A 6960,8 metros, Baraja, Corvalán, Weich y Fuentes hacen flamear una remera de Unicef. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
A 6960,8 metros, Baraja, Corvalán, Weich y Fuentes hacen flamear una remera de Unicef. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)

El domingo, el día de la cumbre, siete personas salieron del campamento Cólera (5.970 metros) con 80 centímetros de nieve. Para todos, la misión que pensaban emprender era una locura casi suicida. El día anterior habían llegado muy cansados del campamento Nido de Cóndores (5.560 metros) y no habían podido despertarse a las dos de la mañana, como indican los manuales, para llegar a la cima del Aconcagua.

Por eso hicieron la salida a las seis, cuando el cielo mostraba los primeros claros. Golpeados por tormentas extremas y un frío que helaba los huesos, Julián Weich, el rugbier Ezequiel Baraja, la nutricionista Pinky Zuberbuhler, el torero y triatleta Álvaro Casillas, el camarógrafo Pablo Betancur y los guías Ulises Corvalán y Guillermo Fuentes decidieron seguir igual. Para muchos, incluso para Matías Gutiérrez Moyano, uno de los hombres que hace un año y medio está armando esta expedición, la tarea estaba cumplida.

"La idea con Summit Aconcagua era que once deportistas destacados promovieran el deporte y la vida saludable, y fomentaran los valores olímpicos de amistad, el respeto y la excelencia. Con todo el esfuerzo que habían hecho, la misión estaba cumplida. Nosotros seguíamos la travesía minuto a minuto y creíamos que nadie iba a hacer cumbre", asegura.

Luego de hacer cumbre en el Aconcagua, el regreso feliz del conductor. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
Luego de hacer cumbre en el Aconcagua, el regreso feliz del conductor. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)

Pero estos siete gladiadores decidieron desafiar lo que muchos pensaban: nadie podía lograr esa proeza, a menos que fuese un experto montañista. A los pocos metros de comenzado el ascenso, azotados por el clima hostil, Zuberbuhler y Casillas regresaron al campamento.

El resto continuó el ascenso. Caminaron durante once horas, con sus fuerzas al límite. Weich hizo gran parte del trayecto en silencio, juntando las palmas de las manos, en un claro signo de oración: "Los que estaban con él aseguran que su cuerpo estaba ahí, pero su mente estaba conectada con algo superior. Confirmó lo que había dicho desde el principio: que éste sería un desafío espiritual", asegura Moyano desde Mendoza, con la voz quebrada.

Oberto en un descanso en su carpa de montaña. En Nido de Cóndores (5.560 metros), el ex basquetbolista dijo basta. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
Oberto en un descanso en su carpa de montaña. En Nido de Cóndores (5.560 metros), el ex basquetbolista dijo basta. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)

El domingo a las siete y diez de la tarde llegaron a la cima. Ezequiel Baraja, quien en mayo del 2009 fue detenido y condenado a seis años y ocho meses de prisión por robo calificado, pero que cambió cuando se incorporó al equipo de rubgy de la prisión, llamado Los Espartanos, cayó arrodillado ante la cruz de la cumbre y rompió en un llanto desconsolado de felicidad. "Hace dos años, Ezequiel estaba cumpliendo su condena en la Unidad Penitenciaria 48 de San Martín. Para él, este ascenso termina de confirma que el rugby cambió su vida", confiesa Moyano.

Postales de una aventura. El Summit Aconcagua estuvo integrado por once destacados atletas a quienes la misión los unió como una familia. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
Postales de una aventura. El Summit Aconcagua estuvo integrado por once destacados atletas a quienes la misión los unió como una familia. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
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En un descanso, el desayuno del Murciélago Silvio Velo. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
En un descanso, el desayuno del Murciélago Silvio Velo. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)

A pocos metros, Julián Weich mostraba signos de ataxia –falta de equilibrio–, pero mientras decía "esto no me va a parar" alcanzó, a sus 51 años, los casi site mil metros de altura. Y en ese abrazo interminable que se dieron estos dos hombres en el punto más alto de América se resume el espíritu de esta misión.

Con ellos, en una montaña interminable de brazos, estaban el basquetbolista Fabricio Oberto, la judoca Paula Pareto, el futbolista ciego Silvio Velo, la nadadora María del Pilar Pereyra, la corredora de 83 años Elisa Sampietro de Forti, Pablo Giesenow –el maratonista al que le amputaron las dos piernas–, el triatonista Álvaro Casillas, el corredor que venció un cáncer de pulmón, Peter Cyanzo; el ex combatiente de Malvinas Fernando Pedro Marino, y todo el equipo que se sumó a esta experiencia solidaria. Juntos, plantaron la bandera de los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018 e hicieron flamear una remera de Unicef.

Los últimos pasos antes de la cumbre, a pura emoción. En total fueron seis los que llegaron y dejaron su recuerdo en la cruz de la cima. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
Los últimos pasos antes de la cumbre, a pura emoción. En total fueron seis los que llegaron y dejaron su recuerdo en la cruz de la cima. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
La bandera de los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018, en lo más alto. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)
La bandera de los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018, en lo más alto. (Foto Matías Gutiérrez/GENTE)

Luego de diez minutos en la cumbre, emprendieron el descenso. Cuando se enteraron de la noticia, en el campamento Cólera también hubo festejos. Dos guías salieron de inmediato con comida para los hombres que consiguieron esta hazaña. A la una de la mañana, 19 horas después de haber salido, llegaron al campamento con el último aliento que les quedaba. Ahí volvieron los abrazos y las lágrimas a flor de piel: la emoción de un grupo de hombres y mujeres que el 19 de febrero comenzaron su ascenso como simples mortales y que 14 días después, bajaron convertidos en héroes.

Por Sergio Oviedo. Fotos: Matías Gutiérrez.

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