Matanzas. Persecuciones. Aldeas arrasadas por el fuego impiadoso del odio. Segregación. Escape hacia la nada. Un liso y llano genocidio en pleno siglo XXI, fruto de una humanidad que no aprende de sus propios horrores.

La situación de la etnia rohingya, establecida en el sector occidental de Myanmar (antigua Birmania), llama la atención de todo el mundo. Más bien, en realidad, de los que parecen preocuparse por el sufrimiento de cientos de miles de personas que, por el solo hecho de pertenecer a ese grupo, se encuentran viviendo una pesadilla.
Para tener una referencia en el mapa: Myanmar está ubicada en el sudeste asiático, entre China, Tailandia y la India. Es un país abrumadoramente pobre y desigual, en el cual el 90 por ciento de sus 51 millones de habitantes practica el budismo.
Tras lograr la independencia del Imperio Británico después de la Segunda Guerra Mundial (1948), ha estado mayormente gobernado por dictaduras militares. La violencia es su moneda de cambio. Las guerras civiles, cruentas y oprobiosas, se mantuvieron como una constante, con un denominador común: la lucha entre la mayoría budista y la minoría musulmana, de la cual es parte la etnia rohingya.

Viven hace siglos en ese lugar, pero desde la década del '70, el conflicto encontró su escalada más aguda: los birmanos no los consideran como suyos y, además de expulsarlos hacia la frontera, directamente los matan.
Amnistía Internacional y la Organización de las Naciones Unidas se han pronunciado acerca de esta terrible problemática, pero fue el Papa Francisco quien, hace pocos días, puso el tema en el centro de la escena. Como tantas veces, la sensibilidad del Sumo Pontífice aflora cuando más se la requiere.
La cantidad de rohingyas bordea el millón de personas. Establecidos en el estado de Rakhine, en 1948 todavía gozaban de todos los derechos. Pero la dictadura los fue recortando, hasta hacerlos prácticamente nulos. No pueden estudiar ni desarrollarse, mucho menos acceder al trabajo o a los más esenciales servicios y necesidades. En los últimos años, la terrorífica "limpieza étnica" alcanzó los mayores niveles y más de medio millón de rohingyas huyó hacia Bangladesh, donde se improvisan abarrotados campos de refugiados.

En carpas derruidas, con escasos alimentos, sin agua, los birmanos expulsados viven como pueden. Ellos acusan al ejército birmano de quemar sus poblaciones (al punto de no poder volver a esa tierra arrasada, por más que quisieran) y de causar, en la última ofensiva, más de mil muertos.

Francisco estuvo de visita, tanto en Myanmar como en Bangladesh, y allí se expresó con hechos y palabras. En Myanmar pidió que se respetaran los derechos "de cada grupo étnico y su identidad", sin hacer mención explícitamente a los rohingyas. "Este país sigue sufriendo a causa de los conflictos civiles y de las hostilidades que durante demasiado tiempo han creado profundas divisiones", afirmó Francisco.
Recibió, eso sí, algunas críticas por no exponer a la líder política Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la Paz en 1991 y actual consejera de Estado de Myanmar.
Varias voces prestigiosas de la comunidad internacional acusaron a Suu Kyi de hacerse la distraída (o directamente alentar) ante la matanza que se lleva adelante contra los rohingyas. Justo ella, celebrada por su ímpetu democrático a fin de los '80, lo cual le valió diversos premios, incluido el del Comité Noruego.

Pero Francisco, fiel a su estilo, redobló la apuesta. Y en su siguiente escala, en la vecina Bangladesh, recibió personalmente a 16 refugiados rohingyas que habitan en el campo de Cox's Bazar. Frente a una multitud, el Papa les dijo: "Su tragedia es muy dura y grande. En nombre de los que los persiguen, en nombre de los que les han hecho mal, sobre todo en nombre de la indiferencia del mundo, les pido perdón".
Y añadió, sin titubeos: "La presencia de Dios hoy también se llama rohingya". Entre esos 16 había hombres y mujeres, adultos y niños, parte de esos 600 mil refugiados que escaparon de la persecución, pero que aún no encuentran la paz. Ni un hogar.

El encuentro se produjo en Daca, la capital de Bangladesh, ante una expectativa desbordante. Francisco respaldó así a la minoría que huye de la metralla y los fusilamientos, a manos del ejército y de las milicias.
El gobierno, mientras tanto, justifica su accionar al tildar de "terroristas" a los rohingyas. Medios periodísticos que se animaron a indagar, como The Guardian británico, recogieron testimonios de familias desmembradas por la violencia. Y el jordano Zeid Ra'ad al Hussein, alto comisionado de Derechos Humanos de la ONU, lo calificó de "limpieza étnica de manual".
En principio aliado de China y Rusia, el gobierno de Myanmar no acusa recibo de las múltiples protestas internacionales. Y, lejos de indicar que la matanza vaya a disminuir, todo parece encaminado a una profundización del conflicto. Triste. Desolador. Y amparado por la indiferencia de tantos, entre los que Francisco intenta encender la alarma de la conciencia.
Por Eduardo Bejuk
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