. Empecé a tocar guitarra, bombo, a bailar…
–¿La seguís viendo?
–Sí, claro. Fuimos noviecitos un tiempo. Hoy es prima mía: se casó con un primo. Con los años se convirtió en bailarina de mi compañía. Bueno, la danza también me hizo conocer a mi esposa. Ella bailaba en la escuela privada de Oncativo, yo en la Municipal: éramos competencia. Tiempo después, para el Festival de Jesús María decidí unir las escuelas. Y así nació la compañía Sentires.
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–¿Cuándo te diste cuenta que eras buen bailarín?
–Hay un festival en Córdoba, a nivel estudiantil nacional, que se llama Saldán Folclore Joven. De ahí salieron Raly Barrionuevo, Sergio Galleguillo, pasó el Chaqueño Palavecino… Iban más de 150 escuelas de todo el país. A los 13, el profe de música me mandó a esa competencia. Me fue muy bien: salí tercero entre 80 malambeadores. Ahí empecé a soñar. Pero seguí laburando: remisero, electricista… Poco después arranqué el viaje.

–¿Qué viaje?
–A los 15, me fui de mochilero con un amigo a Tierra del Fuego. En cada pueblo tocábamos la guitarra y así vivíamos. En Caleta Oliva, Santa Cruz, estuve casi un año, con novia y todo. Vendía celulares en La Anónima, y era como un rey… Después hice lo mismo, pero para el Norte. En Villa San Lorenzo, Salta, fui jardinero de la casa del Chaqueño Palavecino, jaja. Cuando se lo conté, no lo podía creer. Pero de cada lugar volvía cuando me llamaban, porque mi abuela se moría…
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–Con tu historia, muchos adolescentes hubieran terminado mal. ¿De dónde sacaste la fuerza para torcer el destino?
–Mirá, en esos viajes me merqueé, me falopeé, probé de todo… Me junté con gente que andaba en cosas raras. Tenía posibilidades de disparar para cualquier lado. Pero la danza me salvó, tuvo mucho que ver. Cuando falleció mi abuela, llamé a una tía que vivía en Buenos Aires y me vine. Ya estaba más asentado, porque mi tía me tenía corto, jaja. "Te tenés que civilizar", decía. Y lo consiguió: ahora, a los mismos empresarios de Oncativo que les pedía para comer, los mangueo para que pongan publicidad en mis espectáculos.
Por Hugo Martin. Fotos: Fabián Mattiazzi y álbum personal.
Agradecimientos: Decata y Agencia AB.
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