
En una escuela enclavada en el centro histórico de Roma, un grupo de argentinos de la llamada generación silver participa en un programa de inmersión de idiomas de EF Education First, donde la adquisición del italiano supera la gramática y promueve la estimulación cognitiva, la confianza y la pertenencia.
Las calles adoquinadas de Roma ofrecen el escenario cotidiano de la experiencia. Por las mañanas, los estudiantes atraviesan plazas y cafeterías antes de ingresar al edificio, una construcción histórica que alberga las aulas. Las clases inician con ejercicios de conversación y memoria: frases simples, repeticiones, juegos de roles para situaciones cotidianas. La escuela reúne a adultos de más de 50 años de distintos países, agrupados por nivel y edad, creando un entorno que fomenta la convivencia y el aprendizaje cruzado.
Durante una sesión, Carlos Enrique Bellisio, exayudante científico de 68 años que realizó 40 expediciones a la Antártida, comparte: “Me costó animarme por miedo al ridículo, pero terminé riéndome con mis errores y entendí que todos venimos a aprender desde cero”. Al salir del aula, el grupo aplica lo aprendido en la vida diaria, enfrentando el reto de comunicarse en italiano en almuerzos o paseos organizados.

El método de inmersión es una característica central del programa. Mariana Grigorian, directora de EF Language Abroad, explica que el objetivo es que el aprendizaje continúe fuera del aula, en la convivencia diaria y los recorridos urbanos, donde la práctica se naturaliza y se vuelve constante. La institución señala que este enfoque se fundamenta en pruebas científicas sobre los beneficios del aprendizaje activo y la estimulación cognitiva en adultos mayores.
Los expertos y el impacto cognitivo
El aprendizaje va más allá del idioma. Raffaella Rumiati, profesora de neuropsicología en la Universidad Tor Vergata de Roma, institución pública italiana, participó en uno de los paneles con los estudiantes y explicó: “El ejercicio intelectual, como aprender idiomas o música, activa la reserva cognitiva, que protege de un envejecimiento cerebral prematuro”. También señaló que el aprendizaje permanente puede fortalecer la memoria y retrasar el deterioro cognitivo.

Rumiati reconoció que aprender un idioma resulta más desafiante a medida que envejecemos, porque funciones como la memoria y la percepción también envejecen. Sin embargo, aclaró que la experiencia permite a los adultos mayores usar estrategias y métodos de aprendizaje adquiridos con los años, a diferencia de los más jóvenes. Esto es similar a la conducción: los jóvenes pueden ser más rápidos, pero la experiencia aporta conocimientos prácticos para la toma de decisiones.
La especialista remarcó que el estudio de idiomas puede favorecer un envejecimiento saludable, gracias al desarrollo de la reserva cognitiva que protege frente al deterioro cerebral temprano. Relató el caso de una paciente italiana de 102 años, cuya lucidez se conserva a través de la lectura en varios idiomas y la participación en actividades culturales. “Hay amplia evidencia de que la educación y el aprendizaje a lo largo de la vida, tanto formal como informal, son una verdadera protección contra un envejecimiento negativo y la pérdida de sentido”, concluyó.

Nicola Del Maschio, psicólogo de la Universidad Vita-Salute San Raffaele de Milán, subraya que, después de los sesenta años, superar el desafío de un nuevo idioma tiene un impacto positivo que refuerza la confianza y la autoimagen en otros ámbitos.
Personalización y participación activa
Durante la presentación a los estudiantes internacionales en Roma, Sonja Hildebrandt, directora de Relaciones Públicas y Comunicación de EF en Suiza, describe la importancia de adaptar y flexibilizar la propuesta educativa.
La política de puertas abiertas y co-construcción de la experiencia responde a la diversidad de trayectorias y motivaciones de los estudiantes mayores de 50 años. El programa abarca tanto la enseñanza estructurada del idioma como intereses individuales, desde visitas culturales hasta actividades sociales o recorridos urbanos sugeridos por los participantes.

La invitación de Hildebrandt a involucrarse personalmente y participar activamente en el campus enfatiza que el aprendizaje no termina en el aula. Los estudiantes pueden asistir a clases, pero también participar en recorridos, paneles y eventos, y proponer nuevas actividades o intereses que el equipo local procura atender.
Las escenas cotidianas se desarrollan entre clases, cafés y excursiones. Maria Isabel Armando, autora del blog Seniors por el mundo, recuerda que su decisión de sumarse al programa fue una forma de buscar un nuevo propósito tras la muerte de su pareja. “No vine a estudiar por el idioma, sino a buscar una experiencia transformadora”, dice. Otras participantes, como Silvia Domínguez y Mirta Schmidt, destacan el valor de la convivencia y la diversidad: en el aula comparten historias y edades.

También integran el grupo Marita Cadile, psicóloga y máster en Salud Pública, y Silvia Marinoni, maestra jubilada y madre de ocho hijos. Marita, que dedicó su vida profesional a la formación de equipos de salud, destaca el valor de la educación continua y la importancia de políticas públicas que promuevan la inserción activa de los adultos mayores: “Participar en un curso de idiomas en territorio es una experiencia inmersiva que transforma la manera de vincularse con el entorno y favorece el bienestar psicológico”.
Silvia, a sus setenta y ocho años, subraya el impacto emocional y el efecto multiplicador de animarse a aprender en la madurez: “No hay edad para estudiar ni para sacar sueños adelante. Lo más valioso es convertirse en ejemplo para los más jóvenes y demostrar que siempre se puede comenzar algo nuevo”.
El programa contempla actividades adaptadas a las capacidades de cada participante, con apoyo de mentores y docentes especializados. Según datos de EF, 60% de quienes asisten a estos cursos mantienen contacto posterior con sus compañeros, consolidando redes sociales que trascienden la edad y el país de origen.
Paneles, motivaciones y vínculos duraderos
Durante la conferencia Idiomas, longevidad y exploración a lo largo de la vida, Mariana Grigorian coordinó un diálogo abierto con especialistas y estudiantes para analizar métodos de aprendizaje, motivaciones y temores que acompañan el estudio de una lengua en la adultez.
En el clima distendido de la conferencia, surgieron anécdotas y confesiones. Natalia Gatica, de Bragado, relató: “Cuando estaba por abordar el avión a Malta sentí miedo de dejar mi casa y de aprender un idioma a esta edad. En ese instante, me dije a mí misma: ‘Cerebro, por favor, callate’. Escuchar esa voz interna fue lo que me permitió vivir una de las experiencias más transformadoras de mi vida”.
La reunión puso en primer plano la dimensión humana del aprendizaje y el valor de atreverse a ingresar en entornos desconocidos.

Muchos participantes describen el temor inicial que sienten al llegar a un entorno que les resulta ajeno, pero ese miedo pronto se transforma en una sensación de pertenencia al compartir la experiencia con otros que atraviesan el mismo proceso.
La búsqueda de sentido y la necesidad de un propósito, temas presentes en estudios sobre longevidad y bienestar, aparecen de forma recurrente en sus relatos. Al mencionar las “zonas azules” —regiones del mundo con alta esperanza de vida, como Cerdeña— los expertos resaltan la importancia de la conexión social, el intercambio y el aprendizaje continuo para mejorar la calidad de vida.
Intercambio generacional y disfrute personal
En la escuela de Roma, la convivencia intergeneracional es diaria: personas mayores y jóvenes de distintas culturas y contextos comparten aulas, actividades y conversaciones informales. Los docentes y especialistas coinciden en que este intercambio beneficia a todos: los jóvenes incorporan perspectivas nuevas gracias al trato con adultos, mientras que los mayores descubren en el aprendizaje un motivo para renovar su mirada.
El incentivo para aprender en la adultez es distinto al de la juventud: suele originarse en la búsqueda de disfrute, enriquecimiento personal o el deseo de iniciar algo nuevo, y no solo por razones profesionales.
La vida fuera del aula complementa la experiencia. El grupo visita lugares emblemáticos como el Vaticano, recorre mercados, comparte cenas y explora la ciudad guiado por los coordinadores locales. La práctica del idioma se extiende a cada interacción con la ciudad y sus habitantes.

Las motivaciones de los participantes son variadas: algunos buscan reinventarse tras la jubilación, otros superar duelos o concretar un sueño postergado. El denominador común es la búsqueda de sentido, pertenencia y bienestar. Giovanni Lamura, director del Centro de Investigación Socioeconómica sobre el Envejecimiento, aportó contexto al citar el Harvard Study for Adult Development, el mayor estudio longitudinal sobre desarrollo adulto realizado en Harvard: “La calidad de las relaciones a los cincuenta años es el mayor predictor de bienestar a los ochenta”.
El informe global: tendencias y perfiles
El programa de EF plantea el aprendizaje del idioma dentro de una formación integral, con presencia en más de 110 países y certificaciones internacionales. El énfasis está en la inmersión cultural y el desarrollo personal, en línea con los desafíos demográficos actuales y el crecimiento sostenido del número de personas mayores viajando para aprender y conectarse.
El EF Lifelong Learning Trend Report 2026 (reporte internacional interno de tendencias), informe reciente que fue presentado en la escuela de Roma, indica que el aprendizaje de idiomas en la madurez está redefiniendo las nociones de viaje, educación y envejecimiento y revela que cada vez más adultos optan por experiencias de inmersión lingüística como vía para mantener la mente activa, desafiarse y desarrollar conexiones internacionales. Lo que suele comenzar como un curso de idioma se convierte en un proceso de redescubrimiento personal, donde la curiosidad y la confianza se combinan con la integración en grupos diversos.
El estudio identifica cuatro perfiles principales entre los estudiantes mayores: quienes buscan mantenerse activos, quienes buscan un “reset” vital, quienes priorizan la integración comunitaria y quienes aspiran a reinventar su carrera. La diversidad y el intercambio cultural en los campus —donde conviven participantes de más de 100 nacionalidades— potencian el aprendizaje y la generación de amistades internacionales.

La directora Monica Uwaifo no solo subraya la importancia de la inmersión cultural, sino que aporta cifras que reflejan la realidad cotidiana del programa: “Recibimos entre 150 y 260 estudiantes cada mes, de todas las edades y nacionalidades. Alrededor del 80% de quienes participan en la experiencia para mayores son mujeres, y la estadía promedio va de dos semanas a un año”.
Uwaifo señala que el ambiente es marcadamente internacional y que los estudiantes pueden elegir entre alojarse en residencias o con familias anfitrionas, accediendo así a una vida urbana auténtica. “Queremos que vivan el idioma y la cultura, no solo como turistas, sino como residentes temporales que realmente se sumergen en la vida de la ciudad”, resume la directora.
En las aulas y en las calles de Roma, los estudiantes argentinos redescubren el idioma, la ciudad y, sobre todo, la posibilidad de seguir construyendo su historia a cualquier edad.

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