Es simple: al líder se le exige conducción, compromiso y acción. Cuando cayó Nicolás Maduro, muchos de nosotros apostamos por ese desenlace, aun sabiendo que, en el camino, algunos principios serían puestos bajo tensión. La soberanía venezolana, en realidad, había sido secuestrada por una tiranía narcoterrorista. Por eso, cuando se invocaba su defensa o se denunciaba una supuesta violación del principio de no intervención, se omitía lo esencial: en Venezuela todo estaba ya desmadrado y el más débil era (y es) el pueblo al que nadie ofrecía un camino luego de birlada la elección del 28 de julio. Se vivía (y se vive) bajo un Estado criminal, con violaciones sistemáticas de los derechos humanos y una élite delincuencial instalada en el poder. Ahora una élite con sintonía norteamericana por algún tiempo más.
¿Qué creíamos quienes apostábamos por el retorno democrático de Venezuela? Que ese sería el recorrido. Que, en nombre de la necesaria reinstitucionalización democrática, quizá habría que dejar algún “principio” transitoriamente por el camino. Una vez alcanzado el objetivo, llegaría el momento de saldar las deudas jurídicas, políticas e institucionales. Todo tiene su tiempo.
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No existe una salida impecable de una dictadura. Tampoco hay un manual de aterrizaje. Cada situación es distinta. Quien sostenga lo contrario desconoce estos asuntos. Todas las transiciones democráticas posteriores a una tiranía han tenido puentes complejos, saltos al vacío, concesiones discutibles y recriminaciones interminables. Hasta hoy seguimos debatiendo las consecuencias de la Guerra Civil española. Y el modelo chileno, argentino, uruguayo y español de los setenta y ochenta son todos diferentes. Cada uno se adaptó (como pudo) a la idiosincrasia de cada pueblo y a las dimensiones culturales de naturaleza epocal. Pero son historias inconclusas…nunca el olvido de un proceso autoritario o totalitario es dogmático. Pero se recuperó la democracia, eso es lo esencial.
Volvamos al presente.
Poco importa lo que usted o yo pensemos del presidente de Estados Unidos. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia del mundo: conserva la mayor capacidad militar en términos fácticos (portaaviones más que nadie y todo el resto), emite la moneda más fuerte del planeta (que mueve aún el 60% del mercado mundial) y posee uno de los mercados consumidores más ávidos de bienes y servicios. China se acerca con Tucídides como imagen, por supuesto, todos lo sabemos, pero todo indica que el liderazgo estadounidense todavía se mantendrá durante algún tiempo más. No sé cuánto. En el corto plazo, el escenario seguirá siendo este; en el mediano plazo, quizá sea otra historia y veremos, la vida es siempre una incertidumbre.
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A los americanos de todo el continente nos gustaría contar con un verdadero líder continental: uno que apostara por nosotros, que impulsara un mercado común de todos, que fuera solidario con una capacidad seria de defensa conjunta -como alguna vez soñó el TIAR- y que actuara con el sentido de hermandad demostrado, en distintos momentos, hacia la Argentina contemporánea de Javier Milei o al Uruguay de Jorge Batlle de hace varias décadas. Dos ejemplos de cómo Estados Unidos cuando quiere, puede.
Ser líder tiene un costo, también ofrece enormes ventajas.
Quien encabeza el continente debe impulsar para los demás la misma democracia que reclama para sí. ¿O somos realmente el patio trasero de Estados Unidos? No lo creo. Juntos podríamos ser el patio delantero del mundo siempre que tuviéramos la inteligencia y la voluntad de reconocernos como un solo continente. Tenemos pocos idiomas y todos sencillos de comprenderse entre sí, entre el spanglish y el portuñol, ya estamos en una etapa de praxis relacional. Las lenguas no son obstáculo y las mezclas de los nuestros son maravillosas. No nos pasa lo de otros continentes que las etnias y las religiones los enloquecen.
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México y Brasil deberían comprender que, por más izquierdas que proliferen en sus gobiernos, y Estados Unidos debería entender que por más republicanos que ocupen el corazón de su administración: solo una unidad operativa americana nos permitiría relacionarnos con el resto del mundo desde una posición extraordinaria, de mayor relevancia y de influencia avasallante. No me cabe en la cabeza que no entendamos en serio este instrumento. Sin embargo nunca lo hemos asumido en serio a semejante desafío. Nunca. Solo intentos fallidos y momentos coyunturales en clubes de amigos que duran lo que un lirio.
Seamos francos: estamos presenciando el infarto de Europa. Un continente que casi no se reproduce, cuya población primigenia vive cada vez más años, con sistemas previsionales quebrados y con una inmigración que buena parte de sus sociedades rechaza. Ese cóctel ya es explosivo. Y ni siquiera hemos incorporado plenamente la cuestión del islamismo, que incomoda tanto mencionar, pero que no constituye un asunto menor en la realidad europea. Europa ya no es futuro, es pasado, le duela a quien le duela. Europa ha entregado parte de su alma. Como en el Fausto de Goethe, el desenlace comienza a resultar previsible.
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Asia, por su parte, es y será crecientemente influida por la China actual. A quienes creen con ingenuidad que el libro blanco chino representa una hoja de ruta inocente, habría que consultar a los japoneses, a los tibetanos y a los taiwaneses. Esas tres miradas -entre muchas otras- confirman lo que todos sabemos: China lleva mucho tiempo calentando motores. Lo hace a su propia velocidad, esperando siempre el momento oportuno. A los chinos, además, les sobra el tiempo. Su pensamiento estratégico tiene una raíz confuciana y una concepción histórica distinta de la occidental. No piensan con nuestra misma cabeza ni miden los procesos con nuestro mismo reloj. Ya lo sabemos todos hace tiempo.
Vuelvo a América.
Aún hoy, el presidente Donald Trump tiene una oportunidad dorada para quedar en la historia como el hombre que protagonizó decisivamente la democratización de Venezuela, Cuba y Nicaragua. No es poco para tres países que llevan décadas en el infierno y miles de muertos ante los dictadores criminales. ¡Viles criminales que hay que seguir soportando como si fueran gente normal! ¡Pues no! Es de las peores ofensa en vida que se nos profiere a los demócratas tener que seguir teniendo paciencia a esta gente. Y duele cuando Estados Unidos no capta que no todo es negocios. ¡Por Dios! ¡Es la democracia de lo que estamos gritando hace tanto tiempo! Esa democracia ejemplar que los padres fundadores norteamericanos diseñaron para ese gran país pero que se debe exportar urgentemente a los tres infiernos. ¿O por alguna razón a estos países les toca una maldición propia? No es así, es solo que los hemos dejado solos y con el derecho internacional de antes, los tiranos se abusaban y se aislaban. Ese derecho internacional pasa a revisión. Pues eso no va más, no hay inmunidad de jurisdicción para los tiranos y pueden ir de una oreja a brindar declaraciones ante un juez norteamericano, que por cierto, debieron ir ante un juez de la Corte Penal Internacional si no fuera por la lentitud de semejante actor (que al actuar así derrumba a los que apostamos y votamos el tratado de Roma en su oportunidad).
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En los tres casos, además, se sabe a quiénes rechazan y odian esos pueblos. En los tres se sabe que se debe colaborar con una transición democrática por la vía electoral. No hay otra forma. Y en los tres existe suficiente experiencia internacional como para cooperar civilmente, reconstruir instituciones y acompañar esos procesos. No es Afganistán, no es Irak, es Cuba, Nicaragua y Venezuela, donde el deseo por sacarse de encima a esos sátrapas es el sueño cotidiano de esos países. Pueden informar por favor las agencias de inteligencia esta obviedad, no es algo que haya que infiltrarse y conseguir a lo James Bond un documento que avale semejante obviedad. Los odian, los quisieran ver en la peor de las situaciones y hace años que no tienen legitimidad alguna, si es que alguna vez la tuvieron algún segundo.
Hacerlo rápido, hacerlo bien y luego permitir que cada pueblo conduzca libremente su destino sería una tarea histórica y necesaria. Pero esa tarea debe asumirse con seriedad. Porque, si todo termina reducido a negocios petroleros, intereses inmobiliarios o acuerdos de ocasión, ya no se entiende de qué se trataba todo esto. Es que todo esto no era eso y para que no huela a eso es vital asumir lo prioritario en serio. Lo prioritario es la democracia, todo lo demás es lo de menos.
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Los demócratas del continente sabemos qué debe ocurrir en los países esclavizados por tiranos. Pero necesitamos de Estados Unidos compromiso y acción: menos palabras, más hojas de ruta y mayor colaboración internacional con quienes tienen la capacidad para participar en esas transiciones.
Si Estados Unidos no comprende que María Corina Machado representa la voz de la Venezuela que viene, entonces sus agencias de inteligencia están haciendo mal su trabajo. Eso es lo que expresan millones de venezolanos y no se requiere demasiada sabiduría para advertirlo.
Si tampoco se entiende que Miguel Díaz-Canel y Daniel Ortega representan lo peor que les ha ocurrido a Cuba y Nicaragua, entonces no se entiende lo elemental. Conozco los intereses estadounidenses en esos países, pero esos intereses no pueden convertirse en el obstáculo que impida la democratización.
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El presidente Donald Trump debería recordar las conversaciones mantenidas durante la presidencia de Barack Obama con el régimen cubano. ¿Qué quedó de todo aquello? Muy poco. Conversaciones, expectativas, fantasías diplomáticas. Al final, casi todo continuó como estaba. Y nadie se olvida de nada, todos recordamos lo que nos duele en la vida, sobre todo lo que nos duele mucho.
Si Donald Trump quiere marcar un gol para la historia, debe contribuir a derribar esas dictaduras. No mediante las armas. Son regímenes mucho más frágiles de lo que aparentan. Ante una presión política, económica y diplomática sería, coordinada y persistente, sus dirigentes pueden descubrir que su poder no era tan sólido como suponían.
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Hay que hablarle al presidente Donald Trump de frente, porque a él le gusta que le hablen de ese modo: nosotros, los americanos, queremos para nuestros países lo mismo que usted quiere para el suyo. Queremos democracia, separación de poderes, respeto por los derechos humanos y elecciones libres en Venezuela, Cuba y Nicaragua. Lo queremos pronto. Queremos que el próximo año sea el año de esas transiciones. Y queremos que Estados Unidos ayude, acompañado por todos aquellos países y organismos capaces de sumarse a la tarea. Se habla de esto, pues que se concreten cronogramas de fechas y que se haga. Tanto conversatorio ya es demasiado.
La democratización del continente generaría un clima de entendimiento, convergencias positivas y reconciliación como nunca hemos conocido.
Si somos el continente de la democracia, si contamos con la democracia más poderosa del mundo a la cabeza y si, durante 250 años, Estados Unidos ha irradiado la idea de libertad hacia el resto de América, entonces una transformación semejante cambiaría tanto a Estados Unidos como a todos nosotros.
Que los amargados y resentidos queden por el camino. Que crean, si quieren, que todo esto se reduce al capitalismo. No es así. Se trata de libertad, igualdad y fraternidad: aquel ideal que nació como fuerza política en Francia, pero que todavía debe consolidarse plenamente en nuestro continente. La libertad, al menos como aspiración, está asumida. La igualdad debe ser, antes que nada, igualdad ante la ley, y todavía tenemos mucho que mejorar pero hemos avanzado. Pero la fraternidad es lo que más nos falta. Aún carecemos de aquella hospitalidad de los antiguos griegos: el reconocimiento del otro como parte de una comunidad compartida. Fraternos al reconocernos pares. Este es el punto.
Por eso, estas líneas, más que un reproche son un petitorio. Quienes conocemos la cabeza pensante de Estados Unidos sabemos que esta posibilidad existe ahora o quizá no exista nunca. Hoy podría concretarse por razones geopolíticas que exceden estas páginas. Pero es ahora. De lo contrario, quién sabe cuándo será real.
Por eso nos jugamos tanto. Y por eso resulta imprescindible que aflore el mejor coraje norteamericano: que Estados Unidos asuma el acompañamiento de estas transiciones y comprenda que este, y no otro, es el momento.
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